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Coincidencias CapÍtulo Ii

COINCIDENCIAS CAPÍTULO II



De Howard Filkin no podría decirte que era un hombre de carácter. Por tercera vez en los últimos dos años tuvo que abandonar el trabajo a causa de las continuas recriminaciones de su mujer Nancy. Llevaba seis meses de comercial en una inmobiliaria donde consiguió un ascenso una vez superado el período de prueba. Se integró rápidamente por su eficacia como vendedor y consiguió ganarse las simpatías de los jefes y subalternos gracias a su competencia profesional y a la buena predisposición para asumir cualquier trabajo que le encomendaran. En aquél puesto se sentía feliz hasta que regresaba al hogar. Ahí le bombardeaban con una multitud de frases despectivas aludiendo al salario y al rango. Si comentaba una operación fallida, la culpa era suya por no quejarse de los inútiles que le ayudaban. Cuando volvía orgulloso por el éxito de cerrar una venta complicada, en lugar de palabras amables, Nancy se contrariaba por el injusto reparto de la comisión.
-Qué lejos hubieras llegado si no fueras un pusilánime- escuchó cada noche durante los once años de sufrido matrimonio.
Al terminar el turno de frases hirientes contra la persona de su marido, y a modo de egoísta reconciliación, daba comienzo un particular sermón encaminado a ensalzar las bondades de la gran ciudad. Todos los males se resolverían al mudarse a Nueva York.
-Es el lugar idóneo para ambos- le decía. –Tú perderás esa timidez que te impide desarrollar el gran talento que atesoras. Y yo podré entablar relaciones sociales con personas cultivadas fuera de este hatajo de palurdos que nos rodea.
-Hemos de valorar nuestro status Howard -le repetía
Nancy era mujer de no dejar nada al azar. Cuando consideraba bien minada la frágil fortaleza moral de Howard, pasaba a la ofensiva. La noche que detectó escasa oposición en éste, le enseñó una libreta con los apuntes confeccionados en la última semana. Allí salió a relucir el esfuerzo de muchas horas. Una lista con ofertas de trabajo en Nueva York. Al menos diez de las vacantes a cubrir en diferentes empresas suponían una notable mejora salarial. Eso sin contar el resto de condiciones laborales, el seguro médico y el horario. Por supuesto se había preocupado de hacer las indagaciones pertinentes para clasificar los posibles trabajos en proporción directa a su interés e inversa al de su marido. Acompañó la lista con anuncios impresos de ordenador sobre apartamentos en alquiler cercanos a cada oficina.
Abrumado por la enorme cantidad de datos que se le ofrecían, Howard opuso poca resistencia. Más si cabe porque la decisión estaba tomada y sólo quedaba adherirse a ella de mejor o peor grado. La idea de cambiar de ciudad y de trabajo le resultaba odiosa, pero en esos momentos le preocupaba más afrontar la dimisión delante de los que confiaron en él. En especial su inmediato superior, el Jefe de Ventas. Como era frecuente, Nancy se había anticipado.
-Sé que para ti supone un drama pedir la baja. Por eso he redactado esta carta solicitando la extinción de tu contrato por motivos personales. Te evitará la congoja absurda de enfrentarte a tus jefes.
Howard, desanimado, asintió con desgana a la lectura del escrito. Fingió hallarlo correcto, aunque a espaldas de Nancy, cambió la frase en la que exigía el cobro inmediato de cuantas cantidades estuvieran pendientes de percibir, por frases de agradecimiento a la empresa, omitiendo cualquier alusión a temas crematísticos.


La mañana de la primera entrevista, Nancy obligó a su marido a ensayar delante del espejo, la postura, el movimiento de los brazos, la forma de sentarse y todas las posibles respuestas a preguntas inesperadas. Pese a estar aún en septiembre, le enfundó un grueso traje, anudándole la corbata de forma que presionaba el cuello de Howard que casi no podía respirar. Para que fuera familiarizándose con la ciudad, consideró conveniente que utilizara su automóvil. Al fin, cuando comprobó ella misma que el teléfono de Howard tenía suficiente batería, le dejó partir, no sin antes repetirle todas y cada de las órdenes que debía obedecer.
Al arrancar su coche Howard sintió un alivio indescriptible y una sensación de libertad como no recordaba. Ni siquiera le molestó que a hora tan temprana estuviera sudando por la ropa inapropiada con que Nancy le vistió.
Una hora y media después transitaba desesperado por la calles de Nueva York. Falto de soltura para conducir en urbe de tal envergadura, equivocó el trayecto en varias ocasiones, hasta comprobar desesperado que se había perdido. Por puro sentido de la orientación, intuyó que estaba muy cerca del edificio donde Nancy le concertó la cita, pero cuando creía encontrar el lugar, siempre había un policía ordenando el tráfico que lo desviaba en otro sentido. Para aumentar el nerviosismo, el móvil había sonado tres veces. Nancy le prometió que le iría llamando para comprobar que todo marchaba según lo previsto. Sin embargo, no contestó porque lo había dejado dentro del bolsillo interior de la chaqueta, la cual depositó en el asiento de atrás. Al fin aprovechó el disco rojo de un semáforo para tomar la chaqueta y extraer el teléfono. Una cuarta llamada sin respuesta y Nancy era capaz de salir en su busca. Consultó el reloj. Apenas faltaban diez minutos para la hora fijada. A cada momento detenía el coche por un pequeño atasco. Al fin la calle pareció despejarse y aceleró con furia. Sonó de nuevo el aparato con la melodía principal de “Sonrisas y Lágrimas” que Nancy había insertado de tono de llamada. Era ella.
Nunca Howard pudo determinar la sucesión de los acontecimientos que se desarrollaron en una fracción de segundo a partir de ese instante. Si su vista vio primero la tecla de descolgar, o a un rollizo individuo que cruzaba la calzada en aquel momento y que impactó en su vehículo con violencia. Los gritos de consternación de los viandantes, mezclados con el chirriar de ruedas que frenaban, los escuchó ya en un estado de ensoñación. Sin atender a la llamada bajó del vehiculo, aturdido. Le pareció recordar a la infeliz víctima devorando con fruición una enorme hamburguesa antes del atropello. Y su estado de imbecilidad le llevó a buscar con la mirada antes el paradero de la hamburguesa que al moribundo. Si bien el golpe fue terrible, el gordinflón yacía a un metro escaso del parachoques. Era necesaria mucha fuerza para proyectar esa masa lejos.
Una multitud de curiosos rodeaban al herido cuando Howard se inclinó para observarlo. Respiraba con fatiga y alguien se había ocupado de aflojarle la corbata. Pero la causa del ahogo parecía provenir más de la bola de carne y pepinillos triturados que ocupaban la cavidad bucal y que nadie tuvo el atrevimiento de extraer. El pensamiento incontrolado de Howard derivó en conjeturas absurdas. ¿Cómo podían engañarnos en las películas con Ketchup en lugar de sangre, si ahora que los dos manchaban a aquél tipo se distinguían claramente el uno de la otra?
Los sucesos ocurridos entre la llegada del primer coche patrulla y la lectura por parte de un agente de los derechos del detenido, fue algo que la mente de Howard borró para siempre. Aunque no llegó a perder el conocimiento, en la memoria quedó de por vida una laguna del trance más triste que le tocó vivir.
En las dependencias de la comisaría del barrio, los peores presagios se confirmaron. Howard fue informado que la víctima había fallecido. A pesar del aturdimiento fue consciente en todo momento que la vida del peatón se apagaba. El sargento Truman se encargó del interrogatorio. Por fortuna llevaba en la cartera cuantos documentos le requirió la policía. Con el paso del tiempo adquirió conciencia de la gravedad de los hechos y su estado de ánimo devino en abatimiento. Con lenguaje entrecortado y sumido entre sollozos repitió varias veces su versión. Le obligaron a firmar muchos formularios sin que supiera sobre lo que trataban o si podrían incriminarle en el juicio. Cuando al fin terminó aquel suplicio, Howard quedó bajó la custodia de un agente mientras el sargento iba a encargarse de comprobar todos y cada uno de los puntos de la declaración.
La espera fue larga y deprimente. Pasada la excitación inicial, la realidad volvía a asomarse. Había matado a un hombre. La idea le golpeaba en la cabeza una y otra vez. El futuro podía ser muy sombrío. Cuatro horas después del accidente y era incapaz de saber quién era el culpable. A veces quería pensar en la posibilidad que el peatón hubiera cometido una imprudencia. Sin embargo, dudaba si la velocidad en aquel arranque de rabia era la adecuada o si debía ceder el paso, por no hablar de esa fracción de segundo en la sus sentidos se dirigieron a la llamada del móvil, restando capacidad a la conducción. Si algún testigo declaraba haberlo visto con el móvil en su mano, todo se había perdido.
Sobre las cinco de la tarde más triste de su vida fue llevado al despacho del sargento. El rostro del policía reflejaba una mueca extraña. Como de escepticismo.
-Bien, antes que nada quiero que me confirme, una vez más, su versión de los hechos -Truman hablaba en un tono serio, pero con una corrección exquisita. Usted vino ayer a Nueva York porque tenía hoy a las once de la mañana una entrevista de trabajo. ¿Estoy en lo cierto?
Howard asintió sin pronunciar palabra.
-De acuerdo, entonces, continúo. La empresa interesada en contratar sus servicios es Royal Estate Corporation y el jefe de personal encargado de estudiar los curriculums y con plenos poderes para contratar es el señor Bill Hogan. También ahí su narración coincide por completo con mis indagaciones. Figura en la agenda de Hogan dicha entrevista a las once horas del día de hoy.
El sargento mantuvo unos instantes de silencio mientras escrutaba la cara de Howard con descaro. Suspiró profundamente.
-Mire señor Filkin hay algo que me inquieta. En principio cuanto ha dicho es cierto y no puedo darle otro tratamiento al asunto que el de un lamentable accidente. No le voy a detener y el tema queda en manos del fiscal. Pero hay un punto que parece estar por encima de los hechos. Y me hace sospechar que algo se escapa. La persona a la que usted ha atropellado esta mañana es, justamente, Bill Hogan.
Después de pronunciar estas palabras, Truman fijó aún más la mirada en Howard. El instinto profesional le susurraba que la casualidad era demasiado llamativa para no encerrar un motivo oculto.
Howard sumido ya en un estado lamentable, escondió la cara entre las manos y se echó a llorar desesperado.




Parzenon6030 de enero de 2016
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