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“dando La(s) Nota(s)”

¿Qué ganamos con decirle a un niño/a de seis, ocho o diez años que ha obtenido un 4 en Ciencias, un 6 en Matemáticas, un 7 en Lengua…? ¿Qué sentido tiene? ¿Por qué nos obligan a hacerlo con los niños/as de Primaria según la última Ley de Educación (LOMCE para más señas)? ¿Para qué desbocar los caballos de la cruda competición en ellos y en sus familias, en lugar de consolidar que el aprendizaje es mucho más que la simple consecución de unas tristes calificaciones numéricas, por muy altas que estas sean? ¿Cómo es posible que nos hayan metido, de nuevo, este gol por la escuadra y en fuera de juego? ¿Cómo nos han vuelto a convencer los “sesudos” intérpretes de la más rancia evaluación?

Si ya el P.A. o el N.M. me dejaban un frío helador en el cuerpo por lo insustancial de semejante distanciamiento a la hora de poner en cuestión el proceso de enseñanza-aprendizaje, ahora el factor numérico me encoleriza aún más por lo que de comparación y competitividad maquiavélica se deriva de semejante jueguecito “digital”.

Me hago todas estas preguntas y alguna más que me callo, por no parecer en exceso beligerante, después de otro trimestre trabajando con la intención de que mis alumnos/as entiendan que lo más importante de su paso por el cole se produce en ese peregrinar entre compañeros, voluntarios, maestros, materiales de todo tipo, discusiones, emociones, trabajos individuales o en grupo, debates, tertulias, proyectos, en fin, que conforman su devenir diario de nueve de la mañana a dos de la tarde (en algunos casos, incluso más).

Pero no, al final hay que estropearlo todo con una nota numérica que ponga a cada uno “en su sitio”, en una línea de meta diferente, cuando la posición de partida nunca es la misma para todos. Cuánto mejor sería terminar un trimestre de duro, pero gratificante trabajo escolar con un diálogo crítico y sensato en el que se pudieran verter conjuntamente comentarios y frases del tipo:

- Lo hemos conseguido, nos merecemos unas buenas vacaciones.
- Hemos superado todas las dificultades que se nos han planteado y eso hay que celebrarlo.
- Debemos estar contentos con el trabajo que hemos desarrollado. ¡Enhorabuena!
- La mejora ha sido grande y tenemos que seguir por este camino.
- Los resultados obtenidos son muy buenos, no esperaba otra cosa de nuestro trabajo en común.
- Aunque hemos cumplido con nuestro trabajo, podemos hacerlo mucho mejor. Debemos plantearnos nuevos modelos para mejorar los resultados.
- Tenemos que revisar lo que estamos haciendo mal, los resultados no son los que esperábamos.
- No lo hemos hecho del todo bien, tenemos que mejorar en estos aspectos concretos:…
- No podemos estar contentos con el trabajo realizado, los resultados no han sido buenos y debemos revisar nuestro planteamiento general.

O cualquier otra que se nos pueda ocurrir y que ayude a ordenar de la mejor manera posible todo aquello que enseñamos y aprendemos dentro y fuera de los límites de la Escuela. Claro que esta opción, que algunos verán como demasiado generalista y falta de concreción, poco categorizada y demasiado dependiente de lo que asuma o deje de asumir el grupo de trabajo en cuestión; significa no solo evaluar al alumno/a, sino realizar la tan traída y llevada cuestión de la evaluación total, incluida la de los maestros y la de las familias como partes integrantes e integradoras del grupo y del contexto escolar.

Personalmente creo que debemos superar, de una vez por todas, la entrega de notas, las calificaciones, esa perversión maniquea que no hace sino corromper los más altos valores de la Educación. Para decirlo con absoluta claridad, qué nos parecería a nosotros, los adultos de cualquier trabajo y condición, si al finalizar cada trimestre del año alguien, con aires de superioridad, calificara numéricamente nuestra tarea y decidiera fríamente si aprobamos o suspendemos bajo unos criterios que, no por verdaderos, sentiríamos como apropiados. ¿Por qué lo hacemos entonces con nuestros niños y niñas? ¿Qué queremos demostrarles al calificar constantemente su trabajo? ¿Por qué gastamos tantas energías en algo que produce tan escaso beneficio?

Dejemos ya de mirarnos tanto el ombligo, dejemos de provocar las constantes y negativas comparaciones entre unos y otros, dejemos de considerar a nuestros hijos e hijas, a nuestros alumnos y alumnas, como caballos ganadores a los que hay que adiestrar para una futura e improbable carrera que nunca llegará a producirse; porque la vida no se corre en una sola dirección. Ayudémosles, en cambio, a estar preparados para que sepan desenvolverse con suficiencia y solidaridad en todas las direcciones posibles del precioso bosque humano en el que vivimos. Y dejemos, para siempre, de intentar coronar una labor tan colosal como el trabajo diario en la Escuela con la simpleza de una calificación numérica que no sirve absolutamente para nada.


Maestro rural que sigue “dando la(s) nota(s)”.
28 de diciembre de 2015

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2 Comentarios

  • Plinio

    Somos herederos de una Escuela Muerta. La vida continúa del lado de quienes la crean y cambian lo natural por lo artificial. Calificar no es sino uno de los momentos más inútiles del acto educativo, porque no es nada que llame a la vida, porque se debate en una gran mentira. Educar requiere vivir la propia verdad, el dar sentido a lo desconocido. Quizá no deban seguir existiendo escuelas, ni leyes, ni jueces ni políticos analfabetos...Seamos sinceros con la búsqueda de la verdad y descubramos lo imposible que supone vivir en ella. Un gran saludo.

    28/12/15 07:12

  • Jucapega1963

    Gracias por tu comentario, Plinio. Otro gran saludo para ti.

    29/12/15 06:12

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