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Érase una Vez... una Princesa Tonta

Sucedió que, no ha muchos años, vivió en estas tierras una joven pueblerina que no encontraba su lugar en el mundo. De las verdes montañas viajó a la gran ciudad; probó suerte en la vida y ésta le mordió la mano, así que años después de su aclamada partida, regresó a casa con el rabo entre las piernas y el orgullo herido de muerte.

Allí, en los bosques verdes de su niñez, se quedó dormida una tarde de otoño. Cuando despertó ahogó un grito de sorpresa: a su lado había un lobo acostado, lamiendo amablemente las heridas con que sus aventuras le habían marcado la piel. Ella hizo ademán de apartar la mano, asustada.

- ¿Me temes? –preguntó el lobo. Había tal dolor en aquella voz, y le causó tal sorpresa escucharla, que la muchacha se quedó helada, sintiendo un profundo pesar en su pecho.

- No, no te tengo miedo.

Se quedaron sentados el uno al lado del otro hasta que cayó la noche y la joven regresó a su hogar. Sin embargo, la semilla de su amistad había prendido: la joven regresó cada tarde a pasear por el bosque y el lobo la acompañaba, a veces visible, otras veces oculto entre los árboles. Ella empezó a relatarle su vida, cada uno de los errores, cada desilusión y cada desamor, y el lobo, pacientemente, la escuchaba.

Sucedió así que su tormento pronto dejó de parecerle tal, y aquel retroceso en su vida dejó de avergonzarla. En verdad, ¿cómo podía considerar malo aquel cambio que la había puesto en el camino del lobo? ¿No había sido una fortuna llegar hasta él a pesar de lo odioso que pudiera haber sido el camino? Se dio cuenta entonces del motivo de aquel cambio de parecer: se había enamorado del lobo.

Armándose de valor, en uno de aquellos paseos que se habían convertido en oxígeno para su corazón, le confesó sus sentimientos al noble animal, que salió de la espesura para mirarla con unos ojos profundamente azules.

- ¿Cómo puedes amar a un lobo? –quiso saber. Y como ella no alcanzara a responder más que repitiendo lo que sentía, él se transformó en un apuesto joven que tomó su mano, con delicadeza-. Durante años he buscado a la princesa que pudiera ver más allá de mi apariencia. Y ahora que la he encontrado, juro amarla y protegerla hasta la muerte.

- ¡Pero no soy una princesa! –protestó ella. No sabía exactamente en qué consistía ser una princesa, pero intuía vagamente que tenían una vida llena de comodidades que ella ni alcanzaba a imaginar, sin demasiadas preocupaciones, sin tanto dolor como ella había padecido.

- Lo eres, pero hasta ahora no lo sabías, al igual que hasta ahora desconocías que yo era en realidad un príncipe que ha vagado por el mundo buscándote sin descanso.

Hablaba con tal sinceridad que resultaba imposible no creer en sus palabras. Y así fue como la joven pueblerina encontró su lugar en el mundo y asumió su papel de princesa. Radiante y feliz, comenzó a comportarse como correspondía a su rango, usando vestidos, creyéndose bonita, viviendo un cuento de hadas…

Pero, sin saber por qué, comenzó a distanciarse del príncipe-lobo y pasado el tiempo ni siquiera lograban hablar de algo en lo que mostrarse de acuerdo: él alababa la luna plateada en las noches de invierno y ella se quejaba del frío que calaba sus huesos; ella soñaba con largos días de estío a su lado y él respondía que faltaba demasiado para el verano. Resultó que el amor que compartían no parecía suficiente para limar todas sus diferencias.

Y así, cansada de discutir y de procurarles a los dos tanto daño, buscó una solución. Como princesa había resultado ser bastante torpe, así que leyó cuentos y fábulas hasta que creyó hallar la clave: su corazón pertenecía al príncipe, pero estando juntos no lograban otra cosa más que discutir, así que decidió encerrarse en lo más alto de la más alta torre y tiró la llave. Hasta allí las palabras zalameras de otros pretendientes no llegaban; desde allí, veía la luna llena y soñaba que el lobo estaba a su lado y charlaban sin disputas como antaño… Pero no eran más que sueños vanos.

El lobo, herido por aquella separación, desapareció. Nunca se volvió a saber de él en el reino, pero cada noche, con o sin luna, los aullidos resonaban en los bosques. Y arriba en la torre, en la más absoluta soledad, la princesa tonta lloraba por la felicidad que había tenido como campesina y por su incapacidad para conservarla.
Nukh06 de junio de 2014

4 Comentarios

  • Voltereta

    Es difícil encontrar la felicidad y ser capaz de aceptarla. El hombre es inconformista cada día quiere más. Una vez alcanzada la Luna ansiamos las estrellas, eso es lo que nos hace racianales, nuestra escasa razón.

    Si fuera un colibrí me conformaria con libar la esencia de la flor de tu cuento, pero siendo humano nunca me veré en posesión de la verdad pues siempre intentaré ir más allá.

    Un texto muy interesante.

    Un saludo.

    08/06/14 12:06

  • Sandor

    KNUT,
    Hoy al fín que tengo tiempo, mañana en Oviedo es festivo y el lunes lo puenteo, te he leído con calma. Un cuento con final triste. Cada uno tiene su manera de ver en esta historia otras historias que corren paralelas a su vida. Entre ellas, el haberme dado cuenta de que me he acostumbrado a callarme las tristezas, y a fuerza de ese silencio, me voy olvidando de ellas.
    Un abrazo
    Carlos

    09/06/14 12:06

  • Polaris

    Escribe muy bien, no dejes de hacerlo nunca, tienes talento.

    Un beso.


    Pol.

    09/06/14 08:06

  • Nukh

    @Voltereta, escribiendo este breve cuento me dio por pensar en la facilidad con que usamos términos como 'felicidad', 'amor', 'tristeza', y en lo complejos que son en realidad todos esos conceptos.

    Más allá de la simplicidad del cuento, de sus composición infantil y poco depurada, hasta yo descubro ahora más significados que el principal por el cual lo creé... Me alegro de que a ti también te incite a ir más allá :)

    @Carlos, tampoco yo he tenido demasiado tiempo esta semana, pero ahora me propongo recuperarlo y ponerme a leer muchos de vuestros textos que tengo pendientes, así que te comprendo.

    Creo que todos hemos sido alguna vez 'princesa' y 'lobo', que todos nos hemos perdido y encontrado, con o sin ayuda de terceras personas, y tal vez para terminar de nuevo a solas, lamiéndonos las heridas y sin tener con quién compartir ese pesar. Pero el silencio no implica necesariamente olvido: cuando alguien pregunta por las cicatrices es cuando nos damos cuenta de que siguen ahí y de que son precisamente esas las que nos han llevado a ser como somos hoy. Espero que la vida no te depare más tristezas que guardar.

    @Polaris, muchas gracias por tus palabras. Intentaré cumplir con eso y seguir escribiendo, para dejar una huella, aunque sea leve, de mi paso por esta vida en los corazones de quienes me lean :)

    Gracias a todos. Nos leemos.

    11/06/14 12:06

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