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Seiko 3000 - Capitulo 94 - la Puerta Del Infierno

Tardaron dos días en alcanzar la cima de la boca del volcán. Muchos pensaban que las fuerzas fantasmales que les atacaron eran Reminiscencias modificadas para eliminar a los Aimier si llegasen hasta allí. Dudaban de cuando lo habían hecho. E incluso, Alcoida dudaba, sin decirlo, de que quizás eran verdaderas reminiscencias resentidas hacia los Aimier.
Cuando llegaron a la boca del gigantesco volcán vieron que el foso de magma estaba muy profundo y que, a pesar del inmenso calor que emitía, eran mucho menos de lo esperado. Ni se esperaban que la misma puerta del infierno fuera aquella.
A unos 10 metros por debajo de ellos, y mediante un puente muy ajado, una especie de pedrusco alargado, con forma de lágrima invertida, eran la supuesta entrada a Erebo.
- ¿Cómo puñetas hicieron esto sin que los fantasmas se enterasen?
- Lo dudo pero no tengo respuestas – dijo Alcoida con su habitual cara seria.
- Será mejor llegar hasta allí – propuso Salvador
- ¿Y convertirme en cenizas calientes? ¡Ni hablar!
- Roberto – dijo Salva – Sabes que cuando dices eso, siempre acabamos por hacerlo…
- Hmmm… No me parece justo ¿Y si se rompe la pasarela?
- Además no se distingue hacía donde va esa entrada, sólo parece una roca flotante
Fran estaba tan asustado como los demás, pero se decidiría a adentrarse a aquella plataforma de la manera que fuese.
- ¿Cómo lo hacemos? – preguntó Eloise
- Deberíamos pasar de uno en uno. Y primero las más ligeras. Chicas - dijo Salvador con una sonrisa burlona señalando el puente- Vosotras delante…
- ¿¡Qué!? – gritó Eloise, asustada
- Pues eso – dijo Fran intentando calmarla apoyando sus brazos sobre sus hombros
Un soberano puñetazo con todo el antebrazo dio en la cara del joven ermitaño.
- Vuelve a tocarme y te tiro yo misma – dijo Eloise con una cara agria.
- ¡Chicos! – Dijo Alcoida, perdiendo los estribos por un momento – Cuanto más tardemos en entrar, menos tiempo tenemos para reunir todos los libros.
- Vale, yo primera – dijo Eloise sin pensárselo dos veces.
Atravesó el puente sujetándose a la barandilla de metal y con presteza. Al cabo de un momento, Cassandra y Alcoida ya habían pasado y Fran lo estaba haciendo cuando Salva y Roberto esperaban a que llegase a la pequeña plataforma.
- Si me abraso – dijo Roberto sudando copiosamente – Hacerme un funeral bonito.
- Tranquilo Roberto – le sosegó Salvador - Ni te vas a caer ni te dejaremos caer.
El fortachón asintió con nerviosismo y dejo que el Aimier pasara el puente con rapidez. Cuando Roberto puso su primer pie en el puente, ambos hermanos Aimier presintieron que la algo iba a pasar. Roberto noto como crujía el puente a medida que se acercaba y nervioso, comenzó a correr.
El puente cedió por el comienzo y Roberto, que no pudo aferrarse a la barandilla, cayó con rapidez hacia el cráter del volcán.
Eloise lanzó su caña y ésta comenzó a crecer y crecer.
- ¡Cógela! – bramó Eloise a Roberto en plena caída.
Cogiéndola a escasos metros del magma incandescente, Roberto se aferró a ella. Eloise estuvo a punto de soltar la caña de no ser por la ayuda de los demás que aguantaron el tirón. Poco después le comenzaron a elevar. Cuando hubo llegado a la plataforma parecía haber perdido peso y olía a pelo quemado
- He visto la muerte reflejada en la lava… - dijo Roberto anonadado
- Te dije que te ayudaríamos, hombre – dijo entrecortado el Aimier
- Bueno… - dijo Alcoida con un arranque de fortaleza innata – Veamos como se entra aquí…
La plataforma era circular y en el centro había un hexágono de metal que parecía ser una puerta blindada.
- Deberíamos forzarla – pensó Fran
- No – intercedió Alcoida – Eloise ¿Tu caña puede hacerse pequeña?
- Si…
- Pues introdúcela en el centro. Después que crezca y haga de palanca
- Bien…
La caña de Eloise se hizo tan pequeña como una aguja y la introdujo en el centro con precisión de cirujano. Después la caña creció y Eloise, con la ayuda de Roberto hizo palanca. No se dieron cuenta que estaban todos encima de la entrada y esta se abrió de sopetón haciendo que todos se cayeran por él.
La entrada era un respiradero. Misteriosamente todos descendían por un tubo negro que se inundaba cada vez más. Ganaban velocidad con el paso de los segundos y notaron que el túnel se estrechaba cada vez más.
- ¡Algo no marcha bien! – gritó Salva a sus compañeros.
- ¿Por que lo dices? – dijo Roberto más con temor que con ironía.
- Estoy seguro que esta entrada no llegaba a la base de magma...
- Y eso en cristiano quiere decir...
- Que lo más seguro es que sea un callejón sin salida
Mucho antes de imaginarse atrapado allí, todos vieron como se dividía el conducto y cada uno se introdujo, como pudo, en cada hueco. Con cierta dificultad se levantaron en las oquedades viendo como el torrente de agua crecí según aumentaba la profundidad del conducto.
- ¿Cómo puede haber tanta agua si estamos dentro de un volcán? – dijo Eloise
- Por eso mismo – Dijo Alcoida algo más abajo que la Niala – Si no, esto estaría fundido. Actúa de refrigerante.
- A simple vista parecía no tocar al magma... ¿Estamos dentro del volcán? – preguntó Salvador algo más abajo que su hermana
- Me parece que es algo de los poderes de los Aimier – dedujo con presteza Fran, que había conseguido meterse con Cassandra en un hueco inferior al de Salvador.
- Entonces... ¿Esto es una ilusión? – bramo Roberto desde una oquedad muy por debajo de los demás.
- Claro... – murmuró Alcoida. Recordó una cosa de su infancia - ¡Chicos! – les grito a todos - ¡Introduciros en cada uno de las oquedades! Nos encontraremos todos tras la oscuridad...
- Sólo faltaba eso... - dijo Roberto desolado
Todos se armaron de valor y se adentraron en la oscuridad de los huecos. Según andaban, con algunas curvas y descensos notaban que cada orificio tenía el tamaño de un pasillo corriente y, a la vez, los 6 descubrieron una luz al final del pasaje.
Corriendo, la luz les invadió al instante de salir del tenebroso pasadizo.
Pero jamás llegaron a imaginar que lo que verían fuera tan...
Enorme.
La bóveda de Erebo.
Era una magnífica construcción de cientos de metros de diámetro con forma de bóveda clásica y de diversas estructuras consistentes. Y aunque la edificación, supuestamente submarina ya asombraba bastante, se dieron cuenta que la brecha del planeta, de la que hablaba el 3º libro se había desbordado. Una corriente de ámbar fulgurante emanaba del centro de la estancia y los andamiajes más próximos, estaban retorcido por lo que pudo ser el epicentro que destruyo el complejo.
- Santísima Gea... – exclamó Salvador
- ¿Como pudieron hacerle esto al planeta? – dijo Eloise con un inmenso pavor.
- Los ustules y los sly lo saben – dijo Alcoida agachándose sobre un cuerpo de un científico. Era un mero esqueleto – Y lo poco que puedan haber aportado estos hombres. Cielos santo ¿No existe la piedad en este mundo?
KeitaroPublicado el 12 de octubre de 2009
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