La Muerte No Me Quiso...


Estaba yo sólo en mi casa coruñesa. Atormentado. Mi mujer Ana me acababa de abandonar y se llevó a mis hijos a vivir a Madrid, con el abuelo Pepe.
Había intentado leer poesía. Pero nada.
Amaneció la idea de suicidio con fuerza compulsiva.
Todo acabaría. Y fuerza de voluntad para dar el paso no me faltaba.
Bueno, el salto...
Porque la idea era colocar una silla frente a la ventana de la cocina, abrirla, subirme...Y saltar. Todo acabaría.
Y luego el espíritu se alzaría. No sé donde, pero estaba seguro de que el espíritu existe.
¿Me reencarnaría?.
Viviría en otros cuerpos.
Yo siempre había sido muy espiritual. Y mi profesor de Filosofía Manolo me lo había confirmado: Todos provenimos de lo “Uno” y hacia él retornamos cuando fallecemos.
La decisión era firme. Y estaba reforzada por ese espíritu compulsivo que siempre me ha caracterizado
Así es que tome la silla de metal y madera y la coloqué a la vera de la ventana, la cual abrí del todo.
Me subí y...
¡Dios mío!, resbalé y caí como un fardo sobre el suelo de la cocina. Si bien antes me golpee la barbilla con el marco de la ventana produciéndome un desgarrón en la mandíbula.
Suicidio frustrado.
No me quedaban energías para intentarlo de nuevo.
La película había acabado.
El “fatum”, la casualidad...
Pero inmediatamente un nuevo mundo se abrió sobre mí.
Vivía de nuevo.
Y con una intensidad que no debía evitar, sino saborear.
Inmediatamente lo tuve claro: Voy a escribir.
Sobre mi vida y todo lo que a ella me ancla. A la mañana pondré fin a mi existencia.
Antes evaluaré los pros y los contras de mi devenir existencial...
Y cuando concluya en que la única solución es abrazar la muerte, como paso al Más Allá...
Así es que así fue como sucedió. Y acto seguido me aseguré que había papel para imprimir. Encendí el ordenador y la creación y la recreación vivieron en mí.
Escribiría sin guión, solamente dando rienda suelta a los pensamientos que a mí acudieran.
Personas queridas, odiadas, situaciones y estados de ánimo.
Todo ello muy influenciado por la intelectualización a la que estaba condenado por las maravillosas clases de Filosofía de mi profesor Manolo.
Me vestí para la ocasión: Chándal y zapatillas de andar por casa.
Me acerqué la radio para atender a los informativos, que me servirían para hacer un alto en la redacción.
Pero antes de nada debería asegurarme el sustento. Así pues decidí ir al “Carrefour” a comprar comida para una semana. Y como no mi botella de JB.
Según paseaba por el supermercado no pude evitar cavilar sobre lo sucedido.
Pero la solución de aplazar mi fallecimiento y escribir era del todo correcta.
Traté con gran esfuerzo de concentrarme en la compra: Que no falten el café, la leche y el azúcar.
Luego comería mayoritariamente a base de pizzas.
Aunque por qué renunciar a cocinar. Me ayudaría a mantener el tono espiritual. Así es que compré todo lo necesario para una caldeirada de merluza. Y para un guiso de carne.
Y ya puestos helado “jaguendalf” y chocolate.

-1-
Mantener la línea había pasado a ser un absurdo.
Toda la compra la dejé para que me la subieran a casa.
La herida de la mandíbula la había limpiado con “Betadine”, pero la verdad es que me producía un dolor constante. El dolor de volver a vivir.

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1 Comentarios

  • Paulitinamente

    Sigo siendo Leopoldo Vacanillas .
    ¡Saludos a mis 24 seguidores!

    07/08/15 08:08

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