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Sentado en la silla del perpetrador de mi morada,
hurgando en la basura laboriosa del plan maestro,
adjudicando las puñaladas a la aspereza de mis manos.

Y que,
si la mesa sucumbió al peso de la lámpara,
si el dios de los lápices se recuesta entre mis dedos.

No más tedio del papel y la tinta,
acaso el rasgar de colores sobre el manto blanco
alcanza para matizar el sinsabor de mis pasos oscuros.

Para qué el taco alto
si las galletitas de la abuela están debajo de la mesa,
por qué la sed
si el agua se pudre dentro de un florero translucido
y con apenas un pétalo en su haber.

Dios, crucificado ente colores,
con el hambre de galletitas y la sed de florero,
y pétalo más.
Dios, con ropaje de papel,
rasgadas por manos ásperas.
Dios, por qué osas sentarte en la silla del perpetrador de mi morada.
Amab21 de mayo de 2008

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