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Un Teorema Perverso

Un resultado más oscuro de la ley de los grandes números es que difícilmente pueda yo imaginar una cualidad humana cualquiera, un problema de actitud o una manera inverosímil de abrir la botella, sin que puedas tú, o alguien donde sea, evocar por propia cuenta el nombre de la persona a quien le queda. Llorar, por ejemplo, riendo, sufrir sin que lo parezca, es como pasaba la tarde aquella vieja que se llamaba lo que sea. Cantar haciendo señas, querer morir cogiendo, saberse el nombre de todos los presidentes negros. Por ahí hallarás un cabrón que prefiera sobre todo lo demás el silencio. Y con silencio de sepulcro envidie sordos y guarde en la ducha silencio y un cuchillo matasordos en la guantera. Mi peculiaridad no hay que saberla, pero es esta: que guardo en mi cabeza la nómina absurda de mi equipo de ensueño de empleados de Seven Eleven. Ya escogidos los tengo y ordenados de acuerdo a su cortesía y eficiencia. Así pues, propongo un teorema perverso: Cuando la demografía vaya calculando cifras esotéricamente obesas, o antes, no podrá ser verdadero que inexista la nena adolescente que te ame, el asesino aficionado a las memorias de generales, un ladrón o varios de tumores intestinales, billonario chiapaneco, plomero amante de panadero, quien tú quieras.
Abrahamsaucedocepeda07 de julio de 2011

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