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Usar y Tirar

Tenemos prisa, mucha prisa…. prisa por llegar a ninguna parte, que es donde habita el olvido. Tenemos prisa por vivir, o mal vivir, que a fin de cuentas casi viene siendo lo mismo tal y como van las cosas de un tiempo a esta parte. Y es que si algo le podemos recriminar a nuestros profesores es el habernos inculcado el supuesto valor de vegetar aceleradamente, a lo loco y sin mirar atrás para, supuestamente, llegar los primeros a la meta, y así poder subirnos al pódium de los mejores, que suelen ser esos tipos de camisa grisácea y tez blancuzca que pasan por nuestro lado sin mirarnos a la cara, con cierta sorna de perdonavidas.

Existimos (o malvivimos) mirando constantemente el reloj, como si llegáramos tarde siempre, sin percatarnos de que nada es tan importante, ni siquiera lo que nos aseguran que sí lo es, para así hacernos olvidar que lo esencial de la existencia habita en las cosas pequeñas, en los lugares comunes, en la mirada que no se ve con suma claridad. Vivimos (o resistimos) en una sociedad (o suciedad) de usar y tirar, de quita y pon, sociedad clínex donde la apariencia es el pan nuestro de cada día –para el que lo tiene-, donde indicar lo que se piensa sin pensar lo que se dice se está convirtiendo en una especie de acto sedicioso y homérico. Vegetamos en un sistema que requiere imágenes constantes para ser vistas constantemente, de manera directa o indirecta, y así hacernos creer que “la imagen” es el dios principal, el alfa y el omega que necesitamos poseer para alcanzar nuestras metas meramente mundanas.

Esta sociedad nos cede constantes y lustrosos entretenimientos con el objeto único de estimular la compra de productos superfluos, productos que anestesian los sufrimientos asociados a la clase, la raza y el sexo. Asimismo, subsistimos en un entorno donde la tasa de superficialidad es abusiva y virulenta, superficialidad que desconcierta y adormece en demasía a las nuevas generaciones de hombres y mujeres que no poseen mayor propósito vital que el de pasar su existencia siendo un ladrillo más, un esclavo más, un código de barras más… Yo opino, al igual que Anwar Sadat, que puede haber esperanza para esta sociedad desigualada y abatida, pero sólo si actúa como una gran familia, sin divisiones estúpidas, no como muchas familias separadas que se tiran los trastos a la cabeza en vez de caminar hacia el bien común, ya que cuando el bien común de una sociedad es considerado como algo aparte y superior al bien individual de sus miembros quiere decir que el bien de algunos hombres tiene prioridad sobre el bien de otros hombres, aquellos asignados al estatus de animales sacrificados.

Vivimos de prisa y sin airbags. Comemos para trabajar y trabajamos para comer. Resumimos sentimientos en 140 caracteres y toleramos casi por inercia las iniquidades, tal vez porque no somos conscientes de que los sentimientos, los que de verdad importan, no poseen fecha de caducidad ni número de caracteres.
Alexandervortice20 de abril de 2013

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