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PuÑaladas

Hay ocasiones en que recojo el testigo de la pluma rebosante de tinta negra, esa pluma que se dio por vencida al ser consciente de que las iniquidades se iban multiplicando como conejos en una orgía y que, al igual que el Ave Fénix en tiempos de suma languidez, se quedó quieta en medio de los desmañados hombres para que alguno de ellos la recogiese del suelo, y así darle uso mediante los más inusitados sentimientos. Y habiendo recogido el testigo es entonces cuando llega la Crítica, ésa inconmovible prostituta de vigor relativamente pernicioso y embriagador que de malas te indica dónde podías haber puesto la tilde, la metáfora o la cita celebre que en ocasiones utilizo para darle un toque magnánimo a mis escritos, siendo sabedor de que por mí mismo, nunca llegaré a escribir en toda mi vida más de dos o tres grandes frases. Siempre me he reído de mi estampa, pero cuando fui consciente de lo mucho que se reían los demás de mí, tuve que superarme, y convertir mis sonrisas en carcajadas; debo reconocer que en esto me ayudó también la ya mencionada Crítica (todos somos grandes reprobadores, hasta que a uno le endosan media docena de verdades vejatorias, y acaban por disgustarnos de sobremanera las opiniones de los demás, por y para siempre). Pero reírse de uno mismo, al parecer, es síntoma de salud interior, de madurez inmediata y saber estar. Por otro lado, qué mejor que vacilarme yo a mí mismo, qué mejor método de supervivencia que arrojar grandes puñaladas a mi propia espalda, para que le hagan compañía a las 2.200 que ya habitan ahí atrás desde hace décadas, y que le van cogiendo el gusto a provocarme sangre, sudor y lágrimas de cocodrilo. También es bueno llorar para aceptar la sagacidad. Ya nos lo indicaba Fiodor Dostoievski: “El verdadero dolor, el que nos hace sufrir profundamente, hace a veces serio y constante hasta al hombre irreflexivo; incluso los pobres de espíritu se vuelven más inteligentes después de un gran dolor”. Acaso sea que las grandes vibraciones del ser humano se resuman en mímicas y quejidos, en agotamientos, en lucidez y glorificaciones demasiado automáticas pero necesarias; mas, pese a todo y a todos, el irrefutable dolor es ese que se acuesta a nuestro lado y nos mastica despacio, el que comete actos de omisión, el que pasea por las travesías enlutadas y no se esfuerza en cobijar bajo sus brazos al hombre que se halla tirado por motivos de acrecentada depresión. El verídico dolor, repito, puede resumirse en llantos y sonrisas, pero, desde mi humilde punto de vista, lejos de las puñaladas quincalleras, el dolor más grande que existe es ese que aparece cuando nos miramos atentamente al espejo, y al fin vemos tal y como somos en realidad.
Alexandervortice12 de julio de 2011

1 Comentarios

  • Susiunderground

    Espléndida reflexión acerca de la madurez personal y la autonomía de pensamiento.
    Cierto que a todos nos gusta que nos quieran, pero las críticas siempre laudatorias casi nunca son amor sincero.
    Por eso me parece estupenda tu propuesta: me miraré al espejo y lloraré al mirarme por dentro.
    Saludos.

    14/07/11 06:07

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