La Real Orden de Las Perdularias 28
Me recosté en mis almohadas bordadas y me recubrí del amoroso contacto del edredón. Supongo que tendría que ver con mi inseguridad el que buscase siempre estar rodeada de las cosas que me daban confianza y que me hacían sentirme en mi casa. Miré la foto de Alexander encima de mi mesita de noche. Nunca me iba a dormir sin mirarla, era casi como mirarle a él a los ojos. Pero no sé por qué esta noche mirarle no me daba la calma acostumbrada. Intenté leer un rato pero estaba demasiado cansada y al final desistí. Lo mejor que podía hacer era intentar dormir para estar bien mañana. Tenía mucho trabajo esperándome en mi mesa de despacho, y pocas ganas de hacerlo. Si quería ser sincera conmigo misma, tendría que confesarme que el mundo del Derecho nunca me había gustado, pero para suerte o desgracia mía era lo único que sabía hacer y tenía que comer tres veces al día.
La tarde del martes la dediqué, apenas salí de trabajar, a hacer algo que detestaba, pero que era necesario: ir al supermercado y llenar la nevera. Mi hija iba a venir con su novio y pasaría en mi casa tres días; así que necesitaba provisiones y me enfrenté a la tediosa tarea de llenar el carrito con todo lo necesario. Mi hija no comía carne, al igual que yo, pero su novio si devoraba un chuletón de medio kilo sin que se le moviesen las pestañas. Compré mucha fruta y verdura y todo lo necesario para hacer galletas de avena y coco; a Irina siempre le habían encantado. Tenía ganas de verla; pero al mismo tiempo me daba miedo. Desde que me había separado de su padre algo se había roto entre nosotras. Nunca me había hecho un reproche claro, pero si que se había quejado de mi conducta con su abuela e incluso con su hermano. Me culpaba de haber roto la familia, y yo ya me había resignado a cargar con una culpa que realmente no me pesaba como tal. Había hecho lo que quería y creo que también lo que debía hacer. Siempre consideré estúpido y cobarde seguir con una situación artificial cuando ya los sentimientos no existen. Ahora mismo no podía hacer otra cosa que confiar en que Irina recapacitaría algún día y se daría cuenta de que las parejas y los matrimonios se rompen, pero el ligamento que une a una madre con sus hijos es una condena a perpetuidad y no desaparece ni con la muerte.
En precario equilibrio conseguí llevar mi carro hasta el aparcamiento y cuando ya tenía toda la compra colocada en el maletero, me volví asustada al ver que alguien me tocaba e hombro.
-Vaya, Madre Abadesa, tú también comes.
-¿Por qué me pegas esos sustos, bobaina?
Era Sara Patricia, que había aparcado en la plaza que estaba al lado de la mía.
-¿Nos tomamos un café? Lo necesito para enfrentarme a la tarea de comprar. El pasillo de los detergentes me deprime mucho-me dijo sonriendo.
-Venga, vamos, pero rápido, que llevo cosas congeladas.
Fuimos del brazo hasta la cafetería y ante sendos capuchinos empezamos a hablar a la vez, y también a la vez nos echamos a reír.
-Tú primero-me ofreció.
-No, venga, tú me has encontrado. Dispara, se te ve ansiosa.
-Pues sí, he de confesar que estaba deseando hablar contigo a solas. ¿Sabes lo de Laura?
-Sí, incluso he conocido a Mateo. Vinieron el domingo a mi casa y me lo presentó. Parece buen chico.
-No puede contarte nada de su enfermedad. Es secreto profesional-me avisó, con aire ofendido.
Me eché a reír en su cara.
-No seas patética. ¿De dónde sacas que yo quisiera interrogarte? Ya sé que es tu paciente y no puedes decir nada. Además, yo no soy la madre de Laura. Ya es mayorcita.
Se sintió como desengañada. Pienso que se había preparado concienzudamente para la pelea, para negarse a mis requerimientos, y como no le preguntaba, ahora se sentía ofendida.
-Ese alemán te ha dado algo que te ha trastornado. Esta no es mi Guiomar. La mía, la de siempre, me estaría amenazando con mil torturas si no le contaba con pelos y señales los traumas del muchacho.
-Pues siento desilusionarte. Hablé con él y me parece buena persona. Se nota que quiere a Laura y al menos no tiene cerdos ni gallinas; creo que trabaja en un estudio de arquitectura, así que de ésta de la mierda nos libramos.
Las dos nos echamos a reír.
-¿Y tú estás bien?-me preguntó.
Me encogí de hombros.
-Si, supongo. Como siempre.
-Pues pareces preocupada.
Suspiré. Desde pequeña tenía el hábito de preocuparme y cuando no encontraba problemas, me los inventaba. Pero ahora no era necesario inventar nada; tenía unos cuantos en bandeja.
-Bueno, no es el fin del mundo. Pero el domingo vi algo que me dejó muy preocupada. Y no se qué debo o qué puedo hacer.
20 comentarios
Uy uy que le va a acontar lo del Domingo....Bueno, como siempre encantada por el capitulo. Saludos
Jajaja, "devoraba un chuletón de medio kilo sin que se le moviesen las pestañas", tienes unos puntos muy buenos, Beth.
Qué pena que se haya acabado cuando iba a soltar la bomba. A esperar el próximo fascículo.
Un abrazo.
Haces bien, siempre cortas invitando al siguiente capítulo. Lo seguiré. Saludos
Perdona que no te comente, pero soy más de tus poesías que de tus relatos, creo que la poesía siempre nos muestra más intimos. Pienso que el relato por capítulos encadena al lector, a un comentario del que siempre he huido, aunque habiendo leído este, he de reconocer que no me importaría leer todo lo anterior y lo que ha de venir. Veo, que te mueves como pez en el agua, en la novela.
Un saludo Beth.
¿Te refieres a la canción de Sandie Shaw y sus marionetas del amor?
Un saludo.
Efectivamente, era la que cantaba descalza, yo sólo la he conocido al introducirme en la historia, yo no soy de su época. Pero la historia me resulta tremendamente interesante, aunque es algo que está condenado al olvido, últimamente.
Un salud, Beth.
Beth ahora que he sacado un ratito para leerte me dejas en lo mejor. Otra vez a esperar la continuación.
Al contrario de mi paisano Voltereta yo soy mas de relatos que de poemas. Aunque aquí estoy descubriendo que la mayoría de las veces se dice mas en un verso que en todo un tomo de páginas.
En fin que me voy por las ramas, que te espero con el nº 29.
Besos.
¿Qué podía yo arreglar si mi vida era un completo fracaso? En el fondo yo era un poco como la señora Francis de la que había hablado con Laura; me disfrazaba de un personaje que no era yo. ¡Y es tan cansado disfrazarse de fortaleza cuando no se tiene!
Mi querida Beth, ya sabes ...Sacar fuerzas de flaqueza, aunque para ello haya que representar un papel. Dicen de los actores que repìten mucho el mismo papel que llegan a identificarse con él.
Interpretemos, pues.
Un beso.
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Esperaré ansiosa la continuación.