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El Oficio de Vivir

Ser hombre radica en transformar una experiencia en conciencia. El hombre que pasa por la vida únicamente por el hecho de estar, dejando a un lado el acto de ser hombre, bien pudiera no haber nacido, ya que estar por estar, es siempre un fallecimiento prematuro. El hombre se eleva y se mantiene por la inteligencia, pero no es realmente hombre si no se deja llevar por los sentimientos salidos de su corazón. Abrimos puertas y observamos cómo los años pasan como dagas peleonas sobre nuestras cabezas de cánticos maltrechos y esperanzas inquebrantables, y no es tarea fácil para el hombre que anhela ser ecuánime apurar la penúltima copa existencial y no quitar ojo al montículo de necedades y falsos ofrecimientos que nos van prometiendo para –al parecer- salir de una crisis que ya hace tiempo ha dejado de ser económica, para convertirse en algo puramente moral, por falta de sensibilidad y de buenas maneras. Observamos cómo van cayendo los buenos hombres que jamás desearon amarguras al prójimo, al tiempo que recogemos del suelo los momentos que son inquietud de siglos, de humanidad carcomida por la falta de sueños y apego mutuo. Abrimos con sigilo las portezuelas de la existencia y no sabemos con exactitud si somos o dejamos de ser, si vamos o venimos, si la realidad es un sueño, o viceversa…, y aún así estamos presentes en un mundo que posiblemente no merezcamos por su perfección, por su inmensidad de milenios cumplidos, por su respeto a sí mismo. Yo no sabría decir qué demonios es lo que ambiciona el ser humano para ser realmente humano, desconozco de dónde ha salido esta raza que tanto puede defecar sobre sus orgullosas cabezas como disfrutar de preciosísimas sinfonías compuestas gracias a la energía de lo misericordioso y la eficacia de los sentimientos más nobles. “Los hombres siempre son malos cuando no les obliga a ser buenos la necesidad”, aseguraba Maquiavelo, afirmación que no ambiciono hacer mía, ya que rompería parte de mi credo y de mi certidumbre, aunque, debo reconocer que hay días en los que dicha afirmación se queda corta, ya que “ser o no ser” no importa tanto como “estar”, cueste lo que cueste y caiga quien caiga, si bien para ello tengamos que vender a un hermano de sangre o a nuestra queridísima madre. En el momento en que el hombre acepte su fugacidad y sepa que pese a esta limitación su grandeza pervive, caerá en la cuenta de que la vida no es tal por el simple hecho de vivirla, sino por el hecho de haberla sabido vivir con fidelidad, comprensión y clemencia; ya que, como indicaba Ernesto Sábato: “La vida es tan corta y el oficio de vivir tan difícil, que cuando uno empieza a aprenderlo, ya hay que morirse”.
Alexandervortice16 de enero de 2012

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