La Madre de los Dos Ramos
El florista la ve llegar y sale a abrirle. Ella entra despacio, pendiente del escalón.
—Los de siempre.
Tiene setenta y seis años. Mientras él prepara las flores, se sienta junto a los cubos de crisantemos y se frota una rodilla.
—¿Quiere que pongamos una cinta con una dedicatoria?
—En el de mi marido, sí.
El hombre deja el bolígrafo sobre el mostrador.
—¿Y en el otro?
Ella alisa una esquina del papel que envuelve las flores.
—Todavía no.
Su hijo desapareció hace veintitrés años. Al principio la llamaban para preguntarle cosas. Después, para comunicarle que seguían buscando. Hace tiempo que apenas suena el teléfono.
El florista termina de envolver los ramos. Ella se levanta apoyándose en el asiento y le pide que se los ate por separado.
En el cementerio encuentra hojas secas dentro de la jardinera. Las retira, limpia con un pañuelo la fotografía de su marido y coloca las flores. La cinta se queda doblada. Se inclina para estirarla.
El otro ramo descansa sobre el banco, junto al bolso.
Antes de marcharse, comprueba que no haya quedado ningún tallo fuera del agua.
—Bueno, Antonio.
Recoge sus cosas.
En el autobús lleva el ramo sobre las rodillas. Una mujer le hace sitio para que no se aplaste contra la barra.
Cuando llega a casa, se quita el abrigo, busca el jarrón en el armario de la cocina y lo llena bajo el grifo.
Deja las flores junto al teléfono.
—Los de siempre.
Tiene setenta y seis años. Mientras él prepara las flores, se sienta junto a los cubos de crisantemos y se frota una rodilla.
—¿Quiere que pongamos una cinta con una dedicatoria?
—En el de mi marido, sí.
El hombre deja el bolígrafo sobre el mostrador.
—¿Y en el otro?
Ella alisa una esquina del papel que envuelve las flores.
—Todavía no.
Su hijo desapareció hace veintitrés años. Al principio la llamaban para preguntarle cosas. Después, para comunicarle que seguían buscando. Hace tiempo que apenas suena el teléfono.
El florista termina de envolver los ramos. Ella se levanta apoyándose en el asiento y le pide que se los ate por separado.
En el cementerio encuentra hojas secas dentro de la jardinera. Las retira, limpia con un pañuelo la fotografía de su marido y coloca las flores. La cinta se queda doblada. Se inclina para estirarla.
El otro ramo descansa sobre el banco, junto al bolso.
Antes de marcharse, comprueba que no haya quedado ningún tallo fuera del agua.
—Bueno, Antonio.
Recoge sus cosas.
En el autobús lleva el ramo sobre las rodillas. Una mujer le hace sitio para que no se aplaste contra la barra.
Cuando llega a casa, se quita el abrigo, busca el jarrón en el armario de la cocina y lo llena bajo el grifo.
Deja las flores junto al teléfono.
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