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La Soledad Acompañada

16 de enero. Se suponía que llegaran la noche anterior pero –como siempre- el micro se retrasó. Aunque esta vez no les importó. Quizás porque en el fondo creían estar seguras de que éstas serían las últimas vacaciones que pasarían juntas. Quizá porque los años las volvieron más pacientes o quizás porque simplemente el desligue respecto a sus obligaciones les significó también un cambio en el orden de sus prioridades, ubicando al tiempo en el final de la lista.
Nunca supieron cómo ni por qué pero lo primero que decidieron hacer apenas llegaron fue ir a la playa. Llegaron por poco corriendo y sacándose la ropa a la vez, completamente desbordadas por la euforia que se mimetizaba con el buen clima. Tiraron sus bolsos en un rincón, y sin siquiera acomodar la sombrilla se zambulleron en el agua de una sola vez.
El placer de volver a sentir las frías gotas correr sobre sus cuerpos acalorados fue casi tan mágico como mojar los pies en la ducha caliente durante el pleno invierno. En realidad mejor, porque este viaje tenía el plus haber sido anhelado hacía mucho tiempo.
Encaminadas hacia donde estaban las toallas, una sola mirada les bastó para entenderse. Apenas llegaron, Clara sacó un encendedor del bolsillo pequeño de la mochila y le dio inicio al ritual de bienvenida.
De pronto, ese aroma refrescante -mezcla de agua y sal- invadió sus pulmones, como si poco a poco la naturaleza les fuera limpiando todas las partes de sus cuerpos que ellas mismas se habían encargado de arruinar en la ciudad.
Malena hundió sus dedos en la arena que tanto extrañaba y sintió como se le deslizaba por la piel. El ruido de las olas junto con el viento se convirtió en música para sus oídos, y reclinarse a ver el cielo azul fue la fruta que coronó al postre de su relajación.
Desde los pies hasta la cabeza su cuerpo se fue aflojando y, casi sin darse cuenta, los músculos de su cara se habían puesto de acuerdo para instalar en ella una sonrisa que le resultara prácticamente imposible de borrar.
Justo ahí fue cuando comprendió la importancia que tenían los pequeños momentos en la felicidad de la gente, y una a una fueron pasando por su mente las imágenes de sus recuerdos más plenos. De a poco sus preocupaciones se volvieron insignificantes mientras el canto de los pájaros adornaba a ese martes de enero.
Estaba tan involucrada en su marea emocional que tardó en escuchar la voz de su amiga pronunciar las palabras más temidas: “¿Qué hacemos, Male?”.
Se sentó de golpe. Su rostro abandonó la expresión de risa y la suplantó rápidamente por una de tristeza y desesperación. Su primera reacción fue la del enojo: ¿qué necesidad había de tocar el tema justo cuando había logrado quitárselo de la cabeza? “No sé, acabamos de llegar -fue su respuesta-, todavía nos queda mucho tiempo”.
Sabía que mentía pero lo dijo convencida intentando tranquilizarla. Haciendo un esfuerzo sobrenatural, logró contener las lágrimas que luchaban por salir de sus ojos porque sabía que quebrarse en ese momento hubiese significado que su amiga también lo hiciera, y la sola idea le resultaba insoportable.
Las agujas del reloj corrían y cada vez faltaba menos para que tuvieran que decidir qué hacer de sus vidas. Después de un año sabático sin tener siquiera acercamientos a posibles soluciones, quince días parecían una burla a sus intentos de tomar una decisión de esa índole.
Sus esperanzas se fueron yendo con el sol, y buscaron consuelo en las estrellas que reflejaban su luz en la oscura noche de esa playa a la que tanto amor le tenían.
Clara comenzó a tocar en la guitarra aquellos temas que sabía que las transportarían en el tiempo. Poco a poco y luego de un suspiro, su amiga comenzó a tararear al ritmo del compás y sus cuerpos se dejaron llevar con la música hasta que el frío les obró de alarma para volver a su casa. Casa. Qué rápido se acostumbraban a vivir juntas. Ese siempre había sido uno de los tantos motivos que las hacía preguntarse por qué no habían sido hermanas.
Se fueron a dormir con la ilusión de que el sueño les trajera respuestas, pero completamente confiadas de que lo que el destino les dictara…
Agata12 de noviembre de 2015

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