Tintineo 2

Publicado por Maxdelirante el 14 de julio de 2017.
Un verano fui a trabajar en un albergue de un pueblo de la Bélgica Valona. Tenía 16 años y soñaba con vivir mil aventuras, pero la primera impresión fue desoladora. En aquel lugar dejado de la mano de Dios no había nada que hacer.

Por las mañanas trabajaba sirviendo desayunos y fregando cacerolas y por las tardes me aburría desesperadamente. Los únicos huéspedes del albergue eran un grupo de personas con necesidades especiales. Aunque eran muy simpáticos, no entendía ni una palabra de lo que me decían. Jugábamos al ping-pong, pero siempre les ganaba. Al final acababa sentándome solo en la terraza del albergue con la mirada perdida la piscina del camping de delante, donde a veces venían a bañarse adolescentes holandesas.

Debía de estar caminando como un alma en pena cuando la chica de recepción me preguntó si había pensado en irme a algún lado el fin de semana que tenía libre. ¿Por qué no te vas a Bruselas? ¿Yo solo?, me dije, sorprendido. Acepté la oferta con un poco de vértigo y, en un momento, la chica de recepción me reservó una habitación en un albergue de la capital.

Recuerdo bajar en una bulliciosa estación y mirar el mapa para intentar ubicar el lugar dónde estaba el albergue, caminar solo por sucias calles con una mochila en la que llevaba el pasaporte, el dinero, la tarjeta de crédito&, si alguien me atacaba estaba totalmente perdido. Sin embargo, a pesar del miedo, sentía una extraña euforia, mi pulso vibraba con un tintineo acelerado como el de una bicicleta bajando por una pendiente a toda velocidad.

Bruselas no era Tokio, ni era Nueva York, pero para mí era el lugar más excitante del mundo. La emoción de viajar hacia lo desconocido, sin saber qué puede suceder, dónde puedes acabar, a quién puedes conocer, que tal vez te cambie la vida& Descubrí el placer de aquel vértigo, que despertó una sed de experiencias que jamás podría saciarse.

El albergue de Bruselas era un lugar vibrante pintado de colores. En las paredes había carteles de Tintín. Compartía habitación con cuatro americanos. ¿16 años y ya estás viajando por el mundo?, me dijo uno de ellos, haciéndome sentir como un intrépido aventurero. Les conté mi historia, creo que no les impresionó demasiado, pero poco importaba. En la cantina conocí a dos suecas. Me parecieron un poco sosas pero quedamos para visitar la ciudad juntos. Visitamos la Grand Place, el lugar más impresionante que había visto en mi vida; subimos al Atomium, que era como caminar por el interior de una nave espacial; luego fuimos a ver una estupidez que se llamaba MiniEurope, no todo podía ser perfecto. Después de aquel encuentro las suecas me enviaban postales desde las distintas paradas de su itinerario, con mi nombre mal escrito.

No recuerdo mucho más de aquel viaje, pero recuerdo lo feliz que estaba lavando los platos en el albergue al día siguiente. A partir de entonces todo fue genial aquel verano.

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