TT
post_add person
menu

Me Han Despedido

Eran las 12:30 del mediodía cuando me llamaron de Recursos Humanos para notificarme mi despido. Me quedé a cuadros; la verdad, no lo vi venir. Justo ayer mi encargado me dijo que me podía coger unos días de descanso, que no habría ningún problema.

Me citaron en el despacho del director de Recursos Humanos. La verdad es que el tío tenía más cara de circunstancia que yo. Lo que reconozco es que fue legal al sugerirme poner encima de la firma el «no conforme». Alegaron bajo rendimiento. Mientras firmaba hice mis cálculos y, entre el paro y los ahorros, podría tirarme sin trabajar tres años. Eso son unas buenas vacaciones, y suena liberador.

Antes de irme, el director me dijo:

—Javi, ¿te puedo pedir un favor?

No contesté, pero mi mirada hizo el resto.

—¿Me puedes bajar tu portátil y tu tarjeta de empleado?

Asentí, y él, con esa cara falsa corporativa, me dijo un «gracias» medio feliz medio compungido.

Subí a por el portátil. En un arrebato intenté borrar todas las bases de datos, pero ya me habían dado de baja en todas las credenciales y mi encargado «había salido a una urgencia».

Salí por la puerta del edificio y miré una última vez hacia atrás. Ya no encajaba ahí dentro. Y entendí que llevaba despedido bastante más tiempo que la media hora que había pasado desde la llamada.

«El próximo autobús al Corte Inglés sale en quince minutos.»

Una vez allí no sabía bien qué hacer. Veía el mundo como una película en la que cada actor sabe muy bien qué papel interpreta, y yo aún no sabía cuál era el que me habían asignado. Para hacer tiempo me fui a la sección de libros: ahora que tenía tiempo libre podría leerme alguno de los que tenía pendientes.

Miré mi lista de deseos de Amazon y encontré uno: Utopía, de Tomás Moro.

Me dirigí a la sección de política. Ahí estaba, apartado, solo, a la derecha de la estantería. Al coger el libro salió volando un papel. Lo recogí del suelo.
«Si quieres cambiar el mundo, reúnete conmigo en la cafetería a las 14:15.»

CAPITULO 2

Miré alrededor, pero no había absolutamente nadie. Revisé el libro por si tuviera algo más escrito por dentro y no encontré nada. Ahora mi atención estaba puesta por completo en todo lo que rodeaba al libro. Aun así me dirigí a la caja y lo compré, sabiendo que no lo iba a leer.

Miré el teléfono para ver la hora y no me enteré de la hora que era. Tuve que volver a mirarlo: las 14:12. Tenía ganas de ir al baño, pero tuve que elegir entre el baño y llegar a tiempo.

Escogí de manera instintiva una de las mesas más cercanas a la salida, en la esquina izquierda. He visto demasiadas películas como para saber que tenía que esperar a un tío con pinganillo, gafas de sol y traje negro.

Me vibró el teléfono. Lo miré: ni un mensaje, ni una notificación, nada. Eran las 14:15 y no había aparecido nadie.

De repente noté una mano en el hombro. La sentí familiar y cercana, como la de un amigo. Me giré muy deprisa y me aparté, y solo me encontré una cara amable. Llevaba un polo verde profundo y el pelo totalmente blanco, iba muy perfumado y tenía las manos fuertes, como de haber trabajado mucho.

Se sentó, cogió la carta del servilletero y sacó del bolsillo del polo unas gafas diminutas. Ojeando la carta por encima, me preguntó:

—¿No tienes ganas de ir al servicio, Javier?

Noté cómo se me congelaba la cara. Y joder, odio ser consciente de ello: sé que se me queda cara de gilipollas.

Traté de recomponerme rápido y puse la cara de serio que siempre me sirve de escudo. Negué con la cabeza, tímidamente. Él seguía mirando los platos.

—Es curioso que en veinte años sigan poniendo los mismos platos —dijo, quitándole importancia

—. ¿Tienes hambre?

—No, gracias.

Cerró la carta y me miró por primera vez a los ojos.

—Tomás Moro se ha quedado un poco anticuado, ¿no crees?
Traté de leerle el rostro, de encontrar alguna grieta por la que colarme. Era de esos tíos que saben cómo hablar y cómo mirarte, que lo tienen todo tan estudiado que sabes que te la están colando hasta el fondo y aun así no te pueden caer mal.

—Tranquilo. Será poco a poco y después de golpe.
Se acomodó en la silla.

—Dime una cosa, Javier. ¿Alguna vez has tratado de mirar más allá de la oficina?

—Eso lo pensaba a los veinte.

Asintió despacio, como si le hubiera dado la razón en algo.

—¿Y a los treinta?

No dije nada.

—A quinientos kilómetros de tu casa. Solo pagando facturas. Sin nadie esperándote.

Dejó las tres frases ahí, sin preguntar nada.

—¿Eso es todo?

Miré por la ventana.

—Buenas tardes, ¿van a tomar algo?

—Un café con leche —dijo el hombre

—Yo una cerveza. En vaso de sidra, por favor.
El camarero anotó y se fue.

—Mira, no quiero hacerte perder el tiempo. Tú tienes algo que me interesa y yo tengo algo que te interesa a ti. El martes, a las tres y diez de la mañana, buscaste una tesis doctoral sobre el contrato social de Rousseau. Por ejemplo. Y llevas así dos años.

No dije nada. Lo raro no era que lo hubiera buscado. Lo raro era que alguien llevara dos años mirando

—¿Me está ofreciendo un trabajo?

—Le estoy proponiendo que se entrene. Dos años siguiendo nuestro plan y no será el mismo que se sienta hoy en esa silla.

—¿Y quiénes son ellos? ¿Quiénes sois vosotros?

—Eso ahora no importa.
Llegaron la cerveza y el café. Fui a llevármela a la boca y me la quitó de la mano.

—Nada de alcohol. Mejor tómate una de estas.

Sacó un blíster del bolsillo y lo dejó encima de la mesa.

—Necesitas tener la mente funcionando a pleno rendimiento.

En ese momento me sentía como un figurante de la realidad que él iba creando. Sin pararme a pensar, cogí el blíster y me lo guardé.

—Ya deberían de…
Me vibró el móvil. Miré la pantalla: acababan de ingresarme 50.000 euros.
El hombre se levantó, se quitó las gafas y me dio una tarjeta. Se fue sin decir nada.

Miré la tarjeta: una dirección, una hora y un nombre. Margarita.
Levanté la mirada.
—¿Qué hubiera ocurrido si me llego a negar?
Se giró, y de su mirada interpreté dos mensajes: o no tenías elección, o no tenías nada mejor que hacer.
person
Matt08
autor

Etiquetado

narrativa thriller psicologico

0 comentarios

Todavía no hay comentarios. Sé el primero en dejar uno.