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Tan Sólo una Velita para El Negrito Del Pastoreo

Eran las diez de la mañana, y a treinta minutos de vencer el plazo de entrega, yo seguía frente a la computadora, mirando y volviendo a mirar el mismo borrador. Buscando como atropellada en las páginas de los libros desparramados o en algún cuaderno de apuntes, alguna nota, cita, pensamiento o idea que mágicamente me inspirara y resolviera las páginas que me restaba escribir. Estaba estresada. Generalmente me estreso por este tipo de cosas que no le importan a nadie más que a mí. Pero ahora ni a mi me importaba. Se trataba de la entrega de una ponencia, para decir lo que todo el mundo dice, para nombrar autores y teorías que no tienen nada que ver con mi vida ni conmigo, y que tampoco harán una diferencia ni contribuirán a cambiar alguna cosa en el mundo...Pero me había comprometido.

A la presión por la entrega, a mis pocas ganas, al enojo por haberme metido en esto que me consumía las energías y el buen humor, que me provocaba dolor de espaldas, gastritis, etc. En fin, a esto se le sumaba el tener que soportar a mi obsesivo compañero al que tenía todos los días encima taladrándome el cerebro.

Ya de muy muy mal humor, decido tirarme las cartas de tarot buscando algún consejo que me ayudara a concentrar y a tranquilizarme. Cuando las veo me doy cuenta de que faltaba algo, y así era. Faltaba la carta del caballero de copas. Con la ira contenida, a punto de desencadenarse, le pregunto a mi madre si había visto por casualidad esa carta, y ella, que me conoce tan bien y que ha aprendido con los años a lidiar con la bestia histérica que a veces me domina, muy cautelosamente me dice: Vamos a prenderle una vela al negrito del pastoreo a ver si la encuentra. Yo repito riéndome el negrito del pastoreo, pero la acompaño. Ella prende la vela y la coloca en el piso, yo me siento y empiezo a pensar en esa leyenda del negrito, siempre tan presente en mi familia. Dicen que es original de Brasil y que los uruguayos se la robaron. Similar a la historia de mi familia materna... Según contaba mi abuela Elvira, mi tatara tatara abuelo se robó una negra esclava de Brasil y se la trajo a caballo para la campaña uruguaya. A Artigas concretamente. Miles de veces había escuchado a mi abuela contar esa historia con su portuñol mezclado con la jerga del campo. Enseguida la recordé diciéndome: avisáme cuando hirvan los fedeios, mientras hilaba pacientemente el crochet, anudando punto a punto alguna carpetita para alguna mesa de luz, y de fondo, o siempre rondando, mi abuelo...Recordé nítidamente el sonido de su boca sorbiendo la leche con membrillo. Sólo de verlo o escucharlo me daban tremendas ganas de tomar de su tazón. Cuando lo probaba era horrible, pero que te daban ganas, te daban. Tenía una forma especial de provocarme hambre. Comía con tanta entrega, dedicación y afán, que verlo comer era como presenciar un acto casi sexual. La manera en que miraba su comida, cómo la saboreaba y hasta cómo la tomaba en sus manos, estaban cargadas de un erotismo brutal. Con su tazón y su radio, sentado a la sombra, en su silla, parecía El Emperador, no necesitaba nada más.

Pequeños, chiquitos, domésticos recuerdos empezaron a aparecer...el olor a la paratropina de la abuela, cómo distnguía toda clase de yuyos en lo que para mí era una cantidad de pasto verde, su panza redonda que inspiraba tocarla o recostarse...Fragmentos mínimos, diminutos gestos, que parecen insignificantes pero que son los que al fin de cuentas amamos y extrañamos. Recuerdos que habían aparecido con cierta serenidad, con la serenidad que trae la plenitud de disfrutar cada momento, cada detalle modesto. Y el negrito me había traído esos recuerdos. Eso y al caballero de copas, con el recuerdo de mis abuelos.

Por eso es que creo y doy fe en que, como dice la canción: cuando se pierde, desde un alfiler hasta un beso, se le promete una luz y él lo encuentra en el momento. Tiene que ser un cabito, tiene que arder en el suelo, porque es muy humilde el ánima del negrito del pastoreo.

Dondehabitalabestia25 de julio de 2016

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