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Rostro

"Creo que soy yo, una vez me dijo que era especial", "Tal vez yo, siempre dijo que tenía un regalo para mí", "Si vamos por eso, a mi me debe un retrato desde hace unos años", "Juraría que soy yo, salvo por este detalle...", "Si alguien lo es, seguro que yo no soy", decía la gente al pasar.

El gran pintor Sijesmundo Praria, prócer de la cultura local, anunció por las redes sociales que quería homenajear a una persona muy importante para él y la ciudad. No dijo su nombre, y como otras veces, soprendería a todos con una monumental creación.
Fue un martes a la madrugada cuando salió de su casa y empezó hacer unos garabatos en la pared que da hacia la calle. Garabatos que se volvieron formas de un rostro, un rostro gigante que ocupaba todo el espacio posible. Estaba en los últimos trazos cuando un grupo de muchachos lo atacó por la espalda para robarle los elementos que tenía, quiso y pudo resistirse pero en ese forcejeo encontró la muerte. Con las fuerzas que le quedaban llegó a apoyar su mano ensangrentada en un rincón del retrato. Su firma para la posteridad.

Tres días de luto.
Con consentimiento de sus más allegados, el muro fue inaugurado una semana después. Hubo una linda ceremonia: la banda de música, gran parte de la ciudad presente, algunas muestras artísticas de canto y baile, más palabras alusivas de aquellos que más lo conocían. El detalle fue que nunca se mencionó a quien pertenecía la cara plasmada en la pared. Era la intriga, el misterio, razón por la que muchos se acercaron. Pero entre sus papeles no dejó nada dicho, ni afirmaciones, ni indicios, ni aproximaciones, el desconcierto era total. A falta de datos, la especulación comenzó a rodar en las calles y miles de apuestas (tanto serias como graciosas) inundaron las charlas de bares, salas de espera, colas de supermercados y bancos de plazas. Todos tenían su número mágico.
Y así llegaron los días de lluvias y de mucho sol, los vientos y los otoños grises que le fueron modificando algunos detalles a un concreto que se desteñía, y abría el juego para nuevas apuestas. No había persona en los alrededores que no se viera con un dejo de esperanza en esa figura y no sintiera algo en su pecho que le hicieran preguntar si tenían algo especial para ser merecedores de tal homenaje.

No importa a que hora se pasase por la casa de Sijesmundo Praria, siempre habría alguien parado frente a su obra. Contemplando, buscando, imaginando. Al final de cuentas, todos encontraban un parecido a este o cual, algunos aseguraban de algunos y otros desmentían de otros, y algunos solo se confundían con otros.
Nunca se supo. Quizás fue la broma más deliciosa de alguien que juraba no tener sentido del humor.

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Ram08412 de enero de 2020

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