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Somos Lo que Comemos

Somos lo que comemos –o eso dicen algunos especialistas-. Somos lo que callamos, lo que vociferamos, lo que jamás hemos hecho y lo que hicimos sin testigos ni pruebas, lo que amamos en silencio y lo que vociferamos. Somos un 5 sobre 10 los días de lluvia penetrante. Somos un futuro prometedor atrapado casi siempre en la tibieza de un cuerpo antiestético y perfectamente degenerado a causa de “los otros”. Somos lo que suspiramos, lo que jadeamos (aún te suspiro, aunque ahora sin whisky escocés ni demasiados quejidos). Somos ese rítmico destello que va mermando a medida que los años pasan y las arrugas se oprimen contra el epicentro de nuestro lánguido cuerpo.
A secas, somos un hilillo de vida dos segundos antes de fallecer, aunque dos segundos después nos transformemos en un organismo impasible del que todos hablarán bien, tal vez porque no posee substancia ni estética nutritiva, porque decidió residir en otro barrio, porque exhaló lo que tenía que exhalar: segundos y minutos de ilusiones y desilusiones, ya que la vida es sólo eso, no se engañen, la vida no es más que un esfuerzo supuestamente útil que nos dirige hacia una catacumba sin salida ni estrés. El precio de la vida es la muerte por vivir. Normas, esfuerzos, modas, tormentos, pasiones de una noche o amores de una década entera, con vuelcos de corazón y fisuras abiertas cual tumba de sal. Todo pasa y casi nada queda, como en las películas de los años sesenta, cuando aquel caballero de mirada insondable y cigarro calienta labios color carmín se despedía de la joven que fue enamorando a base de locuciones vetustas, pestañas de almohadas humedecidas y guiños con sabor a gin tonic. Pese a esto y a lo otro, no lo duden, somos lo que comemos, somos aire enloquecido a los quince años, cierzo a los veintisiete y eructo invertebrado a los sesenta y seis. Nos creemos tan importantes que no tenemos tiempo ni para despedirnos de quien realmente nos quiere, nos quiso o nos querrá. También somos lo que pensamos, aunque durante la mayor parte de nuestra vida verdeemos pensando sólo en el qué dirán, mirando para los lados cual mono de feria, sin pensar que, quizás, haya que vivir lentamente para comprender que lo alocado va por dentro, la lírica va por fuera y, en medio, existimos por existir, respiramos porque no nos queda más remedio y alcanzamos las meta que el destino y sus secuaces nos permiten alcanzar. “Deberíamos vivir tantas veces como los árboles, que pasado un año malo echan nuevas hojas y vuelven a empezar”, decía José L. Sampedro. Deberíamos comer de todo para tener en nuestro interior un poquito de cada uno; mas, por desgracia, en la adultez ya todos adoptamos una dieta, saludable o no, dieta que se compone principalmente de ingredientes aliñados con pedacitos de nosotros mismos.
Alexandervortice19 de mayo de 2013

2 Comentarios

  • Matias

    Es que la muerte esta tan segura de vencer,que nos da toda una vida de ventaja. Me ha gustado tu texto
    Saludos

    19/05/13 02:05

  • Jasmin23

    buenas reflexiones, muy sentidas

    19/05/13 05:05

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