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Luces y Sombras

Entre luces y sombras reside la auténtica imagen de la infinitud que tanto ansiamos desde que el hombre posee agudeza y ansias de alcanzar la perpetuidad. La oscuridad es un hábitat donde moran los más indecorosos y despreciables actos del ser humano. La oscuridad anhela abrazarnos con sus uñas de apático argento y sus dientes amarillentos; la oscuridad está en todos nosotros: en ocasiones nos envuelve sin remedio, y el sabio tropieza a consecuencia de ella, y el ignorante permanece hipnotizado bajo su efecto oscurantista. De luces y sombras está formado el universo interior del ser humano, también lo está todo aquello que le envuelve a lo largo de sus años trascendentales. Y, pese a lo que digan los profetas de lo adverso, los hombres honestos son los únicos que no le temen a la luz ni a la oscuridad, ya que confían en la verdad para caminar y superar los obstáculos de un mundo lánguido. Es cuestión de esencia el acabar en los brazos de las sombras o de la luminiscencia. Para quienes ansían ver con claridad, hay luz suficiente, existe esperanza y caminos providenciales. Para los que asumen un arte contrario, la oscuridad es alimento inquebrantable, perseverante y poderoso. Yo suelo encender luces a medianoche con el fin de disipar confusiones y dudas, ardores de estómago propios y ajenos, y fingimientos dispuestos a recocerme la mente, el cuerpo y el espíritu que, día a día, intentan basar sus actos en la más común de las indulgencias. Y hablando de negruras, deberíamos ser conscientes, hoy más que nunca, que hasta la llama más pequeña es digna de ser vivida y visualizada; incluso el llanto más incongruente es escuchado por alguna oreja, hasta el pedrusco más duro puede llegar a ser engullido por las gotas penetrantes de la constancia. “Recordad que el hombre permanece en el rincón de la oscuridad por temor a que la luz de la verdad le deje ver cosas que derrumbarían sus conjeturas”, certificaba J.J. Benítez. “En el majestuoso conjunto de la creación, nada hay que me conmueva tan hondamente, que acaricie mi espíritu y dé vuelo desusado a mi fantasía como la luz apacible y desmayada de la luna”, poetizaba Gustavo Adolfo Bécquer, al tiempo que lograba hacer indestructible, mediante su genialidad, algo tan sempiterno y simple como el rayo resplandeciente de la luna. La luz emociona, seduce, halaga asombrosamente hasta a los seres más turbios y fracasados. Porque si existen sombras es, evidentemente, porque hay una luz cercana que permite que éstas puedan hallarse.
Alexandervortice23 de enero de 2012

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