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Con Lluvia Tranquila

(Carta imaginaria de mi anciana abuela a la partida de mi querido y entrañable abuelo)


Marcos:

Mi viejito lindo, ya han pasado nueve meses desde que te pusieron bajo esa fría lápida, ataviado con cientos de flores y perfumados recuerdos. Yo fui tratada como una reina, muy delicadamente, como si mi tristeza me hubiera convertido en alguien de cristal. A mis 94 años me obligaron a ingresar por el portal del cementerio en una silla de ruedas como si fuera una inválida, pero tú sabes bien que no lo soy. Recuerdo que en la tarde aquella el cielo nos amenazó con un aguacero, así es que muchos se fueron rápido. Desde entonces es en mi corazón donde ha llovido día tras día, con una tranquilidad y una certeza absoluta.

Parece que fue ayer, cuando te cansaste de esta vida. De mirar las cosas con tus agotados ojos pardos que hacía ya varios años sólo podían distinguir la luz de la sombra. Parece que fue ayer cuando, cerca de las 2 de la madrugada, en medio de un silencio sólo interrumpido por el tic-tac del reloj de pared, vi que tu cubrecama estaba corrido, y al ordenarlo me di cuenta que estabas tieso y ausente. Te habías ido de la mejor manera, sin quejarte, sin avisar de ningún modo y con una sonrisa dibujada en los labios. Tu tranquila muerte te dibujó esa mueca agradable y yo me sentí satisfecha de que no hayas sufrido. Le tenías tanto miedo a la muerte…

Pero me haces falta ¿sabes?, mis días ahora son tan largos. Estoy sola en esta casa que fue nuestra por más de 35 años. Nuestro gran orgullo, ¿recuerdas? Después de tanto trabajar como brutos, finalmente conseguimos esta casa, a cuatro cuadras de la Plaza de Armas. Tú te sentías muy orgulloso, aunque nunca te vanagloriabas de ello.

Estrellita y Pepe me dicen: “Mamá, véngase conmigo, que va a estar mejor. Que podré cuidarla y nos acompañamos”, pero a mí no me mueven de esta casa, porque es tú casa, es nuestra casa.

A veces me pongo a recordar que nos conocimos en una fiesta de Año Nuevo de 1942 y que el 14 de Febrero ya éramos marido y mujer. Mis pertenencias eran solamente las ropas que llevaba puesta y las que guardaba en una maleta. Tú, le pediste dinero prestado a tu hermano para comprar cigarros, ¿recuerdas?

Cuánta hambre convivimos, cuánto trabajo como brutos en los campos, en las estancias, en el puerto y en nuestro primer negocio de cambio de revistas, que después se transformó en librería, en fiambrería, rosticería, pastelería, tienda de abasto, tienda de ropas y, finalmente, en una hostería.

Pero, ¿sabes? ahora que estoy sola, la casa me queda tan grande. Me queda tan grande tu ausencia, me agobio con tu recuerdo porque no tengo nada que hacer. Bueno, a veces tengo muchas cosas que hacer, pero ya ves, a los 94 años las fuerzas me empiezan a flaquear. Qué cabeza mía… a veces olvido las cosas. Te decía que tu ausencia es tan grande como un abismo, por lo que invento cosas que hacer para apurar los días. Cada semana saco mis abrigos del closet y los vuelvo a ordenar una y otra vez, para intentar conseguir no pensar en que me dejaste sola, pero aparecen tus corbatas y tus suspensores...

¿Recuerdas el abrigo verde que me compraste. Ese con grandes botones forrados y con tapas en los bolsillos que nunca me gustó? Bueno… te confidencio que ahora me está gustando un poquito y, a veces, me lo pongo dentro de casa para ver si tú me ves cuando camino desde la galería al balcón. Claro que no abro la puerta del balcón, no vaya a ser cosa que me vean vestida así, de abrigo y cartera y comiencen a decir que la pobre viejecita está volviéndose loca.

La casa se siente tan amplia. Ahora parece que hay más aire para respirar, más espacio por recorrer, más vacío que sentir. Si caminar desde el comedor al baño es toda una larga empresa que hago siempre muy esperanzada de encontrarte por alguno de los pasillos, en la cocina o en la galería. ¿Sabes?, a veces te veo merodeando por ahí. A veces, mientras estoy ocupada en mis lecturas del Evangelio, con el rabillo del ojo veo tu espalda justo cuando desapareces bajo el dintel de una puerta y entonces te siento aquí, junto a mí como fue durante nuestros 66 años de matrimonio. Tu lugar preferido es la galería donde las plantas y las catitas australianas te extrañan tanto como yo.

Es que no consigo olvidarte, porque después de servirme el almuerzo, cada tarde, tus ojos tristes vuelven a mí y yo continúo mirando por ti los mismos cuadros viejos, los maceteros y las plantas que cuidábamos diariamente. Si, incluso, cuando voy a tomar el té, sin pensarlo siquiera pongo dos tazas y preparo todo para tomar las onces acompañada por ti y muchas veces me sorprendo diciendo: “Mira, Marcos…”, pero estoy sola con el periódico. Sola con tu gran ausencia.

No sé realmente qué es lo que sucede, porque a veces no me siento tan sola y estoy segura de que estás conmigo. En medio del silencio escucho tu voz susurrándome con esa ternura provocadora que parece de un niño mal criado. A veces siento que siempre estás junto a mí, porque cada cosa que ahora miro ya la habíamos visto los dos. Cada cosa con la que intento sorprenderme es algo que ya habíamos disfrutado.

A veces pasa Pepe a buscarme y me dice: “Mamá, acompáñenos a pasear al campo”. Él toma caminos diversos para hacerme olvidar, pero yo no puedo olvidarte, porque cada paisaje ya lo había recorrido contigo. Cada espacio, cada recodo de la casa me susurra tu nombre y es por ello que ahora, ando sola por las noches, siempre nombrándote y yo sé que me escuchas, yo sé que estás aquí.

Estrellita me llama todos los días a pesar de que vive a más de 2 mil kilómetros. Este país es tan inmensamente largo. Marquitos me visita una o dos veces a la semana, cuando su trabajo se lo permite. Pepe sube tres o cuatro veces al día y en la noche me acompaña hasta cerca de las 10. Todos están muy pendientes de mí, pero no se imaginan lo sola que me puedo llegar a sentir en algunas ocasiones.

Entonces sé que tú te compadeces de mí y te acercas, porque yo te siento a mi lado. De pronto siento como tus dedos me acarician la cabeza, como lo hacías tantas veces en nuestra tierna intimidad de viejos. Yo te tenía a ti y tú a mí. Vivimos un matrimonio de 66 años, pero ya ves, te fuiste hace más de nueve meses y he debido soportar el quedarme sola esperando mi partida.

Pero estoy contenta. Creo que Dios ha sido muy sabio al llevarte a ti primero, porque sé que te habrías desesperado si hubieras sido tú el que quedara solo. En cambio yo, sé tomarme las cosas. Esta vieja chilota está acostumbrada a recibir como una bendición todo lo que el destino le depara.

Ahora aguardo, atenta y mansa, dichosa al saber que me estarás esperando con los brazos abiertos, para seguir juntos. Para continuar estos 66 años de matrimonio y seguir juntos por toda una eternidad.

Tuya siempre

Rosario.

30 de abril de 2009

3 Comentarios

  • Diesel

    !Que hermosa carta, Unsilencio!. Amigo, sion pensarlo dos veces y tras leerla tres veces, la paso a mis favoritos.

    30/04/09 10:04

  • Taber

    Es una carta llena de emotividad y que encierra el poder del verdadero amor que perdura m?s alla de la muerte. Yo tambi?n me lo llevo a mi rinc?n.

    Un abrazo.

    01/05/09 12:05

  • Unsilencioquenocalla

    Muchas gracias Diesel y Taber, en verdad, lleva mucha emoci?n. Para m? era un abuelo entra?able, a pesar de no verlo con frecuencia, por estar separados a m?s de 3 mil kil?metros de distancia. El tel?fono era nuestro aparato de ortopedia.

    02/05/09 03:05

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