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La Real Orden de Las Perdularias 37

Él guardó silencio, aunque no me parece que le convenciese, pero al menos sirvió para que pudiésemos desayunar tranquilos. Rodolfo, que se sentaba a mi lado, me apretó la mano por debajo de la mesa y me ofreció a hurtadillas una sonrisa a la que no sé si por suerte o por desgracia, empezaba a hacerme adicta. Correspondí a las dos cosas, a su sonrisa y a su apretón, y saboreé mi zumo de naranja. Flavia me miró con los ojos entornados, aunque advertí un brillo en su mirada que antes no había. Quizá estaba sopesando si esta señora tan vieja y tan fea era también mala. Le sonreí por encima de mi taza de café, y volvió la mirada hacia la ventana, que parecía atraerla irremediablemente.
Cuando acabamos de desayunar cada niño llevó el menaje que había usado al fregadero, lo enjuagó y lo metió en el lavaplatos. Funcionaban el padre y los hijos como el engranaje de una máquina bien engrasada y no podía menos que admirar tanta exactitud. Bastó un gesto de Alexander para que ambos se marchasen a sus respectivos cuartos, supongo que a vestirse adecuadamente.
-Gracias-me dijo cuando nos quedamos solos.
-¿Por qué?
-No me tomes por bobo-me dijo sonriendo. Sé que tú no le has dado permiso a que se pinte como una puerta. No creas que no me he fijado en que se ha esforzado en hacerte la vida imposible desde que llegaste.
No le contesté. Había dado por hecho que aunque lo hubiese visto, porque era muy observador y lo veía todo, se callaría. Al fin y al cabo, se trataba de su hija, y era una niña.
-Por eso te doy las gracias-me repitió, besándome la nariz. Por tu paciencia y porque en pocas horas has enamorado a Rodolfo. Y lo mismo harás con Flavia, aunque te cueste más. Es que se parece a mi madre-me confió.
-Nunca me has hablado de ella.
-¿De mi madre?
-Si. Bueno, en realidad tú nunca me hablas de tu vida pasada.
-Y tú no me preguntas.
-No, Alex, no lo hago. No tengo esa mala costumbre. Yo te lo he contado todo de mi vida, y si tú no lo has hecho será porque no quieres que la conozca.
Se encogió de hombros y sentí de repente como si una barrera invisible nos separase.
-Hablas como si tuviese algo que ocultar. Y no es así.
-No quiero decir eso-rechacé con un gesto de la mano. Simplemente…eres tan callado a veces que me da la sensación de que te molesta mi presencia. Y como odio el rechazo, simplemente no hago preguntas.
Estaba dicho, había pronunciado esas palabras en voz alta y ya no podía retirarlas. Ambos nos quedamos mirándonos fijamente. Sin apenas darnos cuenta nos habíamos ido separando paulatinamente al hablar y ahora yo estaba al lado del lavaplatos y él cerca de la mesa, limpiándola de migas. Me di la vuelta, fingiendo que tenía que colocar algo para que no viese las lágrimas que se me agolpaban en los ojos. En ocasiones las personas calladas, las que nunca se enfadan y son comedidas y correctas en todo momento pueden hacernos sentir como alguien que ha llegado a tomar el té sin que le hayan invitado.
Los dos intentamos simular que esa conversación no había tenido lugar y pasamos, mal que bien, el fin de semana. No conseguí que Flavia se abriese a mí, pero si que cuando fueron al aeropuerto a despedirme me dedicase una media sonrisa cuando traspasé la puerta de embarque. Alexander y yo nos habíamos despedido antes y nos limitamos a un beso formal en la mejilla. La despedida más cálida fue la de Rodolfo, quien sin pudor ni rubor alguno se me colgó del cuello y me dio un montón de besos mezclados con lágrimas; que se mezclaron con las mías. Me marché con una sensación agridulce. Había entrado un poco más su vida, pero me quedaba mucho por hacer. Y no sabía si tendría fuerzas ni ganas para seguir esforzándome.

Empecé la semana desanimada y vacía. Tenía la sensación, en mi relación con Alexander, de estar enterrada en arenas movedizas. Por más que ansiaba la seguridad y la calma, y aunque él hacía lo posible por dármelas de la manera en que podía hacerlo; yo sentía irremediablemente que había una parte de él oscura e insondable a la que nunca me permitiría llegar. Se parecía a una ostra, y así se cerraba en ocasiones. Hubiese preferido alguien que me pusiese límites claros, diciendo de viva voz a dónde podía o no podía llegar. Él no haría eso, lo consideraría de mala educación, poco caballeroso. Aparentemente me abría todas las puertas de su vida y de su casa, me daba las llaves y me dejaba que me aposentase. Pero en este castillo que me ofrecía había muchas habitaciones sin acceso, rincones apartados de su alma a los que yo nunca podría llegar. Consideraba más fácil conseguir el cariño de la díscola Flavia que lograr que su padre me amase sin reservas, o como yo deseaba que me amase. Lo hacía en la manera en que podía y era capaz; por más que eso no fuese suficiente para mí. Mientras hacía el camino de vuelta a casa desde la oficina iba pensando en eso y qué alternativas tenía. Más bien se reducían a dos: seguir delante de esta manera y aceptar que lo que ahora me daba era cuánto me podía dar, o dejarle a un lado y retomar mi vida en el momento y lugar en que se había quedado al conocerle. Bien sabía yo, sin embargo, que aunque la vida es posible rehacerla, no se puede retomarla, porque es imposible recorrer dos veces el mismo camino. Maldito Heráclito, y cuánta razón tenía; todo fluye; y no sé si para bien.
Abrí la puerta de mi casa, lamentándome y compadeciéndome a mí misma, mientras dejaba las llaves encima del velador de la entrada y me sacaba el abrigo, que ni siquiera me molesté en colgar, sino que tiré encima de la butaca de la sala. Iba a seguir llorando un poco por mí misma y mi patética vida cuando sonó el timbre de la puerta. Atisbé por la mirilla; era Leo. Estas chicas…nunca se acostumbrarían a llamar antes de venir. Pensaban que mi casa era la puerta de un convento, siempre abierta. Se habían tomado lo de Madre Abadesa muy en serio.
Beth21 de julio de 2012

6 Comentarios

  • Kafkizoid1

    Hola Beth.

    Me encanta esta historia, es preciosa. Me haces viajar en mar de emociones. ¡Te admiro!

    Un abrazo y gracias por compartir. :)

    22/07/12 07:07

  • Beth

    Muchas gracias por la paciencia de haberlo leído.Por favor,no me admires, no hay nada en mi de loable y si muchas toneladas de bobadas entremezcladas con una imaginación algo calenturienta. Un abrazo para ti también

    22/07/12 07:07

  • Kc

    Siempre lo he idcho es un placer visitarte quedarme aqui en tu casita tan llena de cariño y amor.
    Besos y abrazos amiga querida

    22/07/12 09:07

  • Beth

    Mi querida Karla, ¿Sabes? No estoy pasando, por diversos motivos, mis mejores momentos, pero tu presencia y tu cariño siempre vienen a aliviarme un poco y me dicen que la vida, a pesar de todo, es bella y está llena de personas adorables como tú. Un beso enorme y muchas, muchísimas gracias

    22/07/12 09:07

  • Creatividad

    Bueno, la ternura de esta relacion se entremezcla con la frescura de tus relatos y la improvisacion siempre de tus perdularias en los momentos mas oportunos! besitos ( he estado muy liada estos dias y casi no entro, pero esto no me lo pierdo claro.) besos.

    24/07/12 10:07

  • Beth

    Gracias por hacerme un espacio en tu agenda, Creatividad. Un beso

    24/07/12 10:07

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