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Quien Soy Después de Ti (capitulo 1)

—No quiero seguir... con esto.
Las palabras flotan en el aire, pesadas y gélidas. De mi boca los sonidos escapan atropellados, incapaces de procesar el golpe.
—¿No quieres seguir con qué? ¿A qué te refieres exactamente? ¿A seguir con la discusión?
Siento un temblor involuntario recorrer cada uno de mis músculos; una alarma silenciosa se enciende en mi interior advirtiéndome que algo no marcha bien.
Lo presiento en lo más profundo de mi ser.
El corazón ha comenzado a latirme a una velocidad frenética, desbocado en el pecho. Intento autoconvencerme de que es solo una reacción lógica a la disputa; al fin y al cabo, siempre terminamos enzarzados en peleas interminables.
Discusiones que nunca tienen mayor importancia, detonadas porque ambos somos personas sumamente pasionales, testarudas, a quienes nos gusta llevar siempre la razón y nos resistimos a permitir que el otro acapare toda la dominación de la escena.
Además, él jamás ha sido de los que se dejan avasallar, ni de los que dan el brazo a torcer dejando una conversación a medias.
Y esta, irónicamente, es solo una de esas tantas discusiones tontas; un conflicto absurdo en el que nos hemos enredado por una simple cuestión de espacio personal.
—No —responde de golpe, cortando mis pensamientos con una frialdad cortante—. Quiero dejar esta relación.
En ese mismo instante, mi cuerpo se paraliza por completo.
Es como si me hubieran arrancado el corazón del pecho de un solo tirón, de improviso, sin haberme permitido preverlo ni por un segundo. Un vacío desolador empieza a expandirse en mi caja torácica, una presión insoportable que me desgarra por dentro y oprime mis pulmones hasta dejarme sin un hilo de ventilación.
Siento de repente que mis pies ya no se apoyan en una superficie firme; el suelo bajo mi existencia ha desaparecido por completo, cediendo su lugar a un abismo oscuro y sin fondo.
Mi mente se sumerge en un estado de absoluto aturdimiento.
Mis ojos, nublados, comienzan a llenarse de lágrimas, y ni siquiera soy consciente de mi propio llanto hasta que la calidez de las primeras gotas empieza a rodar colándose por mis mejillas.
—¿Qué... qué acabas de decir? —consigo articular, desorientada, sin la menor idea de cómo encajar semejante impacto.
Ni siquiera sé si mis palabras resultan comprensibles, porque en este preciso momento experimento una disociación absoluta, como si yo misma no estuviera presente en la habitación.
Es exactamente esa extraña sensación que se tiene al contemplar una ruptura destructiva y dolorosa a través de la pantalla de un cine o en la televisión, como espectadores de una película romántica que se desmorona.
«Creo que no quiero oírlo otra vez», me repito mentalmente en un ruego desesperado. «No, por favor, no quiero...»
Pero la realidad no se detiene. Pasa, se materializa ante mí, y ahí queda suspendida esa palabra maldita: ruptura.
—Quiero romper —sentencia él, implacable—. No puedo soportarlo más. Te lo he dado absolutamente todo, y tú nunca tienes bastante.
—Pero me quieres... ¿Por qué tú me quieres?, ¿verdad? —le espeto en un hilo de voz.
La duda me carcome, tiñendo mis palabras de una dolorosa inseguridad. Apenas cinco minutos atrás, habría jurado sobre cualquier altar que este hombre estaba completamente loco por mí.
—No... no lo sé —admite él, con una distancia que me hiela la sangre—. ¿Qué es lo que quieres de mí, Alejandra?
El asombro y la humillación me golpean con fuerza. No me lo puedo creer. ¿De verdad me está preguntando qué es lo que quiero en una situación así? Lo único que deseo en este milisegundo es morir; que me fulmine un rayo fulminante en el acto o, mejor aún, que la tierra se abra bajo mis pies y me trague para siempre.
Lo miró fijamente a los ojos buscando una grieta, pero no encuentro el menor atisbo de incertidumbre en su mirada.
Lo tiene decidido. Esto no es un impulso del momento ni algo que acabe de cruzar de forma vaga por su mente; es una resolución madurada, un plan que me ha estado ocultando durante bastante tiempo mientras yo... ja, ja.
Qué ironía. Mientras yo ni siquiera me había dado cuenta de lo que se gestaba a mis espaldas.
—Quiero que me quieras, eso es lo único que quiero de ti.
Mi confesión apenas brota como un susurro trémulo de mis labios.
De inmediato, mi propia mente me lanza una señal de alerta, empujándome a desconectar para protegerme del dolor; siento que estoy a punto de perder el sentido, y la visión comienza a nublarse más allá de mis párpados.
A pesar del mareo, hago un esfuerzo sobrehumano por mantenerme firme.
No quiero perder.
No me resigno a perderlo a él.
Él, visiblemente tenso, se pasa las manos por el cabello en un gesto frustrado y desvía la mirada directamente hacia el suelo, evitando el contacto visual.
—No puedo darte eso —me espeta con crudeza, sin miramientos.
La frase cae como una losa definitiva. Lo he perdido. Y es justo en ese instante de silencio demoledor cuando la verdad me golpea con toda su claridad: esto es, irrevocablemente, el final.
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M_s_molina
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amor drama autodescubrimiento

1 comentario

M_s_molina autor 15/07/2026 · 11:59

Esta es una novela muy personal, como autora, me esta costando mucho escribirla, así pues agradecería, de corazón que me dieseis vuestra sincera opinión. Tengo una lectora Beta, pero no es imparcial en cuanto al tema de esta novela, ella me vio hundida y vio mi renacimiento, por ese motivo necesito de vuestra ayuda. Muchas gracias.