Juan Carlos- Valle Alto, Capitulo 1.
*Capítulo 1 — Valle Alto*
Juan Carlos nació en Valle Alto con una enfermedad que los médicos no supieron nombrar bien. Decían que era "algo en los huesos", "algo en los músculos", y le daban pastillas que lo hacían dormir más de lo normal. Él aprendió a vivir con eso sin preguntar mucho. Caminaba más lento que los demás niños, se cansaba rápido, pero jugaba igual.
Su niñez transcurrió entre Tierras del Norte, donde vivía con sus abuelos paternos, y Valle Alto, donde estaban sus padres. Iba y venía según la época del año, según quién podía cuidarlo mejor. En Tierras del Norte había más espacio, más tierra, menos gente mirándolo. En Valle Alto había escuela, había doctores cerca, había reglas.
Fue en Valle Alto donde conoció a Alexa.
Ella tenía el pelo colocho y una forma de reírse que hacía que los demás niños se callaran. No era la más bonita del grado, pero era la que más se notaba. Cuando los niños se burlaban de Juan Carlos por caminar raro, ella se les plantaba enfrente y les decía que se callaran. No pedía permiso. Lo hacía porque sí.
Se hicieron amigos sin hablarlo. Él la esperaba a la salida de clases, ella le guardaba un asiento en el bus. A veces se sentaban en la acera a comer mango verde con sal, y ella le contaba cosas de su casa que él no entendía del todo. Tenía un hermano mayor que había tenido un accidente. Estaba en estado vegetal desde hacía años. Su mamá lo cuidaba día y noche, y su papá trabajaba en dos turnos para pagar las cuentas.
Alexa nunca se quejaba. Solo decía "mi hermano está así y ya", como si fuera un mueble más de la casa.
Juan Carlos la admiraba por eso. Él también tenía su enfermedad, pero la de él no se veía tanto. La de su hermano se veía en todo: en la silla de ruedas, en la sonda, en el silencio de la casa.
Pasaron los años de primaria así. Él yendo y viniendo entre Tierras del Norte y Valle Alto, ella quedándose siempre en el mismo lugar, cuidando a su hermano cuando su mamá no podía. A los 14 años, Juan Carlos ya sabía que no iba a ser como los demás. No iba a correr, no iba a jugar fútbol, no iba a tener la energía que tenían sus compañeros. Pero tampoco se sentía menos. Solo diferente.
Alexa sí se sentía menos. No lo decía, pero él lo notaba en la forma en que miraba a las otras niñas del grado que tenían ropa nueva, que iban a fiestas, que hablaban de novios. Ella nunca hablaba de eso. Su vida era la escuela, la casa y su hermano.
Una tarde, cuando tenían 15 años, Juan Carlos fue a buscarla a su casa. La mamá de Alexa abrió la puerta con los ojos rojos. Le dijo que Alexa no estaba, que se había ido al hospital con su hermano porque había empeorado. Juan Carlos se quedó parado en la puerta sin saber qué decir. La señora le dio las gracias por preguntar y cerró.
Volvió al día siguiente. Y al siguiente. La mamá de Alexa siempre le decía lo mismo: "está en el hospital". A la semana, dejó de ir.
Dos meses después, se enteró por una vecina que Alexa había muerto. No de enfermedad, no de accidente. Murió de cansancio. Así lo dijo la vecina: "esa muchachita se murió de tanto cuidar a su hermano". Tenía 15 años.
Juan Carlos no fue al velorio. No supo qué ponerse, qué decir, cómo mirar a la mamá de Alexa a los ojos. Se quedó en su cuarto en Tierras del Norte, mirando el techo, pensando en el pelo colocho de Alexa y en la forma en que se reía.
Su abuelo entró al cuarto y se sentó en la cama sin decir nada. Le puso la mano en el hombro y se quedó ahí un rato. Después salió. Fue lo único que alguien hizo por él esos días.
El hermano de Alexa murió tres semanas después. Juan Carlos se enteró por el periódico local. Una nota pequeña en la página 7: "Fallece joven tras años en estado vegetal". No mencionaban a Alexa.
Juan Carlos guardó el recorte en un libro de matemáticas que nunca volvió a abrir.
Ese año terminó la escuela y sus padres decidieron que era hora de que se fuera a la capital a estudiar. Decían que allá había mejores doctores, mejores oportunidades, que ya estaba grande para seguir yendo y viniendo entre Tierras del Norte y Valle Alto.
Él no quería irse. Pero tampoco discutió.
Empacó su ropa en una maleta vieja que había sido de su papá. Metió el libro de matemáticas con el recorte adentro. Se despidió de sus abuelos en Tierras del Norte. Su abuelo le dio un abrazo largo y le dijo "cuídate, mijo". Su abuela lloró en silencio mientras le planchaba las camisas.
El bus salió a las seis de la mañana. Juan Carlos se sentó junto a la ventana y miró cómo Valle Alto se iba haciendo pequeño. Pensó en Alexa, en su pelo colocho, en su hermano, en la forma en que ella nunca se quejaba.
Pensó que tal vez él tampoco debía quejarse.
Llegó a la capital a mediodía. El aire olía diferente, a humo y a comida de la calle. La gente caminaba rápido, como si siempre llegara tarde a algún lado. Él caminaba lento, como siempre, con la maleta golpeándole la pierna a cada paso.
Sus padres lo esperaban en la terminal. Su mamá lo abrazó fuerte y le dijo que todo iba a estar bien. Su papá le cargó la maleta y le preguntó si tenía hambre.
Juan Carlos dijo que sí.
Caminaron hacia la salida. Afuera, la capital los esperaba con su ruido, su prisa y sus edificios altos. Él no sabía que ahí conocería a otra chica que cambiaría su vida, ni que años después diría que no a una propuesta que le habría dado una familia.
Solo sabía que Alexa estaba muerta, que su hermano también, y que él estaba vivo.
Fin del Capítulo 1
Juan Carlos nació en Valle Alto con una enfermedad que los médicos no supieron nombrar bien. Decían que era "algo en los huesos", "algo en los músculos", y le daban pastillas que lo hacían dormir más de lo normal. Él aprendió a vivir con eso sin preguntar mucho. Caminaba más lento que los demás niños, se cansaba rápido, pero jugaba igual.
Su niñez transcurrió entre Tierras del Norte, donde vivía con sus abuelos paternos, y Valle Alto, donde estaban sus padres. Iba y venía según la época del año, según quién podía cuidarlo mejor. En Tierras del Norte había más espacio, más tierra, menos gente mirándolo. En Valle Alto había escuela, había doctores cerca, había reglas.
Fue en Valle Alto donde conoció a Alexa.
Ella tenía el pelo colocho y una forma de reírse que hacía que los demás niños se callaran. No era la más bonita del grado, pero era la que más se notaba. Cuando los niños se burlaban de Juan Carlos por caminar raro, ella se les plantaba enfrente y les decía que se callaran. No pedía permiso. Lo hacía porque sí.
Se hicieron amigos sin hablarlo. Él la esperaba a la salida de clases, ella le guardaba un asiento en el bus. A veces se sentaban en la acera a comer mango verde con sal, y ella le contaba cosas de su casa que él no entendía del todo. Tenía un hermano mayor que había tenido un accidente. Estaba en estado vegetal desde hacía años. Su mamá lo cuidaba día y noche, y su papá trabajaba en dos turnos para pagar las cuentas.
Alexa nunca se quejaba. Solo decía "mi hermano está así y ya", como si fuera un mueble más de la casa.
Juan Carlos la admiraba por eso. Él también tenía su enfermedad, pero la de él no se veía tanto. La de su hermano se veía en todo: en la silla de ruedas, en la sonda, en el silencio de la casa.
Pasaron los años de primaria así. Él yendo y viniendo entre Tierras del Norte y Valle Alto, ella quedándose siempre en el mismo lugar, cuidando a su hermano cuando su mamá no podía. A los 14 años, Juan Carlos ya sabía que no iba a ser como los demás. No iba a correr, no iba a jugar fútbol, no iba a tener la energía que tenían sus compañeros. Pero tampoco se sentía menos. Solo diferente.
Alexa sí se sentía menos. No lo decía, pero él lo notaba en la forma en que miraba a las otras niñas del grado que tenían ropa nueva, que iban a fiestas, que hablaban de novios. Ella nunca hablaba de eso. Su vida era la escuela, la casa y su hermano.
Una tarde, cuando tenían 15 años, Juan Carlos fue a buscarla a su casa. La mamá de Alexa abrió la puerta con los ojos rojos. Le dijo que Alexa no estaba, que se había ido al hospital con su hermano porque había empeorado. Juan Carlos se quedó parado en la puerta sin saber qué decir. La señora le dio las gracias por preguntar y cerró.
Volvió al día siguiente. Y al siguiente. La mamá de Alexa siempre le decía lo mismo: "está en el hospital". A la semana, dejó de ir.
Dos meses después, se enteró por una vecina que Alexa había muerto. No de enfermedad, no de accidente. Murió de cansancio. Así lo dijo la vecina: "esa muchachita se murió de tanto cuidar a su hermano". Tenía 15 años.
Juan Carlos no fue al velorio. No supo qué ponerse, qué decir, cómo mirar a la mamá de Alexa a los ojos. Se quedó en su cuarto en Tierras del Norte, mirando el techo, pensando en el pelo colocho de Alexa y en la forma en que se reía.
Su abuelo entró al cuarto y se sentó en la cama sin decir nada. Le puso la mano en el hombro y se quedó ahí un rato. Después salió. Fue lo único que alguien hizo por él esos días.
El hermano de Alexa murió tres semanas después. Juan Carlos se enteró por el periódico local. Una nota pequeña en la página 7: "Fallece joven tras años en estado vegetal". No mencionaban a Alexa.
Juan Carlos guardó el recorte en un libro de matemáticas que nunca volvió a abrir.
Ese año terminó la escuela y sus padres decidieron que era hora de que se fuera a la capital a estudiar. Decían que allá había mejores doctores, mejores oportunidades, que ya estaba grande para seguir yendo y viniendo entre Tierras del Norte y Valle Alto.
Él no quería irse. Pero tampoco discutió.
Empacó su ropa en una maleta vieja que había sido de su papá. Metió el libro de matemáticas con el recorte adentro. Se despidió de sus abuelos en Tierras del Norte. Su abuelo le dio un abrazo largo y le dijo "cuídate, mijo". Su abuela lloró en silencio mientras le planchaba las camisas.
El bus salió a las seis de la mañana. Juan Carlos se sentó junto a la ventana y miró cómo Valle Alto se iba haciendo pequeño. Pensó en Alexa, en su pelo colocho, en su hermano, en la forma en que ella nunca se quejaba.
Pensó que tal vez él tampoco debía quejarse.
Llegó a la capital a mediodía. El aire olía diferente, a humo y a comida de la calle. La gente caminaba rápido, como si siempre llegara tarde a algún lado. Él caminaba lento, como siempre, con la maleta golpeándole la pierna a cada paso.
Sus padres lo esperaban en la terminal. Su mamá lo abrazó fuerte y le dijo que todo iba a estar bien. Su papá le cargó la maleta y le preguntó si tenía hambre.
Juan Carlos dijo que sí.
Caminaron hacia la salida. Afuera, la capital los esperaba con su ruido, su prisa y sus edificios altos. Él no sabía que ahí conocería a otra chica que cambiaría su vida, ni que años después diría que no a una propuesta que le habría dado una familia.
Solo sabía que Alexa estaba muerta, que su hermano también, y que él estaba vivo.
Fin del Capítulo 1
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