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Intersección

Anécdota onírica...

Ella iba caminando por la transitada acera, mirando detenidamente al cielo, hablando consigo misma, como si nada más le importara hacer... La observaba yo desde la otra acera, con los autos cruzándose ante mis ojos y ocultándomela a intervalos, interesado en el momento, indagando en los posibles porqué de ese comportamiento. Ella no bajaba la cabeza, pero deducía correctamente, por el movimiento que se daba a su alrededor, cuándo debía cruzar una calle y cuándo no. De ese modo continuó caminando por varias cuadras en línea recta, mientras yo, como un reflejo del ritmo de sus pasos, la seguía desde la otra vereda... Casi todo aquel que se le cruzaba giraba la cabeza interesado en ella: algunos comentaban algo en silencio: otros meneaban la cabeza desaprobándola: otros se reían despectivamente; y de esa manera, los ojos iban multiplicándose sobre la mujer del misterio. Nada, sin embargo, perturbaba en ella su concentración en el infinito cielo...

Entonces la vi ingresar en la transitada y peligrosa avenida del momento, y el miedo me invadió las piernas y el pecho, desde mi solitaria acera. La mujer ingresaba con extraña sensualidad en la avenida, recogiéndose detrás de las orejas el cabello, mientras los impredecibles autos comenzaban a flanquearle el delgado cuerpo. Ella los esquivaba divirtiéndose, a uno después de otro, avanzando y retrocediendo en el laberinto de los trayectos, ya sin mirar al cielo. Ensimismado en la belleza de su equilibrado movimiento, recordé el peligro en el que la mujer se encontraba y entendí también que no iba a salvarse de ese juego. Corrí al interior de la avenida para ayudarla a vivir; pero me detuve en el filo de la carretera con incomprensible miedo, hechizado en las imágenes de su infantil comportamiento... Los vehículos la acechaban en el silencio, dibujando líneas junto a su cuerpo. Con su habitual y extraña confianza, parecía haber descubierto algo durante el juego, porque una sonrisa mayor le iluminó de inmediato el rostro. Los autos de variados colores apenas conseguían evitarla, apenas la anulaban del momento... Recordé otra vez que no iba a salvarse, y en ese momento el rojo del semáforo hizo que los autos se detuvieran. La muerte era inminente en el camino que generaban las dos aceras. Acudiendo desde diversos puntos, los testigos se habían detenido a ambos lados del momento, desaprobando con diversos ademanes a la mujer, temerosos y preocupados del impredecible presente.

En el momento en que dos hombres ingresaban al oscuro asfalto, uno después de otro, también dispuestos a ayudar a la mujer de los comportamientos, en el momento en que yo mismo, al saber la inevitable arremetida de una camioneta, corría para salvarla antes que dichos hombres, ella, siempre enterada misteriosamente de lo que ocurría alrededor de su cuerpo, y con su tranquilidad asombrosa, verticalmente descendió la cabeza y se quedó mirándome a los ojos y escrutándome en el silencio... Había llegado el momento: sin dejar de escrutarme, la mujer adelantó el resto de su cuerpo, acelerando sus pasos un poco a través de la avenida y evitando con precisión la envestida de la camioneta, que casi destruyera el momento. Pudieron oírse gritos de terror en las aceras, mientras las palpitaciones aumentaban en mi pecho, a unos cuantos metros de aquel creciente rostro. El peligro se había extraviado para los observadores numerosos, pero no para el reflejo.

De repente la gente comenzaba a dispersarse murmurando algo acerca del momento... Comprendí que era yo de quien hablaban ellos en silencio, que estaba de pie otra vez sobre la misma acera, mientras la desconocida mujer de ojos siniestros me miraba detenidamente desde la otra acera... Los vehículos avanzaban en el camino con intermitencia...
Arturo10 de agosto de 2016

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