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Corazón Sin Corona

Ariana se sienta semidesnuda al perfil de la cama y observa entre su piel casi traslúcida sus venas de colores. Se recalca entre sonidos de grillos tristes y palomillas entusiastas que un día jamás se repite, ni con un dejavú, ni con brujería.

Después viene un halo de profunda soledad y un trago de té endulzado con miel imaginaria. Palpita entre sus oídos una pregunta lúgubre y ágil: ¿Cuándo será el último día o la última noche?

Se levanta con esos hermosos soportes inferiores de divina piel y preciosa carne, mueve las caderas al ritmo del paso mañanero y se deprime entre la alfombra tibia y los mosaicos fríos.

Observa, suspira y regresa a la orilla de su colchón. Sabe que vive envenenada de lujuria y amnistía, puesto que perdona las bajezas de quien carga más furia en su alma.

Se cepilla su pelo lacio, caído y sin olas, negro y brillante, para después clavarse una estaca mental que siempre vocifera sin versos ni cuidados pasionales, que si la vida no es nada, pues menos que nada es ella para la vida.

-"Dignidad, hija... dignidad" - dijeron sus padres al abandonarla en esa laguna azul marino de plena soledad y huecos sin fin.

Mientras Ariana divaga, come, hace el amor, duerme y vuelve a ver las venas de sus piernas.
Bierrodot09 de enero de 2024

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