De Andarines y Senderistas

Cuenta Andrés Sopeña en su maravilloso libro "El florido pensil" que hubo una España de andarines que ganaban cientos de pesetas por el simple hecho de caminar. Evidentemente eran otros tiempos, otra España, la "España Una, Grande y Libre" en la que los niños de la escuela franquista querían ser andarines, pues "era un chollo, porque echaban cuentas y con cruzar la calle ya tenían para chicles y cacahueses; y con subir y bajar el paseo, ya ganaban más que sus padres en un mes".

Pronto supimos que ser andarín no era ningún chollo, era una profesión de riesgo, corrías el riesgo de no ver la moneda más miserable ni por asomo. Perdimos la inocencia en cuanto aprendimos que andar andábamos, pero que el dinero no llegaba por ese camino.

No sé en qué momento pasamos de ser andarines a convertirnos en senderistas. Alguno habrá que piense que no es tanta la diferencia, pero la hay, ¡vaya que sí! A mí me la explicó un buen amigo una tarde durante una caminata de varios kilómetros. Me contaba que, hablando con su padre de este tema, el hombre, ya mayor, curtido en el campo y supongo que también en mil batallas; se lo había dejado muy clarito, y a lo campechano le decía:

- O sea, que vosotros no solo camináis por gusto, sin motivo aparente, sino que además, en algunas ocasiones, incluso pagáis por caminar. ¡Hay que estar tonto hijo mío! Si alguna vez yo te hubiera enviado a hacer algún recado a kilómetros de distancia, no solo te hubieras negado, habrías puesto el grito en el cielo..., y ahora me dices que andar por el campo os cuesta dinero. Vosotros no andáis bien ni de los pies, ni de la cabeza, ya te lo digo yo.

Ese día, además de reírme un buen rato, aprecié con claridad meridiana la diferencia. Habíamos dejado de ser andarines por obligación y necesidad, con la ilusión de convertir ese hecho, incluso, en una profesión "de futuro" según las orientaciones de los problemas de matemáticas de la Enciclopedia Álvarez, para ser senderistas por gusto, por afición; transeúntes preocupados por su exceso de grasa corporal, por la celulitis y el estrés; paseantes intentando fortalecer músculos, mejorar la circulación sanguínea o reducir los niveles de colesterol; devotos peregrinos obsesionados por la "operación bikini" y demás monsergas adelgazantes.

Y así seguimos, surcando kilómetros de sueños pendientes, apurando cada hora en el sendero, intentando disfrutar durante el camino de esa nueva pasión que nos ha agarrado por el cuello y no nos suelta hasta que, agotados, volvemos de nuevo a casa buscando la agradable sensación de una ducha caliente o fría, según la época; y el arrullo acogedor de nuestro sillón favorito. Pero, eso sí, continuaremos caminando, porque también hubo quien nos enseñó que "no hay camino, que se hace camino al andar, que no hay camino, sino estelas en la mar".

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