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Ni Nana Ni Cuna

Avanza el minutero, dejando atrás lo que un día fui, adentrándose en lo que un día seré. No se detiene el tiempo en mi muñeca, no se remueven los recuerdos de mi mente, no deja de jugar ese niño de pelo alborotado y sonrisa inocente…
Creo, que perdí el miedo a la oscuridad, si me visita la incertidumbre, enciendo la coherencia, que proyecta claridad sobre las cuatro paredes de mis pensamientos.
Ya no me anestesian los cuentos, no quiero princesas, no quiero perdices, sólo quiero empacharme de la realidad y que alguien venga a hacérmela potable.
Las nanas, ya no mecen mis párpados, la almohada no desprende ternura, no me arropa la luna, tan solo el despertador hace ruidosas mis mañanas y rutinaria mi vida.
No requiero de babero, aunque sigo malgastando saliva, no empapo mi torso, pero si escupo palabras que deberían no serlo y quedarse en el tintero.
No hay chupete que silencie mis llantos, ahora las lágrimas gotean por dentro, resbalando bajo la piel, sacudiendo las percusiones del réquiem de mis ilusiones.
No están mis ojos exentos de maldad, pues borraría imágenes y pintaría otras que sólo son bocetos color fantasía.
Se perdieron mis ganas de jugar, pues comprendí que la guerra no es divertida y que los sentimientos también se rompen, y no poseo pegamento que restaure tal desastre, el plástico se adhiere mejor que la sangre.
Están mis piernas libres de aquellas heridas eternas en la infancia, producto de tanta carrera. Ahora, las cicatrices las tengo en las manos, por intentar retener al dolor, en los labios por hablar con desconocidos y en el pecho, por abrirle la puerta al amor.
Dejé de gatear cuando aprendí a andar, pero como si de la niñez se tratara, en ocasiones me arrastro demasiado, demasiado cerca del suelo y lejos del orgullo.
No picaron los caramelos mis dientes, fueron las sonrisas que tuve que forzar, las que regalé y las que malgasté, consumiendo el azúcar de tu mirada, tan deleitable, embobado como un niño frente a una piruleta, vulnerable cual marioneta…
Aprendí a atarme los cordones, de tanto pisármelos, tras tanto paso en falso…
Cambié el jarabe por el alcohol, pero en ambos casos, siempre se me olvidaba leer el prospecto. Uno me lo recitó el médico, otro el diablillo que llevo en el hombro. Uno me aliviaba, otro aparentaba hacerlo.
Crecí y sigo haciéndolo, cada día más viejo, con un amanecer menos y un atardecer más, con veinticuatro horas más de vida e infinitos latidos por contar.
Adrielegance26 de noviembre de 2012

2 Comentarios

  • Foryou1396

    Me fascinó el texto y me he identificado mucho!
    Me encantó!

    26/11/12 09:11

  • Adrielegance

    Me alegro mucho. Gracias

    26/11/12 10:11

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