Amistades Impensadas

Cuando anunciaron que se había producido un desperfecto que afectaba todas las computadoras, Casimiro llevaba casi una eternidad sentado en esa silla junto a otras personas que compartían su mismo fastidio. Sabiendo que podría pasar largas y aburridas horas, decidió levantarse, caminar hasta el centro de la sala, y mirándolos uno a uno, con voz grave rompió el murmullo reinante al grito de...
-¡Yo sabía que los conocía, claro que los conozco, les dí un par de bizcochos por pintar mi cerca y nunca la terminaron!.
El momento fue preso de un desconcierto total que alarmó a más de un empleado y silenció de repente las últimas quejas que se escuchaban por lo bajo. Nadie entendía lo que decía, o eso pareció hasta que una voz muy cerca de la puerta le contestó.
-Esos bizcochos estaban rancios.
Se miraron desafiantes, y con pasos ruidosos y amenazantes casi dispuestos a dar una pelea, se acercaron diciendo.
-Pinta mi cerca.
-Oblígame.
-Pinta mi cerca.
-Oblígame.
-Pinta mi cerca.
-Oblígame.
Y tras el tercer "oblígame", los guardias que se disponían a correr hasta ellos fueron interrumpidos por una sonrisa y un abrazo entre ambos que terminaron por confundir aún más la situación. Inmediatamente salieron de allí, entre cuerpos turbados, miradas descolocadas y alguna que otra mueca cómplice de quien entendió la referencia Simpsoniana.
Más tarde, en un bar cercano, entre cervezas y maníes fue naciendo una amistad impensada. Quizás perdieron ese día para realizar el trámite que los urgía, pero ya relajados entre charlas y sonrisas, se fueron alejando de ese mundo que querían olvidar aunque sea por un rato.
Allá afuera un camión de bomberos y camionetas con policías giraban apresurados la esquina, detrás, curiosas personas corrían a ninguna parte, más la voz en una radio informaba sobre los desmanes que acontecían en una oficina al final de esa avenida, donde usuarios enojados y cansados de tanto esperar generaban destrozos arrojando computadoras por las ventanas.

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