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Halloween (y 2)

Stig Dagerman, escritor anarquista sueco, opinaba: “Dos cosas me llenan de horror: el verdugo que hay en mí y el hacha que hay sobre mi cabeza”. Así es que el horror, el más deslucido y abusivo horror, desfila venturosamente por los rieles de la dejadez en días de penitencia y catarsis sobrenatural, cuando el “Estado Material” nos ralla las intuiciones celestiales con sus incisivos de sedienta congoja y grotesca inmolación. Pero los espíritus siempre han sido capaces de traspasar los vórtices que acotan la realidad del espejismo, y pueden llegar a presentarse en nuestros hogares como si tal cosa para pedirnos explicaciones sobre asuntos que dejaron sin resolver por falta de tiempo y vida, o simplemente para avisarnos de que algo más se encuentra tras las portezuelas de la razón y el sobrevalorado raciocinio, para testificarnos que existen cosas más trascendentes que nuestro célebre perfil de Facebook, donde aparecemos resplandecientes, mostrando el resultado admirable de tres intensos años de gimnasio, algo más que el último iPad 2, que cocina sabrosísimos pollos y pavos en poco más de 19 minutos, satisface libidinosamente a nuestras desposadas y revisa los deberes de los niños, esos mismos chiquillos adoctrinados por los ásperos criterios de la vulgaridad materialista. Halloween es una jugosa celebración que podemos utilizar para invocar lo efímero del ser humano y no morir en el intento, aunque el susto se presente como un ademán repasado por los dedos blanquecinos del tránsito hacia el lugar de donde, quizás, hemos salido poco antes de nuestro nacimiento. Y debo señalar que en noches de brujas e incienso el verdugo que hay en mí logra percibir la voz de la venganza más cruda; el impío que de vez en cuando habita en mi cuerpo (revestimiento provisional) evoca las injusticias pasadas e, incontestablemente, ansía que sus enemigos sean abordados por la vehemencia del más allá, por las ánimas que se encargar de desagraviar las inmoralidades del anodino ser humano. No obstante, el hacha que hay sobre mi cabeza enseguida frena mis intenciones, vilipendia mi moral abusiva al saberse imperecedero, y va atenuando con su impulso preciso mi ego desafinado, mi brevedad de personaje apasionado por la quimeras, personaje con ansias de recoger del suelo el revólver del resarcimiento. Así es que, entre verdugos, difuntos, calabazas y hachas, me alejo del espanto y retengo la frase pronunciada por Albert Einstein: "La realidad es una mera ilusión, aunque se trata de una muy persistente”. Y al recapitularla identifico a lo lejos, tras la densísima neblina, a un grupo de espectros disminuidos a causa de los pecados que cometieron en lo que antes fue vida y en suma fue nada, nada que ahora se les presenta como realidad única y excepcional, sin confusiones ni imágenes fugaces, ya que la muerte, aunque se nos presente como tribulación, es la más perseverante de las realidades.
Alexandervortice24 de octubre de 2011

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