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Tan Parecida

Siempre que pasábamos con el coche por el tanatorio de la M-40 su cara cambiaba, y ya podía estar sonando su canción favorita en la radio o haciendo un día absolutamente primaveral, que su rostro esbozaba un gesto triste, agónico, como si todo el peso del mundo cayera sobre su espalda. ¿Explicación? Ninguna lógica. Ningún familiar asociado a tal lugar, ninguna historia trágica que desembocara en ese palacio tétrico.
Era tan sencillo, según él, como que se sentía perdedor por el simple hecho de vivir. Como el que sabe que perderá todo lo que apueste. Se veía derrotado desde mucho antes de sentarse en la mesa. Su alegato era devastador, veía la propia existencia como una caída, como arrojarse a un vacío con la única duda de saber a cuánta distancia está el suelo, a cuántos segundos queda el final. Era un tremendo pesimista.
Y yo qué iba a hacer. Le llevaba a aquel bar que ya olía a nosotros, que aplaudía nuestra soledad. Bebíamos. A veces un trago, a veces infinitos. En más de una ocasión el camino a casa era como una alucinación. Y él, insistente, renegando. Hablando de vivir como si de una maldición se tratara. Y yo me avergonzaba de él. De esa cobardía a la hora de respirar. Pero no podía alejarme de él.
Una noche cambió todo. De vuelta a casa discutimos. Le dije que no quería verle más, que su presencia era algo extremadamente negativo para mí, que era incapaz de entenderlo. Sentía miedo al tener tan cerca algo tan exageradamente desconcertante. Él no dijo nada. Qué iba a decir, si en su vida había expresado nada realmente.
Entré en casa, sin él, borracho. Fui rápidamente al baño a devolver todo lo que la noche me había dado. Me mojé la cara y de repente ¡él! En el espejo. Otra vez. Esa mirada triste tan parecida a la mía.
Adrielegance03 de abril de 2017

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