Tengo una Rosa

Este texto lo escribí hace algunos años, pero nunca lo publiqué. Hoy deseo hacerlo, tras estos años nada ha cambiado... sigo teniendo una rosa.

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Hace unos días, en uno de mis momentos bajos, esa voz que me acompaña siempre a través del teléfono me aconsejó: “sal al jardín y olvídalo todo, ve y huele las rosas”. Y en un acto de obediencia más que de voluntad durante la tarde salí al jardín y me dirigí hacia las rosas.
Los rosales estaban cargados de grandes flores, moradas y aterciopeladas, blancas marfileñas, un espectáculo en el que no había reparado. Grandes flores luciendo todo su esplendor, al verlas me animé un poco, me acerque y las olí.
Pero... No tenían olor. Eran aparatosamente grandes, exuberantes, muy bonitas, pero no tenían olor, me sentí desconcertado, que le diría a mi dulce voz, ella esperaba que al disfrutar de esas flores me animase y...
Pero no había reparado en que en un rincón en un pequeño macetero había un minúsculo rosal de pitiminí, con una rosas tan pequeñas como discretas, tuve que arrodillarme para olerlas.
Que sensación tan extraordinaria, su aroma inundó mi nariz y por un momento solo sentí.
Al momento lo vi, como si se tratase de una imagen, aquella rosa era mi pequeña y dulce voz, modesta e insignificante según ella en comparación con otras. Pero las otras... No tienen olor, y ella tiene una fragancia que hace que aunque estuvieses a oscuras y no pudieses ver nada, notarías su presencia, su aroma. Notarías que estás junto a una verdadera rosa.
La llamé, se lo conté con mejores palabras que estas, porque estaban movidas por el calor de la emoción. Lloramos juntos, juntos a través de los cientos de kilómetros que nos separan.
Tengo una rosa.

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