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Ya No Estará Sola...

En el frío invierno presentado por la desolación y el recuerdo susurrados por el viento traicionero y seductor, dentro de aquella tierra que en los tiempos de antaño fue la imponente Rusia Imperial, no necesariamente debieron faltar los milagros o sorpresas al corazón: en una pequeña cabaña de la ciudad capital, Moscú, apareció envuelta entre telillas y lienzos, cubierta del intenso e intimidante frío, una inocente niña con apenas 1 de sus primaveras cumplidas: “María Claudia Catalina” fue el nombre que eligió la familia de índole española que la acogió como hija propia. Un padre, David, que en sus tiempos había sido soldado, jefe de los conspicuos, reservado en algunos pensamientos, esencialmente sentimentales, era destacado en otros por su inverosímil franqueza, fue esposo de una mujer con el encanto de obras artísticas románticas, quien con su carácter honraba a su nombre, Amanda, “Que inspira el amor”. Nodriza de la naturaleza, de cuna que estuvo meneándose de lado a lado en la campiña, vivió entre canastas de mimbre y ventanas que reflejaban ante sus pardos ojos aquel imponente horizonte en sus días. Cercanos a esos días, realizaron una mudanza hacia la occidental Italia, en búsqueda del calor acogedor de un fogón o un propio rayo de sol, en las afueras de la ciudad capital, que fue estirpe de héroes antiguos romanos, buscando de la protección de su amada niña. María Claudia, la pequeña infante, convivió con ellos entre sonrisas y contagiosa felicidad. Presente en la humilde familia se encontraba quien sería su abuela materna, Rosa, compañera y confidente de historias fantásticas y maravillosas las cuales jugarían un rol muy exuberante en la vida de la jovencita durante toda su infancia y adolescencia. Sufrió dos enormes calamidades que marcaron su vida, más no su irradiante buen humor que expresa hacia el resto de la gente: La muerte de su madre adoptiva y el posterior quite de la vida de su padre. Un tío paterno terminó por ser la mano diestra de aquel destino traidor, imponiéndole trabajo y dolor, sufrimiento y desesperación, llanto y sangre. La pequeña infante sin rumbo fue luego echada de aquella mansión neogótica despiadada, hogar de la crueldad, y ella sobrevivió con el tiempo que la condujo a los libros. Leer y leer, devorar cada libro, cada párrafo, cada palabra, cada letra. Así la inocente criatura, con el pasar de los años, se convirtió en una persona culta, sabia, generosa, amable, y siempre positiva en cuanto al porvenir de tiempo, aunque en su cálida personalidad y en sus ojos se seguía denotando el mirar de aquellos dulces y expresivos ojos de una niña de 5 años herida y lastimada. Nada la afectó hasta el momento, con excepción de ciertas situaciones de inseguridad: Ella estaba sola, a pesar de que durante el transcurso de su corta vida tuvo pretendientes de su amor no correspondido, estaba sola. Su corazón no tenía acompañante. No tenía a nadie, ni familia, ni alguien totalmente confidente de ella, todos se aprovechaban, todos. Nadie aparecía…
Hasta que él llegó. Vino para salvarla, salvarla. Salvarla de la soledad, las injusticias, y de los recuerdos inquietantes de su paupérrimo pasado. En un principio él llegó a mostrarse indiferente y negativo, ocultando sus sentimientos por la afable e inocente joven, mientras ella añoraba esas niñerías de novia, entre lamentos, llantos y algunas pequeñas alegrías.
Él era su Ángel de la Guarda, quien la iba a salvar de una vida vacía, comprendiéndola de emoción, aventuras, dudas, y también dolor y llanto indeseados. Pero esta vez, el destino ya no le jugaría en contra. Ya no. Porque ya no estaba sola…
Gabiii1411 de diciembre de 2011

2 Comentarios

  • Gabrielma

    Bonito relato. Ortografía correcta y lindas descripciones.

    Abrazos.

    18/12/11 03:12

  • Gabiii14

    Muchas gracias! Me alegra saber que te haya gustado.

    19/12/11 04:12

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