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La Inocencia Murió 29 de julio de 2013
por croway
La inocencia murió. Con ella las esperanzas e ilusiones, la alegría por la vida que tanto tenía que ofrecer.
Un gran valle se extendía por kilómetros. La hierba brillaba por el rocío temprano. El sol recién nacido bañaba el río con destellos dorados. Grandes árboles, de hojas rosas, verdes e incluso azules crecían por todas partes, algunos tan altos como montañas, otros tan pequeños como arbustos.
En algunas zonas crecían flores tan blancas como la pureza, en otras partes florecían tan rojas como el fuego.
Valle colorado no era uno de los lugares más visitados, pero sí el más mágico.
Luna dormía bajo un pequeño árbol pegado al río mientras los ghagals, unos enormes pájaros dorados, cantaban para el amanecer. Una pequeña brisa meció su pelo anaranjado y acarició su blanca piel.
Empezaron a caer hojas azules, tantas como estrellas en el cielo de una tranquila noche.
El sentir de todas esas hojas cayendo sobre su pelo la despertó. Abrió unos grandes ojos, azules como pequeños océanos, y respiró profundamente el perfume que desprendían aquellas hojas, suave como el algodón.
Se levantó tranquilamente, con los parpados medio cerrados, y miró el río. Su agua era transparente y en ella nadaban pequeños peces naranjas con grandes colas plateadas.
Se quitó delicadamente el vestido rojo que llevaba y lo dejo bajo el árbol. Primero metió un pie, luego el otro. Con cuidado fue caminando hasta el lugar más profundo, con pasos lentos y agiles. El agua estaba helada, tan fría como el invierno, pero daba igual.
Cuando pudo metió la cabeza bajo el agua, haciendo que sus mechones de pelo rojo bailaran como llamas de fuego al jugar con el viento.
Al cabo de un rato salió del agua, se vistió y comenzó a andar por un camino de tierra blanca.
Se paró delante de un árbol enorme. El tronco era extremadamente blanco y sus hojas eran rojas como la sangre.
La pequeña dio cinco golpes en el cuerpo de aquel enorme ser viviente. Miró a los lados y luego hacía arriba, pero todo seguía demasiado tranquilo. Luna se apoyó en el árbol y esperó a que sucediera algo. En ese momento explotó algo junto a ella, levantado polvo de todo tipo de colores. Entre todo aquel caos multicolor apareció la silueta de un pequeño hombre, no más alto que ella, con una enorme barba amarilla que le llegaba hasta las rodillas.
Llevaba otro vestido, pero de color marrón, tan largo que incluso tocaba la hierba.
-Buen sol, Luna- Dijo el anciano acercándose a ella y poniendo una callosa mano en su cabeza.
-Buen sol, ciprés.
-Veo que eres puntual, ni un minuto más ni un minuto menos.
El día anterior se había encontrado con el anciano señor en la orilla del río, mientras buscaba flores para el desayuno. Hablaron durante horas y decidieron quedar a la misma hora la mañana siguiente.
-Claro, señor- Dijo Luna con una sonrisa en los rojos labios- No he podido dejar de pensar en este momento.
-Yo también tenía muchas ganas de verte, eres la primera persona que veo por este valle. Bueno, ¿Qué te parece si damos un paseo?
Los dos caminaron hablando sobre toda la clase de árboles que había en aquel valle y de los raros que eran los animales.
-Tal vez tú seas la rara en este lugar, ¿No crees?
Llegaron a una parte bastante alejada del río. Allí la hierba había sido remplazada por grandes flores de color lila. Algunos troncos caídos parecían bañarse en aquel mar de flores y decidieron sentarse en uno de ellos
-Ayer me dijiste que tenías muchas preguntas, más de las que te gustaría- El anciano miro a Luna con ojos esmeralda casi cubiertos por sus espesas cejas.
-Bueno…sí, pero creo que te parecerán algo raras- La timidez se dejó ver sus ojos.
-Entonces mejor, así yo podré darte respuestas incluso más raras.
Luna sonrió y se acomodó en el tronco.
-Ciprés, no sé cómo decirte esto. Todo me parece desconocido. Sigo sintiendo que no soy de donde me dices. Como si no fuera mi sitio.
-¿Por qué dices eso, pequeña?- Lo dijo con una sonrisa en los labios, pero ya se temía la respuesta.
-No sé, a veces sueño cosas raras. Veo grandes edificios y escarabajos de metal nadando por ríos negros como el carbón. Allí todo es gris. Todas las personas lloran, no paran de hacerlo. Van de un sitio para otro sin descanso, como si les fuera la vida en ello. Por las noches todos se reúnen y escuchan sonidos más fuertes incluso que mil ghagals cantado a la vez con todas sus fuerzas. Toman vasos de algún tipo de zumo, uno tras otro, no paran hasta que acaban tirados por el suelo. Parecen divertirse, pero luego llegan a su hogar y vuelven a llorar, pero con más sufrimiento que antes. Se pasan la vida buscando algo. Creo que quieren sentirse felices, pero nunca lo consiguen.
Hizo una pausa mientras miraba al vació pensativa-
-¿De verdad soy yo de allí? Me cuesta mucho creerlo, ciprés.
-¿Y por qué crees que no eres hija de aquel lugar?- Dijo el anciano inclinándose para oír la respuesta.
- Porque yo soy feliz.

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