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Carnaval.

Un ruido perturbador invade el silencio de la habitación, se cuela en sus oídos y la hace despertar. Son las seis de la mañana. Mira hacia el lado y contempla la cama vacía. Ya se ha marchado. A su pesar, se levanta, se dirige al baño y se ducha. El frío de la mañana siempre la hace estremecer. Se viste rápidamente y se arregla el pelo. Yo observo como ella se mira ante el espejo. Triste e insegura. Comprueba que todo en la casa está en orden y después sale por la puerta a prisa y se dirige hasta el coche. Conduce veloz hasta llegar a la oficina.

Al entrar varias personas se abalanzan sobre nosotros. Son sus compañeros. Aunque todavía no estoy muy seguro, creo que trabaja en una empresa de publicidad. Una muchacha joven le pregunta sobre la campaña de otoño, otro, un poco mayor se cuestiona los colores con los que debe enfocar el spot. Su amigo quiere saber el eslogan que elegirán finalmente. Sé que ella es importante allí, porque todos quieren su aprobación y la respetan.

Hoy es un día ajetreado para ella. Tiene varios informes que rellenar. A media mañana tuvo que supervisar la grabación del anuncio de la nueva temporada. Después de comer coge otra vez el coche y conduce durante largo rato. Tiene una reunión importante. En la sala, yo escucho atento todas aquellas voces, y puedo distinguir la suya perfectamente. Tras su máscara de mujer libre y segura de sí misma, yo puedo ver entre los huequecitos. Puedo ver a la mujer sensible que se oculta bajo el disfraz. Sólo yo puedo hacerlo.

Entre trabajo y quehaceres, la tarde se nos echa encima. De camino a casa paramos en el supermercado y ella llena el coche con bolsas de la compra. Finalmente, llegamos a casa. Ella abre la puerta. Escucho el sonido de un televisor. Un par de piernas asoman desde el sofá. Es él. Una oleada de sentimientos se mezclan con el aire que ella respira. Me producen dolor. Sé que ella no es feliz. Poco a poco sube las bolsas y coloca la compra en la nevera y la despensa. Prepara una cena rápida y los tres nos sentamos en la mesa. Ellos comen, yo observo. Silencio. Unas cuantas miradas de reproche toman posición en el rostro de él. Dos palabras, una voz. Solo bastan dos segundos para que la creciente tensión del ambiente estalle. Parpadeo. Al abrir los ojos, un leve mareo. Me doy cuenta, ella está en el suelo. Un escalofrío, miedo. Una lágrima, se protege. Un grito, dolor. Los golpes aciertan de lleno en su cuerpo. Ella, astuta, se tapa la cara con las manos, para protegerla de moratones, prueba evidente de la situación. Al principio lucha, pero tras un momento deja de forcejear y se queda inmóvil. Es en vano. Se cansará. Él sale por la puerta mascullando palabras ininteligibles. Un silencio aparentemente eterno se instala sobre nosotros. Un silencio, en el que sin embargo, dolor e impotencia luchan. Las lágrimas que nacen de sus ojos gritan. Las lágrimas que nacen en sus ojos chillan, sufriendo, deseando expirar pronto para no recorrer ese amargo camino hasta sus labios. Yo, también lloro. Porque ella no lo sabe, pero yo también puedo sentir su rabia. Puedo tocar sus sentimientos con la yema de mis dedos. Está triste y desolada. Querría chillar, gritar, golpear algo, pero entonces se comportaría igual que él.

En un estado más trascendental que humano, se levanta del suelo, recoge la mesa y friega los platos. Después se mete en la cama. Se sumerge por completo entre las sábanas y sueña, sueña que todo es un sueño, que nada es real.

La mañana siguiente se sucede como todas. Monótona y simplemente común. Como siempre. Ella se levanta temprano, ha dormido poco, pero en su cara aparece reflejada la amargura. Tiene, realmente un mal aspecto y este no se trata solamente del exterior. Él no apareció por casa en toda la noche, pero para ella es algo habitual. Sólo pude observar una única excepción. A media mañana, ella cogió el coche y salió de la oficina. Me llevé una grata sorpresa al comprobar que se dirigía al médico. Conversó rato tendido con el doctor, y salió de la consulta con expresión muy cuitada. Había algo inusual en ella y en su comportamiento. Algo que no entraba en sus planes. Me esforcé sin resultado alguno en saber qué sentía. Pero supongo que no todo lo que sentimos tiene un nombre, a veces simplemente es algo que se nos escapa, que no viene en un diccionario.

Al salir del trabajo, los dos nos dirigimos hacia otro lugar. Esta vez no era ni el supermercado, ni casa. Ella aparcó el coche, y nos dirigimos hacia un parque cercano. Con pasos pequeños e inseguros se acercó al mirador. Se quedó quieta, mirando fijamente el atardecer. Los tonos naranjas que cubría el cielo contrastaban perfectamente con sus ojos marrones claros. Estos se alzaban al aire intentando que el viento borrara de su rostro signo alguno de represión. Me quedé en silencio, escuchando lo que ella misma tenía que decirse, quizás solamente quería aclarar sus ideas. Sus pensamientos me enseñaron algo, que siempre recordaré. Me enseñaron que la vida es una fiesta de disfraces. Un continuo carnaval. Que si realmente quieres conocer a alguien tienes que acercarte, invitarle a tu fiesta y esperar a que este desee quitarse su máscara, aunque haya personas que nunca lo hagan, que no puedas llegar a conocer realmente. También me enseñó que el llanto seco es el más doloroso. Que llorar por dentro y no exteriorizar el llanto te puede destruir poco a poco, como si cada lágrima fuese ácida y quemara tu corazón a su paso. Que ocultar las apariencias durante media vida no da resultado, porque si te engañas día a día a ti misma, al final la realidad estalla en tu cara. No comprendía como aquel hombre al que había amado tanto hasta el punto de darle su vida, ahora se tornase en su contra. Quizás fuera culpa suya, pero el simple hecho de perderlo, constituía para ella el fin, porque desde siempre él había sido su única razón por la que seguir, la razón por la que despertarse cada nueva mañana.

Desolada, dejó que el viento envolviera su cuerpo, pensó que era hora de quitarse su coraza, las lágrimas empezaron a brotar, y siguieron emanado de ella, como si cada una de esas gotitas fuera cada golpe recibido, cada insulto, cada sentimiento. Decidió que no volvería nunca ha ser una mujer anulada.

Hubo un momento, en el que temí más de lo que había temido en mi no-vida. Cuando ella se planteó volar a través de aquel atardecer, cuando pensó que quizás tuviera fuerzas suficientes para dejarse caer, precipitarse al vacío y dejar de sentir. Pero un pensamiento la alejó de esta idea. Esbozando una tímida sonrisa, se llevó las manos al vientre. Era una sonrisa real, sin máscaras, hacía mucho tiempo que no sabía lo que se sentía al ser feliz, pero ahora lo era. Tenía una razón por la que seguir. Yo. Iba a ser mamá. Quizás ella nunca sepa las valiosas lecciones que me enseño mientras me llevó en su interior, quizás nunca sepa que me moriría de ganas por vivir y decirle “te quiero mamá”.

Kori29 de agosto de 2011

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