Hermanas Políticas

Publicado por Johansebastian el 17 de mayo de 2017.
Esa misma mañana, Francis se había levantado de buen humor. Hacía mucho tiempo que no tenía un día libre. Preparó el desayuno y se lo llevó a su mujer, aún en la cama. Mary se vistió a toda prisa y, aprovechando la alegría de su marido, salieron a dar un paseo.

Aún brillaba algo de sol en la vuelta a casa. Al entrar en la cocina, Mary dio un grito mudo. ¡Ahí estaba ella! Apoyada en la mesa. Enfrascada en sus pensamientos, como siempre que venía a mendigar algo.

Las visitas de Jessie rara vez eran por otro motivo. A pesar de ello, Francis la adoraba; era su única familia. Se quedaron huérfanos a muy temprana edad, y él la veía como un ser desprotegido e inocente del que debía cuidar.

Con cierta apatía, Mary se decidió a hacer la cena. A sus espaldas, Francis y Jessie charlaban alegremente. En otro tiempo, Mary llegó incluso a apenarse por aquella holgazana. Pero ahora solo le profesaba un enorme fastidio.

Por su parte, Jessie sabía que, si provocaba una discusión entre Francis y Mary, tendría más posibilidades de llevarse el premio. Así que empezó fuerte; la suma lo merecía.

«¿Qué tal el trabajo Mary?» era su comodín preferido, adoraba ver la cara de tonta que se le quedaba a Mary. La muy vaga llevaba meses desempleada, por lo que su hermano tenía que hacer bastantes horas de más en la fábrica. Una desconsiderada.

Mary cortaba verdura para la sopa de pollo mientras contrarrestaba los golpes de Jessie. Francis presenciaba el enfrentamiento tras una mirada apabullada. Pero poco a poco Mary fue cediendo ante la obstinación de su rival. Habría hecho sacar de quicio al mismísimo Gandhi. El corazón le bombeaba con violencia. La voz de Jessie le oprimía los sesos. Sintió una punzada en la mano; era el cuchillo que apretaba cada vez con más fuerza. Hasta que una intensa luz le cegó la vista.

Al recuperar la consciencia la dominó una gran fatiga. Era como si acabara de correr diez kilómetros. Los músculos del brazo le palpitaban y sentía que se le iban a desgarrar. Un líquido caliente y viscoso le escurría por todas partes. Lo primero que vio fue la cara de Francis teñida de blanco pálido, lo cual hacía resaltar unos finos puntitos rojos. No le hizo falta ver más. Esa expresión, que recordaría todas las noches desde entonces, se lo dijo todo. Había acabado con el problema.

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