La Mala Conciencia
Sólo le quedaba un cigarrillo, pero la mala conciencia no la dejó cruzar la puerta del estanco. Sentenció: el último. Se sentó en un banco, lo encendió aspirando fuerte, hundiéndo las mejillas y soltando una gran bocanada de humo, decidió no seguir mintiéndole. No a él. Que durante años siempre fiel, siempre honesto, había permanecido a su lado.
Empujada por un ataque de sinceridad, apuro hasta el filtro la última calada, se metió tres chicles en la boca y emprendió el camino a casa. Entonces lo vio, saliendo del estanco, encendiendo con su viejo zippo, un ducado. Sorprendida, espero a que cruzara la calle, luego, liberada, entro en el estanco.
Empujada por un ataque de sinceridad, apuro hasta el filtro la última calada, se metió tres chicles en la boca y emprendió el camino a casa. Entonces lo vio, saliendo del estanco, encendiendo con su viejo zippo, un ducado. Sorprendida, espero a que cruzara la calle, luego, liberada, entro en el estanco.
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5 comentarios
Remi
25/02/2018 · 11:20
Me parece un horror trasmitir un sentimiento de culpa a otra persona, criticando lo que hace, y tu, precisamente, no haces lo que predicas.
Muy buen relato, un beso.
Danae
28/02/2018 · 18:53
Un acierto la manera en que has contado la historia.
Un abrazo
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Que malas son las infidelidades, al final siempre acaban por descubrisre. Me ha encantado la forma tan sutil, de llevar el relato.
¡Chapeau!
Un saludo.