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No Estás Sola

Hace ya cincuenta años que las naves partieron. Yo no existía por aquél entonces, no era ni un proyecto, ni una idea. Tampoco lo era cuando Madre buscó a Padre una noche fría, llorando de miedo, doblada bajo la carga de largos años de soledad. Fui una noche helada, una noche seca y yerma, una noche de polvo y de grandes estrellas. Fui el amargo fruto de la soledad.


Madre siempre me hacía mirar las estrellas. Decía que antes de que las naves se fuesen no había estrellas en el cielo. Decía que las estrellas son los ojos de nuestros hermanos, que nos observan. Son los ojos de aquéllos que murieron en la Tierra, de los cientos de miles de millones de hermanos que la amaron a lo largo de miles de años. Madre ensalzaba a los Antiguos. Decía que somos un reflejo pálido de lo que antaño fuimos. Decía que los hombres ya no aman a la Tierra. Decía que los que se fueron eran hombres malos.

Ahora ellos son los que se han ido.

Me siento muy sola, perdida en el mar de polvo que idolatraba Madre, observando los vestigios de la vanidad humana enterrados en su propia soberbia, abandonados, rotos, solos. Madre decía que antes los hombres vivían aquí, y que eran muchos. A veces intento imaginármelos, caminando por las arenosas calles de los cadáveres pétreos de las Ciudades. Hablando.

A veces hablo con las estrellas, como si hablase con Madre y Padre. A veces consigo recordar su cara, su olor, su sonrisa… Madre me contaba que todos nos convertimos en estrellas cuando nos vamos. Pero me contaba esas cosas para que no tuviese miedo. Y no lo tengo, aunque no creo en lo que me dijo. He visto como la vida se esfuma de los ojos de un lagarto cuando lo atravieso con una lanza. He visto a Madre sucumbir a la fiebre. He visto los ojos sin vida de Padre cuando lo encontré fuera de nuestra cabaña, tendido en la hamaca, sobre un charco de su propia sangre y una segunda sonrisa bajo la barbilla. He visto muerte, tan solo muerte y no he saboreado vida. La muerte me persigue, posa sus gélidas manos sobre mi nuca durante las frías e interminables noches de insomnio. Pero no tengo miedo.

Los Antiguos huyeron de la muerte. Madre y Padre fueron valientes. Yo también lo soy. Sé qué día voy a morir. Sé en qué fase estará la luna, sé lo que comeré y lo que beberé ése día. Puesto que ése día ya ha pasado. Casi. El suave ocaso del día 19821 está a punto de suceder. A las 23:34:04 llegará la luz. Una luz cegadora cuyo resplandor quemará la arena y el polvo y los fundirá en vidrio. Aproximadamente veinte segundos después del intenso resplandor, toda forma de vida habrá desaparecido por completo de la superficie terrestre. La Tierra será transformada otra vez en la esfera llameante que fue antaño en apenas tres minutos. Las erupciones solares se irán sucediendo a lo largo de varios años hasta que ya no quede ni rastro del hogar de la humanidad.

A veces pienso en lo solas que se sienten las estrellas. Madre decía que a pesar de que las vemos juntas, en realidad están muy lejos las unas de las otras, tanto que incluso la luz tarda años en salvar la distancia que las separa. A veces me siento como una de ellas, y me compadezco. Pero ésta noche parecen compadecerse de mí.

He ido a la tumba de mis padres, donde sus cuerpos descansan y sus almas miran al cielo. Ahora estoy boca arriba, mirando las estrellas, escuchando los últimos alientos de mi hogar, agonizantes, mortecinos, fríos. La negrura del último atardecer de éste mundo parece eclipsado por los cientos de miles de estrellas que brillan pendidas de él. A Madre le habría gustado. El cielo nunca había estado tan colmado de luces como hoy.

Cierro los ojos muy fuerte, inhalando el aire que me rodea, el aroma de mi hogar, de mi casa. Tengo la sensación de estar con mis padres, admirando una noche preciosa como lo era esta. Siento sus ojos otra vez posados en mí, sus ojos que antaño compadecían mi inocencia, ojos que ahora compadecen mi soledad.

Una extraña sensación de paz se apodera de mí de repente. Algo me llama. Me giro y apoyo mi barriga contra el suelo. Siento la Tierra, siento su latido. Reposo mi cabeza sobre el suelo y oigo su lloro. Extiendo mis extremidades, abarcando todo lo que puedo con ellas. Mi latido y el suyo se solapan en el silencio nocturno y se tornan un ritmo constante, calmado. Veo la Tierra, en toda su grandeza. La veo desde que nace del caos hasta que es absorbido de vuelta por él. La veo a través del tiempo, de los años, las eras, los eones. La veo dando a luz a sus hijos, cuidándolos, y la veo ya vieja y abandonada, sola.

“No estás sola” susurro al polvo, que se levanta y vuela, animado por mi aliento. “No estás sola” me contesta el viento, acariciando mi espalda, portando una cálida brisa.

A mi eterna Madre le doy mi adiós, y ella me lo devuelve. Me fundo con ella en una abrazo, mientras la luz, la brillante luz de las estrellas, devora y quema. Mientras nuestros cuerpos se unen veo a mis padres, veo a mis hermanos que me esperan.

“Allá voy”.

Y nuestras almas interpretan ahora la música del universo, la música inaudible de las estrellas, la música que todo lo mueve secretamente, la música eterna e interminable del Tiempo, la música que un día volverá a dar vida, la música al son de la cual bailaré cuando camine hacia mi hogar. Hacia Madre. Hacia las noches estrelladas.
Victoralcazar17 de febrero de 2015

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