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La Torre de Babel- Capítulo 1

-¿Puedo sentarme?- preguntó el recién llegado.
-Por supuesto-respondió la mujer. – No creí que iba a llegar tan pronto.
-Salí antes de lo previsto.
El camarero se acercó y tomó nota de la consumición al recién llegado. Luego, con el aire taciturno de los que están acostumbrados a servir a los demás, volvió a la barra.
El recién llegado dirigió una profunda mirada a su interlocutora. Era una mujer de cuarenta y pocos años, rubia, atractiva podría decirse. El humo de su cigarrillo permanecía en el ambiente, creando en la céntrica cafetería una sensación de intimidad. En cierto momento, dirigió su mirada al recién llegado.
-De modo que así termina todo, ¿no?
El hombre, que apuró de un trago el café que le acababa de traer el camarero, permaneció callado unos breves instantes. Luego dijo:
-Haremos las cosas sencillas, ¿le parece a usted?
La mujer asintió.
-De acuerdo- prosiguió. – Estoy aquí para hacer justicia. Para que usted sea castigada por su delito. Lo que ha hecho, en el mundo financiero, tiene un nombre: espionaje industrial. Espero que se dé cuenta a quien ha intentado estafar, doctora Caballero.
La mujer escuchó con atención el discurso del hombre. Por su mirada y su media sonrisa irónica, parecía divertirle la situación. Apagó su cigarrillo solo para encender otro. Luego preguntó:
-¿Tengo alguna opción?
-Desde luego-respondió el hombre. –De no ser así no la hubiéramos citado aquí. El que haya acudido sola es una muestra de su confianza en nuestra organización. Poca gente tiene el valor de traicionarnos, pero ninguna hasta ahora había demostrado verdaderamente su arrepentimiento. Pero sin más preámbulos: simplemente dígame dónde está la información que nos ha robado, dónde está su jefe, y váyase.
La doctora Caballero soltó una carcajada.
-¿Cuál es la otra?
-¿Qué otra?
-La otra opción. No me diga que intenta convencerme solo con una.
El hombre tragó la admiración que le producía la insolencia de aquella mujer, y contestó:
-Puede no contarnos nada…pero en ese caso prescindiremos de usted, dado que se ha negado a contarnos pacíficamente lo que sabe. De todas formas, algún miembro de su grupo nos dirá lo que queremos saber. Claro que ese proceso involucrará a otras personas. Estoy seguro que sabe a qué me refiero.
El hombre echó un vistazo alrededor mientras decía esto; la doctora lo comprendió al instante.
-En un mundo como el que ustedes sueñan, no valdrá la pena vivir. Sintiéndolo en el alma, elijo la segunda opción.
-Se equivoca gravemente, doctora.
-No sería la primera vez. De todas formas, espere cinco minutos.
-¿Por qué? ¿Acaso va a hablar con él?
-¿Con Gallardo? No, no tengo nada que decirle. Solo quería fumar otro cigarrillo. Supongo que un hombre como usted sabrá perdonar un pecado. Y el vicio es el menor de ellos, puede estar seguro.
-Es una pena que ya no pueda confesarse.
-Hace años que no lo hago; nunca he sido creyente.
-Diga mejor que nunca se lo ha permitido.
-Touché- admitió la doctora, encendiendo un cigarrillo. El hombre la miró por última vez y se levantó.
-Nos veremos en el infierno, doctora Caballero.
-No creo que dejen entrar a gente así, señor. Aún hay derecho de admisión.
-Qué derroche de sinceridad – dijo el hombre, sonriendo. Luego se dio la vuelta, se encaminó a la puerta y abandonó el café.
La doctora sonrió, y guardó sus notas, desparramadas sobre la mesa, en un bolso. Luego decidió mirar la hora. Cerró los ojos. Silencio.
Un segundo después, la cafetería explotó, ardió hasta los cimientos y calcinó todo lo que había dentro de ella.
Luko179118 de julio de 2012

1 Comentarios

  • Kafkizoid1

    jeje, pues está de película eh?

    Me gustó. Saludos!

    19/07/12 05:07

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