Rosamunda

Publicado por Parzenon60 el 04 de diciembre de 2017.
ROSAMUNDA




Guzmán, desde pequeño, ya marcó el destino que le aguardaba. Inquieto, travieso, charlatán y propenso a meterse dónde no le llamaban. A los siete años su padre, Roldán Berenguel, comenzó a llevarlo al campo para que le ayudara en las labores de labranza. Roldán usufructuaba un huerto de verduras y hortalizas propiedad del noble de la comarca, D. Sancho Martín, a quién pagaba religiosamente la renta convenida año tras año, ganándose por ello fama de hombre honrado y trabajador como pocos en la comarca. Pero para su desgracia, su hijo Guzmán no heredó las buenas y dignas dotes de su progenitor. Mientras el padre se levantaba antes de que el sol emergiera por el horizonte para cumplir con sus obligaciones y trabajaba hasta bien pasada la hora del ocaso, a Guzmán lo tenía que sacar su madre de la cama dándole fuertes y dolorosos tirones de oreja. Mientras Roldán se aplicaba a lo largo del día a laborar con auténtica devoción, Guzmán holgazaneaba cuanto podía, atendía las encomiendas con desgana y, al menor descuido del padre, desaparecía para ir con amigos de su edad a jugar por el bosque, asustando a los animales y a las personas que encontraban a su paso. Ello le valió no pocas reprimendas y en muchas ocasiones buenos azotes y palos en las costillas, cuando no quedarse sin cena, lo cual no parecía importarle demasiado dado que no había forma de que enmendara su actitud.
Con la madre no fueron las cosas mejor. En las contadas ocasiones que tuvo que ausentarse de la casa para visitar algún familiar o acudir al mercado, dejando a Guzmán al cuidado de sus tres hermanas menores, al regreso siempre encontraba la misma escena: las pequeñas solas y desatendidas sin que pudiera saberse por dónde andaba Guzmán.
Estas condiciones tan poco honrosas, le valieron, sin embargo, una notoriedad muy importante entre sus amigos de fechorías. Si tocaba aporrear al hijo del herrero, Guzmán propinaba los primeros y más certeros golpes, cuando se trataba de entrar en un corral para apedrear a las gallinas, Guzmán saltaba antes que nadie la cerca llevando la mayor provisión de piedras, y si la ocasión lo permitía, era el mejor robando las frutas que los vasallos cultivaban.
Pero todavía en otro aspecto destacaba sobremanera. En los retos. Su naturaleza era de por si valiente y audaz. Ahora bien, si alguien tenía la ocurrencia de pronunciar a que no te atreves a.., afloraba la bestia que Guzmán llevaba dentro. Entonces de alocado pasaba a ser temerario. Con tal de no perder méritos dentro de su cuadrilla y llevado por un sentido del honor enfermizo, era capaz de cualquier cosa. Se convertía en el paladín de la sinrazón si las circunstancias así lo demandaban. Diríase de él que por no doblegar la cerviz hubiera entregado gustoso su vida.
Así llegó a la edad de quince años, progresando en la rebeldía en idéntica proporción al crecimiento de su persona. Y un buen día llegó de parte de su inseparable Alfonso, la mayor provocación que conoció en nunca.
-Dicen que ha muerto la bruja Rosamunda. Ni siquiera tú tendrás el valor de pasar una noche con el cadáver de la bruja yaciendo en su caverna.



Rosamunda era por antonomasia la bruja del lugar. Se contaba de ella que descendía de una familia cátara que huyó a tiempo de la ciudadela de Montsegur antes de que los albigenses fueran exterminados por las tropas papales, refugiándose en Castilla. Pese a la fama de hereje que la acompañaba, nadie en la zona se atrevió jamás a perseguirla por dos poderosas razones: la primera la constituía el temor a la venganza de la arpía, pues se decía que podía conseguir que el ganado enfermara y las cosechas se perdieran; manejaba el mal de ojo y otras maldiciones que podían terminar con la vida de los que la contrariaran, y, sobre todo, el motivo principal venía dado porque era la protegida del conde Sancho Martín, hombre mas temeroso del diablo que piadoso de Dios. Las razones que tenía el noble para preservar la vida de Rosamunda eran un misterio, aunque no faltaba quién asegurare que los filtros amorosos que le servía para que pudiera mantener la vida licenciosa y depravada del conde, significaban la mejor garantía para que el pueblo no se alzase contra ella.
La vieja vivió siempre en una cueva. Las relaciones con los lugareños nunca existieron, excepto algunas visitas esporádicas de señoras ricas, que entraban y salían de la gruta con gran sigilo, llevando consigo extraños frascos de contenido incierto. Era tal el temor que infundía que el camino natural que pasaba cerca del antro, quedó abandonado por los transeúntes, los cuales abrieron otro que daba un gran rodeo, pero era mucho más tranquilizador alejado del dominio de Rosamunda.
Cuando corrió la noticia que la anciana había fallecido nadie se preocupó de darte un entierro cristiano, pues ni un solo habitante del lugar quería tratos con ella ni después de muerta. Ni el propio conde, quién liberado del peso que le suponía las cosas que la vieja pudiera contar, dejó que sus despojos se pudrieran dentro de la caverna. Aunque como veréis en esta presunción se equivocó.


-Siempre te has vanagloriado dijo Alfonso- de aceptar un desafío que haría temblar al demonio. No tendrás mejor ocasión que ésta para demostrarlo.
A Guzmán le asaltaron unos calambres en el estómago. Le horrorizaba la idea que le planteaba su amigo, pero una sola duda, un pequeño titubeo y el prestigio ganado durante años a costa de sufrir duros castigos, se vendría abajo en un momento. Antes de que sus pensamientos pudieran traicionarle dando muestras de debilidad contestó intentando aparentar indiferencia.
-Bah, claro que lo haré, ya sabéis que no conozco la palabra miedo.
Un amigo por el que Guzmán no sentía la menor simpatía tomó la palabra.
-Esta vez queremos una prueba contundente de que no nos vas a engañar. Deberás traernos una muestra indudable de que has pasado la noche con la vieja bruja. Un detalle irreverente que nos haga creer que no temes ni a la muerte, ni a Dios ni al Diablo. Algo que viole hasta las reglas divinas. La superación máxima del mal. Nada mejor que un diente o un dedo. Pero con eso no bastará. Si deseas demostrar el valor que ningún humano podría alcanzar te retamos a algo superior. El cuerpo debe llevar dos o tres días, muerto. Tienes que pasar la noche entera abrazado a los despojos de Rosamunda. El olor hediondo que está desprendiendo debe impregnarte a ti y a tus ropajes. Debes absorber por unas horas toda su fetidez. Será la mejor prueba de que no has pasado la noche en un rincón de la caverna temblando como un niño. Nosotros por turnos vigilaremos la entrada a la gruta para garantizar que no sales de allí hasta el amanecer. Si cumples estas condiciones a nuestra plena satisfacción, tu nombre pasará a la historia de la región como el hombre más arrojado y valiente que hayan conocido estas tierras.
La porfía quedó emplazada para esa misma noche. Corrieron apuestas en el lugar a favor y en contra de Guzmán. Unos pensaban que una cosa era ser un bravucón pendenciero capaz de ir siempre por delante en las dispuestas, y otra muy distinta jugar con la muerte. Otros, por el contrario, creían en él incondicionalmente. Su terquedad inquebrantable le llevaría a ganar el reto.


Llegada la hora de la verdad, Guzmán, después de despedirse de sus amigos y de algunos curiosos que no quisieron perderse el espectáculo, se adentró en la cueva con paso firme, haciendo enormes esfuerzos para disimular un temblor incipiente en las piernas. Era ya noche cerrada y los apostantes le permitieron llevar una pequeña antorcha.
-Mejor será que puedas ver le dijo en un tono burlesco Alfonso a la momia de la vieja y sus herramientas de trabajo que no imaginarlo.
Una vez calculó que se hallaba fuera del alcance de la vista de los apostantes, comenzó a andar con mucha cautela. La oscuridad en la gruta era total. La entrada, estrecha y amenazadora, parecía prolongarse indefinidamente. El pequeño haz de luz que brindaba la antorcha le permitió observar como reptiles y otras alimañas corrían a esconderse entre las grietas de las rocas. Pequeñas sombras que se arrastraban rápidas en busca de cobijo ante la presencia poco frecuente de un extraño. Guzmán sintió un vuelco en el estómago ante ese movimiento silencioso y repugnante. Le invadieron sentimientos contradictorios. De un lado quería terminar pronto con ese pasillo largo y tenebroso, pero por otra parte el temor a lo que pudiera encontrarse al estar frente a frente con el cuerpo de la muerta le provocaba escalofríos. Maldecía con todo el odio que su corazón era capaz de generar el momento en que Dios le dotó de esa vanidad estúpida. En varias ocasiones estuvo tentado de salir de allí corriendo y aullando y no parar hasta que se le agotaran las fuerzas.
Por momentos las paredes abruptas de la cueva se juntaban de forma que a duras penas podía continuar, provocándole heridas en los brazos y los hombros. Tampoco la cabeza se libraba de algún que otro rasguño porque el techo iba bajando en algunos puntos hasta obligar a Guzmán a gatear. Tenía el cuerpo aprisionado entre piedras y la mente oprimida por una imaginación calenturienta. Veía sombras por todas partes, creía que le acechaban espíritus malignos y almas en pena, y hubiera jurado ante el tribunal más solemne que escuchaba el eco de carcajadas enloquecedoras retumbando entre las rocas. Cuando las fuerzas empezaban a mostrar signos de debilidad y la presencia de ánimo había desaparecido por completo, el agreste corredor comenzó a ensancharse. Guzmán se detuvo y estiró el brazo blandiendo la antorcha cuanto pudo para ver lo más lejos posible. La imagen que se presentó ante su vista le heló la sangre. Había llegado al hogar de la bruja. Ésta se hallaba tendida en el suelo inmóvil. A pesar del horror que la visión le producía no pudo evitar detenerse a observarla. Quizás necesitaba confirmar que estaba muerta. La sola duda que pudieran mantenerse con vida le dio vértigo. Con una mezcla de terror y asco luchando con una curiosidad mórbida acercó la luz al cuerpo de Rosamunda.
El cadáver vestía unos harapos viejos y oscuros tan llenos de remedos que no sabría decirse cuál fue la tela primitiva. Tenía los dedos de las manos largos y huesudos con unas uñas afiladas, largas y sucias, que la vieja debió clavar en el suelo cuando le llegó el postrer momento, señal indudable que no tuvo una muerte dulce.
Después la mirada de Guzmán se posó en el rostro. Las facciones en sí eran repugnantes, pues jamás había visto tal cantidad de arrugas en un ser humano. Le sobresalía un mentón puntiagudo que contrastaba con su boca hundida por falta de dientes. Pero lo que realmente produjo mayor consternación al joven fueron los ojos. Unos ojos pequeños pero aún expresivos, como si todavía mantuvieran un último aliento de vida. Guzmán en un intento desesperado por tranquilizarse, pues notó que la respiración se le agitaba, pensó que la vieja luchó con la parca hasta la extenuación, pero había algo.., algo raro. Rosamunda dibujaba una mueca extraña. Una sonrisa maligna. Se mezclaban en ella el dolor, el sufrimiento, pero a su vez esos ojos y esa boca semiabierta parecían querer decir algo. Diríase que la bruja dejó una señal burlesca cuando marchó al infierno. Un mensaje cínico de que no había dicho su última palabra. Tratando de que sus pensamientos se alejaran de aquel ambiente diabólico, Guzmán se apartó unos metros del cuerpo para contemplar los alrededores. Conforme la vista le informaba del entorno en el que se hallaba, se sintió desfallecer.
Pudo contemplar la particular e ignominiosa vida que Rosamunda había llevado. Multitud de frascos de muy diversos tamaños que contenían líquidos viscosos, animales muertos tales como ratas, lagartos y serpientes. Otros estaban llenos de hierbas desconocidas, potingues y venenos de todo tipo, y lo más aterrador, también habían restos humanos. En concreto de fetos, algunos enteros y la mayoría partes de los mismos. En una palangana asquerosa se veía la cabeza a medio formar de un bebé y en otra un bracito a cuya mano le faltaban dos dedos.
El mísero mobiliario lo constituían cuatro cachivaches desvencijados inservibles para los aldeanos que la vieja fue recogiendo y trasladando a su cueva. Sobre ellos, y a su alrededor, se veía una simbología infernal. Amuletos, talismanes, crucifijos invertidos y oraciones escritas en las paredes en un idioma desconocido para Guzmán.
Aterrado por un escenario tan macabro el muchacho decidió que lo mejor sería comenzar la misión que le había llevado allí. Se recostó junto al cuerpo inmóvil de Rosamunda procurando tener siempre la cabeza girada al lado contrario del cadáver. Comprenderéis que las circunstancias no eran muy adecuadas para que el reposo, ni mucho menos para poder conciliar el sueño, en especial, cuando al cambiar la posición de la cabeza, Guzmán comprobó que los ojos de la vieja seguían mirando, o al menos, los iris se habían movido en el sentido hacia su izquierda, justo dónde se hallaba Guzmán.
El estado anímico al salir a la mañana siguiente del que fuera valiente joven es fácil de entender. Lleno de espanto y turbación se alejó de la zona sin querer dar explicaciones ni detalles. No se prestó a que sus antiguos amigos comprobaran quién era el ganador final de la apuesta. Y aquel que tuvo desde la niñez fama de alegre y divertido se transformó en un ser taciturno y solitario que huía del trato humano como el que escapa ante la visión del diablo. Si bien en ese estado se mantuvo poco tiempo porque pronto desapareció para no ser vuelto a ver.
Lo que sigue entra más dentro de la leyenda que de una verdad segura. Llegaron voces que decían que Guzmán se marchó muy lejos, situándolo unos en Mongolia, otros en Venecia y había quién juraba que estuvo también en África. Se contaba de él que la noche en compañía de la vieja le sirvió para adquirir el don de lenguas, pero de una forma poco común. Entendía y se hacía entender de los animales, en especial, de los más ramplones como ratas y serpientes, con los que tenía largas y misteriosas conversaciones.



Así, gracias a que ese mentecato pasó la noche entera abrazado a mi carroña, trémulo y asustado como un chiquillo, pude convertirlo en mi fiel esclavo. Conseguí que expandiera por medio mundo lo que los cristianos llamaron la Peste Negra y tuve feliz a mi señor Satanás por largo tiempo, pues le llevé en escasos años millones y millones de almas. Además fui diligente y sagaz porque debido a mi premura realicé el trabajo ciento cincuenta años antes de que se instaurara en Castilla la Santa Inquisición y bueno&esa, esa si que me hubiera puesto las cosas muy difíciles.



FIN






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2 Comentarios

  • Regina

    Magnífica historia, me ha encantado como s Guzman.Saludos cordiales.

    05/12/17 11:12

  • Remi

    El suspense me tenía enganchada a la historia. Muy buena la descripción del personaje principal, Guzmán, me he podido imaginar hasta su forma de mirar. Suponía un increíble final, ha sido terrorífico. Me fascinan tus historias Parzenon60.
    Un saludo.

    06/12/17 09:12

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