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Zeitgeist

Yo no soy un dios,
ni pinto bien los sueños
pero he conseguido que todos
me admiréis por ello.

Dejé de ser rehén de mi leyenda
cuando empecé a vivir historias
que merecían más la pena.

Cual Aníbal dejé de traficar marfil,
y sin las gafas de Clark Kent
lo vi todo del color de Nietzsche.
Quedarse a cuadros era el último grito
y descubrir América en un paquete de tabaco
era la mejor forma de deprimirme.
Era un Hombre-Historia,
sin censura,
sin comprarme ni venderme.
Un año sabático de las minas de Salomón,
harto de rascar carbón en vetas de diamante.
Qué hago con los dramas personales sin pronombre,
qué hago con los infiernos sin sedantes,
qué con los adioses sin Olimpo,
y qué con los recuerdos sin instante.
Y me doy cuenta que la mitad de lo que escribo
se lo he robado a un pelele llamado yo mismo.

Porfié en caminar por la misma senda,
pero cuando acabo de responder las preguntas
ya necesito nuevas respuestas
y de todas mis incógnitas, la peor es esta:
¿si soy efecto sin causa,
sit afirmación sin prueba?

Un soldado de invierno dormido en el sueño opiáceo
de una noche de verano.
Zahorí de lágrimas, océanos de tiempo,
zeitgeist de este mundo imperfecto.

Y como contar el secreto
de que me vuelvo vulgar al bajarme de cada escenario,
que no sabréis mirar tras mi fachada de Tony Manero de extrarradio,
viviendo 2001 odiseas a diario,
calmando la sed de poesía en el derroche plaquetario de una herida que no cierra,
en una guerra abierta bajo una luna celosa de las estrellas.

Y al final dejarán de contar mis poemas como iguales,
y solo puntuarán los escritos por aquelles
subidos a un carro que no es el de Saúl.
Y parecerán lapsus morales las inspiraciones
que tuvimos y del barro que surgimos
moldearemos lo que tú,
que llamas poesía al fósforo explotando en Siria,
sabrá apreciar como una estatua de sal
que al mirarla se vuelve más humana.

Pero entonces ya no quedarán alianzas,
y nadie sabrá reconocernos.
Porque reconocer es capicúa,
y el mundo nos será extraño
sin poesía.

O bien no queda nadie en el futuro para hacerlo...
y Trump es el señor de lo que queda del planeta.

Empiezo de cero mientras pueda.
Porque soy dueño de lo que mato,
fantasma de lo que escribo;
amo de lo que quiero,
y arrebatado de mi lecho
voy rumbo a cualquier destino
donde soñar signifique algo.

Ante quien se atreva a atravesarlo
presento desnudo el pecho.
Pues escribo, vivo...y bailo.
Y me doy por satisfecho.
15 de junio de 2018

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