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Todavía hay momentos en que recuerdo el pocillo de café con leche y canela a medio terminar, y me pregunto si alguien lo habrá lavado ya. Como si importase. Lo más probable era que la taza estuviera en el suelo, echa añicos como el resto de mis pertenencias. Ni siquiera sé por qué pensaba en esto.
Sin embargo, persistia. Trataba de imaginarme la forma de la taza, con sus contornos y su color rosa viejo. Y cuando no recordaba ese último café, mi mente evocaba cualquier otro recuerdo, casi tan trivial como aquél y, dentro de mi cabeza, volvía la luz de mi antigua vida a mí nuevamente. Estaba tan necesitada de ella, que antes bañaba mi rostro tan deliciosamente.
Ahora no había luz, ni sol, ni siquiera estrellas en el mundo que aliviaran la oscuridad. Era como si me hubiera quedado ciega. Pero yo no quería recordarlo, o NUNCA MÁS podría recuperar mi cordura. Era mejor quedarse dormida, llegando en sueños a mi lugar de luz.
Me habían arrancado de mi vida, me habían cegado, quitado mi nombre y mis fuerzas. Pasé a ser únicamente una lacerante y agónica masa de carne quemada y huesos tiritantes, al igual que tantos otros que compartían mi desgraciada suerte. Ya no me sentía siquiera humana. Yo sólo era el número 33.
Los gritos provenientes de la sala de torturas estremecían todo lo que quedaba de mi cuerpo. Aún ahora me persiguen en mis pesadillas. Pero la agonía de los que padecían los tormentos y vejaciones no era lo único que me aterraba, sino también el saber que pronto también yo sería llamada a reunirme con ellos.
Entonces nada podía hacerte olvidar el presente, con sus heridas en carne viva, y su hedor a sangre, orina y vómito. Sentía como si, uno a uno, todos los órganos de mi cuerpo, con sádica paciencia, fuesen lentamente arrancados. Entonces, cuando ya no podia más, se detenían. Porque nos necesitaban vivos, no podían darnos la bendición de la muerte aún. No antes de que tuviesen oportunidad de terminar de destruirnos primero por dentro.
Nos quitaron la luz del mundo, consumieron nuestras energías. Nos arrojaron en pozos de horror, padecimiento y desesperanza, empujándonos a los valles de la locura. Quisieron quitarnos nuestra mente, y nuestra identidad.
Pero, a pesar de todos nuestros sufrimientos, angustias, heridas abiertas... de nuestros temblores y lágrimas, huesos rotos, de nuestro dolor abrasador y nuestra sangre,eternamente borboteante... bastaba volvernos hacia nuestros recuerdos, para que todo tomara color otra vez. Y la esperanza de la vida volvía, aunque pareciera imposible que existiese, después de todo aquello.
Porque ellos nos arrebataron la luz del mundo... pero NUNCA, jamás, no importa cuanto lo intenten, ni siquiera con la muerte, podrán apagar la llama de nuestra alma.
Kili21 de marzo de 2010
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memoria

3 Comentarios

  • Kili

    Traté de hacer, como mejor pude, una pequeña mención al pasado no tan lejano de mi pueblo, siendo que el 24 de marzo es nuestro llamado "día de la memoria" cuando se cumplen 34 años de el régimen dictatorial que secuestró, torturó e hizo desaparecer a más de 30.000 personas en todo el país.
    Para que ninguno de los de mi pueblo olvidemos la tristemente célebre fecha que conmemoramos año tras año.

    21/03/10 06:03

  • Mara

    Kili, te felicito, es un texto que aunque lleno del horror que se paso, tiene su apice de luz, has dicho muy bien que ni siquiera la muerte podra apagar la llama de vuestra alma, tremendamente bello. Felicidades.Un saludo.

    21/03/10 11:03

  • Kili

    Muchas gracias por el comentario, Mara. Saludos.

    08/04/10 10:04

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