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El Abrigo Negro (parte 1)

Tendí sobre la cama el abrigo negro y apagué la luz. Decidí permanecer en pie, inmóvil y en silencio, no sé por qué. Dejé que pasaran algunos minutos, sin hacer nada más que contemplar la oscuridad fijamente. Sentía en el pecho una fatiga terrible, luego de haber discutido con mi hija por alguna estupidez ya sin importancia y que acaso entonces no importara más. No recuerdo si me dolía la cabeza, no recuerdo si estaba llorando o solamente imaginaba hacerlo. Recuerdo más bien la corriente de aire gélido que al cabo comenzó a treparme por el dorso de la mano derecha, subiendo hasta mi cuello sin perdonar mi espalda. Ninguna ventana la provocaba, ninguna bestia exhalando malignamente era origen del frío presagio. Algo entre las sombras, sin embargo, se atrevió a delatar su presencia transgrediendo la densa tiniebla de mi habitación, brillando con sutileza justo donde había tendido el abrigo negro. Titilando dorados, casi sin hacerlo, dos puntitos misteriosos fueron los primeros dignatarios, pioneros luminosos que ocurrieron en aparecer justo al centro de lo que hasta entonces nombraba afectuosamente -mi cálido atuendo de corte inglés-. Inmediatamente aparecieron otros cien, cientos de miles luego. Millones aparecieron: eran estrellas. Como escapando de su soledad insoportable, habían venido a reunirse y darse las buenas nuevas en la superficie de mi modesto resguardo invernal. ¡Eran estrellas! ¡Eran estrellas vistas desde muy lejos! Imagina la noche entera, la que no acostumbras imaginar, la que existe por detrás de todo y sirve para medir el tiempo en épocas. Imagínala aceptando gobierno tras la más humilde frontera, plagiando la silueta de tu abrigo, el abrigo negro, imagínala duplicando la mismísima figura que pensabas lucir en vísperas de año nuevo. Cuerpo, cuello, mangas y solapas en el único estampado que alguien con otras ciencias usaría para adivinar cataclismos y cometas, un rincón del universo que doblas y cuelgas del armario con un gancho. Con un paso torpe en retroceso caí al suelo. Primero resolví quedarme ahí, respirando ansiosamente, sentado cual sumiso infante en el rincón opuesto de la habitación, lo más lejos que pude del portento. La perilla de la puerta me quedaba fuera de alcance y el teléfono lo tenía extraviado desde hace días. Pero se me vino a agotar la cobardía antes que la posibilidad de pedir auxilio o de salir corriendo. Al cabo recuperé el aliento y volví a ponerme en pie. Asomé la mirada y busqué exhaustivamente entre las estrellas del bizarro panorama cualquier formación que me resultara familiar, sin éxito. No pude evitar el vértigo y la náusea. Tampoco evité arrojar algunas monedas, varias, y luego un cigarro, que del frío de mi cuarto pasó impunemente al frío de la violencia sideral. Largo rato lo vi flotar cayendo, subiendo, alejarse dando vueltas, hasta que se perdió rumbo de alguna galaxia ajena. Sin duda era éste el más extraño de los regalos navideños.
Abrahamsaucedocepeda04 de enero de 2013

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