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Demasiado Alto

Nos miramos sorprendidos, arriba de nuestras cabezas una nube esponjosa y blanca dejó caer una escalera igual de esponjosa y blanca. Algunas personas sacaron fotos con sus celulares y otros simplemente se quedaron callados mirando bobos la nube y su escalera larga.
Reconozco que mi primer impulso fue subir, pero la altura de la escalera era tan grande y de tantos peldaños que, a pesar de tener los pies bien puestos en la tierra, sentí por adelantado el vértigo de llegar tan arriba. Miré a mi mejor amigo y nos reímos con esa risa que es más de mirada cómplice que de risa, él me dijo:
- ¿Vamos?
Era un vamos de qué nos puede pasar, de nada perdemos, pero yo no lo pude seguir. Me miró desde lo alto sorprendido por mi lejanía en la tierra, pero luego de esperar con cierta impaciencia se fundió dentro de la nube. La escala subió al momento de perderse mi amigo y luego la nube se unió a otras nubes, donde otros también se habían subido.
De esto han pasado algunos años. Cuando lo recuerdo, siempre me quedo en la imagen mental de enfrentarme a esa escalera y de ver los ojos de mi mejor amigo invitándome a la aventura y, a pesar que mi decisión fue un acierto, siempre he sentido ese arrepentimiento de no haber sido más osado y probar lo desconocido.
Revivo aquellos momentos cuando veo a mi amigo saltar de nube en nube riendo y disfrutando junto a los desconocidos que también se encaramaron.
Siempre esperé que otra nube se detuviera y soltara una escalera, pero al pasar los años intuí que eso solo sucede una vez en la vida.
Hace dos semanas atrás, cansado de estar frente al computador, salí al pasillo donde se encuentran los ventanales más grandes del edificio donde trabajo, es el piso 56. Desde ahí se ve la ciudad completa, la vista es fabulosa y suelo ir a ese lugar para meditar. No había nubes, pero un pez gigante nadaba en el aire por entre los edificios. La gente, al igual que con las nubes y sus escaleras, al ver al pez, tomaban fotos y se detenían a observar esa criatura tan inusual.
Mi corazón latió más fuerte cuando se acercó a mi ventanal. Abrió y cerró su boca como lo hacen los peces. Me miró y al estar tan cerca note que sus dimensiones eran mucho más grandes, medía alrededor de 20 metros de largo y 30 de alto, pero apenas un metro de ancho. Vi mi reflejo en sus pupilas, la ventana desapareció como por magia y sacando mi mano lo acaricié. Me invitó a montarlo, suavemente colocó su lomo a mi altura y sin dejar de aletear, apuntó a una de las nubes que lejanas se formaban. Pero estaba tan alto, era tanto el espacio ante mí, que el miedo a caer me impidió dar ese paso tan simple y retrocedí, aunque no sé si retrocedí o fue el pez que definitivamente se alejó.
22 de mayo de 2017

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