La Real Orden de Las Perdularias 33
Me estaba peinando y ya haba enchufado el secador de pelo cuando el telfono volvi a sonar. Esta vez si contest, ya no tena excusa. Me sorprendi or la voz de Alexander.
-Te he llamado antes-me dijo, sin saludar siquiera. Me sorprend. l era la educacin y la cortesa hecha persona, hasta tal punto de que a veces me agobiaban sus buenos modales de colegio de pago.
-Lo siento. Estaba dndome un bao. Buenas noches-le dije, recalcando el saludo, para que se diese cuenta de que me senta molesta.
No poda verle, pero estaba segura de que en ese momento sonrea con algo de irona. Siempre se quejaba de que yo era muy gruona y que me gustaba usar la irona para ponerle en su sitio.
-Perdname-dijo en voz baja. Y no solo por haberme saltado el saludo.
-Por qu ms debo perdonarte?
Confieso que tantas disculpas me sonaban raras. Cuando un hombre pide perdn sin que se sepa por qumal asunto. O sera que llegaba de casa de mi amiga con la susceptibilidad por las nubes?
-Porque he estado muy desagradable durante estos ltimos das. Y ni te lo mereces ni tienes culpa de mi mal humor.
-No hay nada qu perdonar. Todos pasamos por momentos malos de vez en cuando.
Pero no me poda negar a m misma que senta cierto placer en escuchar como se disculpaba y en aceptar yo sus disculpas con fingida benevolencia, ya que en el fondo pensaba que s tena motivos para pedirme perdn, y muchosPero no era cosa de descubrir todas mis cartas. Estaba bien jugar un poco al ratn y al gato. Yo era la gata, por supuesto, y lun miserable roedor.
Los dos nos quedamos callados, yo porque ya no saba qu decirle y estaba a la expectativa; tan seguro como que me iba a morir que me llamaba para algo ms que para pedirme perdn; y l porque supongo que no saba muy bien cmo seguir. O un carraspeo al otro lado de la lnea y me permit sentir compasin. Sera escritor, pero lo que es locuacidadmuy poca.
-Y bien, qu me cuentas? Cmo estn tus hijos?
Decid ser yo quien rompiese el hielo. No habamos hablado de sus mellizos desde el da en que me confes que existan.
-Estn muy bien, gracias por preguntarme. El caso es que-se detuvo, como cogiendo aire. Confieso que estaba gozando un poco al ver sus titubeos. En vez de cincuenta aos pareca tener quince.
-Qu, Alexander? Habla, qu es lo que pasa?
-Quiero que les conozcas. Podras venir a mi casa este fin de semana?
-A tu casa?-repet, estpidamente, como para ganar tiempo.
-Ya, ya s que no te apetece y preferiras terreno neutral; pero no me parece buena idea sacar a los nios de su medio. Quiero que todo vaya bien y cuanto ms rutinario sea, mejor.
Solt una carcajada que encubra bajo una ptina de despreocupacin y humor el miedo que me atenazaba.
-Bueno, si t piensas que es rutinario que Pap de repente les presente a una seora comopor cierto, quin les vas a decir que soy?
-Pues les dir la verdad, que eres mi novia, que te quiero.
-Ah, es que somos novios? Perdona que me ra, esa palabra pasados los treinta aos me resulta de un ridculo
-Qu debo decirles entonces, seora Sabelotodo?
-Pues no lo s. Da igual, la palabra es lo de menos-reconoc.
-Vas a venir?
Me detuve, haba estado caminando por toda la casa como una posesa mientras hablaba con l; pero los paseos no pondran fin al pnico que se me haba instalado en el pecho.
-El caso es que mi hija llega maana, estar en mi casa hasta el viernes por la maana, con su novio. Luego se va a pasar el fin de semana con su padre.
-Entonces est libre. Cul es el problema?-me urgi.
-El problema es que me da pnico conocer a tus hijos.
Silencio al otro lado de la lnea. Al fin habl y su voz me sonaba dolida
-Puedo entenderlo, mi Guiomar. Pero, son mis hijos, no puedo dejarlos al margen.
-Me has entendido mal. No quiero que les dejes al margen, ni cambia mi amor por ti que tengas hijos. Pero no puedo evitar sentir miedo. Los nios y los animales no admiten componendas, querido. Si les gustas, te lo hacen saber, lo demuestrany si no les gustas, con ms rapidez todava.
-Les gustars. Se enamorarn de ti, como le ha pasado a su padre.
A mi me gustara estar tan segura. Pero no quise derribar sus esperanzas ni tampoco preocuparme ms. Nos despedimos despus de ultimar algunos detalles.
Suspir profundamente a colgar. No poda decir que faltasen emociones en mi vida. Maana llegaba Irina con su novio y sin tiempo a recuperarme me tocaba conocer a dos nios de ocho aos que seguramente me veran como la madrastra mala del cuento. Nios de los que no conoca ni su nombre. Muy tpico de Alexander, ni siquiera darme ese dato. Para relajarme decid hacer un pastel de zanahoria; era uno de los favoritos de mi hija.
9 comentarios
Bueno!! creo que la amiga Creatividad lo ha expresado muy bien
un abrazo
Antonio
Fascina tu habilidad para seguir con estas Perdularias...que siempre llaman mi atención. Gracias por tu comentario. Creo que es momento de escribir sobre este mundo, y como bien dices...algo se desencaja de una realidad que nos llega a paralizar. Un gran saludo.
Vamos, mis fines de semana no prometen ni una millonésima parte de los de Guiomar. Vaya trago se le avecina, esperemos que los mellizos no estén asilvestrados. Siempre es un placer, Beth.
Desde luego no faltan emociones en su vida, no. Yo me quejo de mi vida, pero lo de esta mujer, es casi peor.
Una pregunta indiscreta, tienes ya pensado el final, o te pasa como a mi que tu mano escribe prácticamente a su aire?
Un beso Beth.
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Valla capitulo otra vez, tan rico en detalles y pensamientos. Cuando te leo, jamas se me hace largo..podria seguir con el ritmo tan interesante que le inyectas. Me encanta esta novela amiga beth. Eres increible como autora. Saludito, y como le he dicho a Asun no estoy al dia en general ya que no tengo tanto tiempo pero tu Perdularias....eso, no me lo puedo perder! Un beso.