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La Noche Del Sr. Malbrán

Había caído la noche en la ciudad cuando el Sr. Malbrán, un hombre de edad avanzada y aire misterioso, se encontró nuevamente en su biblioteca, un cuarto oscuro donde las paredes parecían absorber la escasa luz de la lámpara. Las sombras se extendían grotescamente, y el silencio pesaba, apenas roto por el leve crujido de la madera vieja.

Mientras Malbrán hojeaba un manuscrito antiguo, escuchó un golpe sordo en la puerta. No esperaba visitas a esas horas, y su corazón, ya sensible, latió con fuerza. Caminó lentamente hacia la entrada y giró la llave con manos temblorosas. Al abrir, apareció en el umbral un hombre de semblante serio y pulcro, vestido con un largo abrigo negro que le daba un aire fantasmal bajo la tenue luz.

—Señor Malbrán, ¿puedo pasar? —dijo el visitante con voz firme.
—¿Quién es usted? —preguntó el anciano, tratando de mantener la calma.
—Soy el agente Luxuri, y vengo a investigar... un suceso —dijo, mirando al fondo de la penumbra del salón.

Malbrán dio un paso atrás, invitando al agente a entrar. Mientras caminaba hacia el centro de la sala, Luxuri examinaba cada rincón con una intensidad que incomodaba al anciano.

—¿A qué suceso se refiere? —preguntó Malbrán, con un nudo en la garganta.

El agente se detuvo frente a él, mirándolo fijamente.

—Al suceso que ocurrió aquí mismo, hace treinta años, en esta misma biblioteca.

La sangre se le heló al Sr. Malbrán. Recordaba con claridad aquel día, aunque durante décadas había intentado borrarlo de su memoria. Había sido una noche lluviosa, igual a esta, y en esta misma habitación alguien había... desaparecido. Se decía que una presencia oscura había maldecido la biblioteca desde entonces.

—Eso... fue hace mucho tiempo —balbuceó Malbrán, tratando de eludir el recuerdo.
—No para ellos, señor —respondió el agente, con una extraña sonrisa en el rostro.

Malbrán sintió una presión en el pecho, una opresión asfixiante, y retrocedió involuntariamente. Fue entonces cuando notó que la expresión del agente había cambiado. Sus ojos reflejaban algo más allá de lo humano, una mirada fría y vacía que parecía observarlo desde una dimensión distinta. Con un movimiento inesperado, Luxuri sacó un pequeño espejo de plata y lo alzó frente al rostro de Malbrán.

Al mirarse, el Sr. Malbrán vio algo imposible: en el reflejo, no era él quien se encontraba de pie en aquella habitación. Era un hombre joven y vigoroso, vestido con ropas de una época antigua. Una imagen de sí mismo que no había visto en treinta años. En el fondo del espejo, una sombra crecía lentamente, cubriéndolo todo.

—Esta noche, señor Malbrán —dijo Luxuri, bajando el espejo y guardándolo—, ha llegado el momento de saldar su deuda.

Con un susurro apenas audible, la biblioteca se cerró en un silencio abismal. Nadie volvió a ver al Sr. Malbrán ni al agente Luxuri después de aquella noche, pero en los años que siguieron, los vecinos juraban que, a medianoche, una figura espectral deambulaba por las ventanas de la vieja casa, con un espejo de plata en la mano, buscando... un alma perdida.
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Woodstock
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cuento breve

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