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Barricadas

Corea del Norte apunta con sus misiles hacia un lugar donde las cosas están que trinan.Lo hace sin ser consciente de que realmente se apunta hacía sí misma, y que el mayor daño ya nos lo hace cuando su líder aparece ostentando con gran orgullo el último cardado de Rupert (el peluquero que habla con los muertos). Abril no se deja embrutecer por el futuro mes de agosto y sus pechos descubiertos a base de sol mata macetas; Abril no tira de la manta pero sincroniza sobre nuestras cabezas doctrinas de polen extranjero que hará perdurar la inquebrantable fuerza de la naturaleza en forma de estornudos. Me cuentan que estamos a un paso de iniciar una revolución de dimensiones bíblicas, cómo si las revoluciones hechas a lo largo de la historia hubieran salido tan perfectas como lo deseaban la amplia mayoría de sediciosos que las llevaron a cabo. A lo lejos el ocaso farfulla consonancias de pelotera: “La lucha siempre merece la pena si el fin vale la pena y los medios son honestos”. Y mientras estas palabras son emitidas con suma desenvoltura, la sociedad de sumo consumo y bajón moral se embrutece cual armadura de cera gris y espada de hojalata. Sin embargo, una verdad semeja incuestionable: los ciudadanos se ven severamente cansados de tener que sobrevivir en un campo de batalla en el que no hay un ganador plural, sino una élite aprovechada. Pero, si la libertad significa algo, es el derecho a decirles a los demás lo que no deben oír, arrinconando los mantras populistas que a palo seco nos han proporcionado crisis, sinsabores, enfrentamientos generalizados y divisiones, ya que las barricadas sólo tienen dos lados, como si de una bipolaridad se tratara, y suelen estar gestionadas por líderes socarrones que, gracias a inflexibles aspavientos, nos indican cuál puede ser para nosotros la muerte más estúpidamente adecuada. Nuestro país está asentado sobre el mayor y el más trastornado de los parapetos. Esto me hace recordar que hoy escribo en este Diario y que mañana -muy probablemente- esté cultivando mis dotes de vendedor callejero de frijoles en Michoacán, allí donde las opiniones sobre los personajes pontevedreses importan poco o nada, y las palabras de felicitación u ofensa por ser osado y nombrar a sujetos vinculados con los protocolos no serán más que una historieta sin salsa ni sentido, ya que lo esencial no es comprenderse, sino entregarse y ser uno mismo, sin importar si estás situado dentro o fuera de una barricada.
Alexandervortice16 de abril de 2013

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