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La Real Orden de Las Perdularias 42

Y de pronto, sentada en la cocina de mi tía, donde había merendado tantas veces cuando era niña y que no había cambiado apenas, pues los armarios, los azulejos y el suelo seguían siendo los mismos, y la mesa de madera tenía las mismas marcas de antaño, me di cuenta de que no sería capaz de hablarles de la enfermedad de Mateo, ni siquiera pensaba que fuese justo hacerlo. ¿Para qué? ¿Para que ellas se intranquilizasen y viviesen preocupadas? Mi abuela decía que lo que no se dice, no existe. Y yo pienso que en cierta medida, es verdad. Así que omití ese ligero detalle y les conté que me parecía buen chico, que Laura me lo había presentado y que por lo visto se querían mucho. No sé si que quedaron tranquilas, pero al menos yo había cumplido con lo prometido, o casi.
Me sentía tan vacía cuando salí de allí que me marché directa a la casa de mi madre. Yo nunca la avisaba de qué iría a verla, sobre todo porque siempre me presenta de improviso y sin haberlo planeado. Quizá porque cuanto todo va mal, siempre se acaba recurriendo a las madres. La casa donde nací y me crie está en las afueras de la ciudad, aunque ahora con el crecimiento urbanístico de las últimas décadas haya quedado engullida por el maremágnum de la urbe. Sin embargo, sigue teniendo aspecto de barrio pegado al centro, y las calles son más agradables y más espaciosas. Casi nunca hay problemas para aparcar, sobre todo porque las casas son antiguas y viven en ellas muchas personas mayores que no tienen coche. Antes de llamar a la puerta volví sobre mis pasos y miré la casa que todavía consideraba mía desde la acera opuesta, donde había dejado mi coche. Era una vivienda estrecha y de dos pisos, con un pequeñísimo jardín delantero, que casi no merecía ese nombre. Mi madre siempre ha tenido buena mano con las plantas y aún en esta recién iniciada y fría primavera estaba logrando que brotasen los primeros brotes. Desde que yo recordaba la casa siempre había estado pintada de rosa muy desvaído, y así seguía. La puerta era negra, con un anticuado llamador de bronce que semejaba la cabeza de un perro o tal vez de un león, nunca lo supe. Apenas toqué, mi madre me abrió como si estuviese esperando mi llamada.
-¿Ha pasado algo?-me preguntó mientras se hacía a un lado para que yo entrase.
-¿Tiene que pasar algo para que venga a verte?-me ofendí.
No me contestó, iniciando la marcha hacia la cocina, y la seguí sin decir nada tampoco yo. La ayudé a preparar café, y mientras lo hacíamos las dos permanecimos calladas, como sopesando quien de las dos rompería el hielo. Fue ella la primera en hablar, cuando ya estábamos sentadas tomando café.
-Y bien, ¿qué pasa con Laura y qué te pasa a ti?
-Laura ha conocido a alguien, y están viviendo juntos desde hace pocos días. Después de lo de Eusebio no quería decírselo a su madre ni a la niña y me ha pedido que lo haga yo.
Mi madre se atusó el pelo canoso, aunque no le hacía ninguna falta. No sé cómo pero nunca se le escapa ni un mechón de su sitio. Puede estar cayéndose el mundo pero ella siempre está arreglada y con buen aspecto.
-Pues ya es mayorcita para enviar mensajeros. Cuando una mujer toma sus propias decisiones debe ser capaz de defenderlas ante todo el mundo. Y si no lo hace es que hay algo malo en esa relación.
-No empecemos, Mamá. Yo soy abogado, no juez, y no pienso juzgar la vida de nadie. Laura se equivocó dos veces y ya está, no es un crimen. Tendrá que probar hasta que consiga dar con el hombre adecuado.
Mi madre chascó la lengua, como hacía siempre que no le gustaba el rumbo que tomaba una conversación.
-¿Cuál es el hombre adecuado? Créeme que yo, que tengo ochenta años, no lo sé todavía. Lo que pasa es que antes las mujeres teníamos más aguante y no rompíamos las familias así como así.
Doblé varias veces la servilleta de hilo sobre mi regazo, más que nada para calmarme antes de decir una inconveniencia.
-Los tiempos, afortunadamente, han cambiado, Mamá. Y te recuerdo que Laura se quedó viuda, no se divorció. Si lo de romper familias iba por mi, ya no me hacen daño tus pullas. Hice lo que era mejor para mí, lo que debía.
-¿Y desde cuando una madre hace lo que es mejor para ella? Antes que en ti misma tendrías que haber pensado en tus hijos, como hemos hecho las demás.
-Mis hijos eran ya mayores cuando me divorcié-le recordé. Pero, ¿qué es eso último que has dicho? ¿Qué has sacrificado tú por tus hijos? ¿Hay algo que yo deba saber?
-Bah, claro que no.
-No me engañas Mamá, si no quieres decírmelo es cosa tuya, pero esa frase se te ha escapado y quiere decir algo. ¿Es que tú tuviste problemas graves con Papá? Nunca me di cuenta.
-Y contenta estoy de ello, eso quiere decir que mi trabajo fue perfecto. Y no voy a decir nada más.
-Claro que lo harás. Porque no me pienso ir de aquí hasta que me cuentes cuales fueron esos problemas.
Como seguía callada y con los labios firmemente apretados, le insistí.
-Tengo derecho.
-Ninguno, no tienes ningún derecho. Aunque igual es hora de que sepas que tu padre no fue nunca el santo que tú imaginabas.
Ahora era yo quien lamentaba haber pedido explicaciones. Quizá debido a mis años, a mi trabajo, o a la vida en general, siempre he sabido que la gente no suele ser lo que parece, sobre todo la gente que nos importa y a la que queremos. Y en ocasiones es mejor no saber. Estuve a punto de decirle a mi madre que se callase, pero ella ya se había puesto en marcha y era imposible detenerla. Supuse que habían sido muchos años, demasiados, guardándose dentro cosas que la habían dañado y ahora que tenía la oportunidad, quería sacarlas fuera. Me dijo que la conversación iba a ser larga y que quizá sería bueno prepararnos algo de cena. A mi madre le encanta la tortilla de patata que yo preparo y aunque el médico le ha prohibido ciertos alimentos, pensé que por una noche no iba a pasar nada. Así que me puse un delantal y empecé por pelar tres patatas de buen tamaño y luego picarlas en trozos pequeños. El secreto de una buena tortilla es que las patatas deben machacarse a fuego lento, sin que se frían, pues entonces quedará una cosa dura y crujiente, desagradable en la boca. Hay que emplear a fondo el tenedor o una cuchara de madera y pisarlas poco a poco hasta que se forma una pasta de patata parecida al puré. Luego se sacan del aceite escurriéndolas perfectamente, se mezclan con el huevo y se cuaja la tortilla. A mi madre, que es una excelente cocinera, este plato tan sencillo le sale mal, yo creo que por falta de paciencia, y por eso cuando quiere comerse una buena tortilla me cede a mi los trastos. La coloqué en la mesa y serví un trozo para cada una y medio vasito de vino tinto. Si la cosa se alargaba me quedaría a dormir allí, mi habitación de soltera siempre estaba preparada y no tendría que conducir hasta mi casa.
-Y bien, ¿quieres empezar?-la invité.
Dejó los cubiertos sobre la mesa y me acercó el vaso para que le sirviese más vino. La reconvine con la mirada, pero se lo serví. Nunca había vivido la experiencia de emborracharme con mi madre, igual tenía que pasar por ello.
-Tu padre era, en líneas generales, un buen hombre y un estupendo padre-se detuvo para tomar un sorbo de vino. Pero por desgracia era un mal marido…nefasto si tengo que ser sincera.
-Nunca os oí discutir, Mamá.
-No, es que no lo hacíamos, al menos los primeros tiempos. Al principio yo era demasiado joven para darme cuenta de nada y no me llamaba especialmente la atención que tu padre llegase siempre tarde a casa o que los domingos tuviese cosas que hacer por la mañana. Estaba acostumbrada a callar y aguantar, como mi madre me había enseñado y como hacíamos siempre todas las mujeres. Luego nació tu hermano, a los dos años llegaste tú y la verdad es que estaba demasiado ocupada para pensar en que cada día él se alejaba más.
Volvió a beber un sorbo de vino y miró al frente, a un punto lejano a través de la ventana. Cuando empezó a hablar de nuevo seguía sin mirarme a los ojos, como si le resultase más sencillo contar las cosas como si yo no estuviese allí. Me acomodé mejor en la silla, algo incómoda, para seguir escuchándola.
-Pero una tarde una buena amiga-y recalcó con ironía estas dos palabras-vino a casa a pedirme la receta de mi tarta de mi manzana y dejó caer que había visto a tu padre comiendo un domingo en una cafetería del centro con una muchacha joven. Yo me repuse como pude y tuve fuerzas, aunque no sé de dónde las saqué, para decirle que ya lo sabía, que era una conocida de los dos y que como yo no pude salir porque tenía algo de fiebre, él había ido solo a comer porque habíamos quedado desde hacía una semana. No sé como pude inventarme todo aquello, pero prefería cualquier cosa antes de la compasión. No importa lo mal que vaya tu vida, siempre tienes que presentar la mejor cara ante el mundo e ir arreglada y con la cabeza alta. Puedes estar rompiéndote en pedazos por dentro, pero no permitas nunca que nadie te vea llorar o tenga piedad de ti. Prométemelo, hija-me exigió tomándome con fuerza de la mano.
Le di unas palmadas para tranquilizarla, por un momento pensé que le daría algo…me sacudía la mano con fuerza y me miraba con la cara desencajada, como devorada por un dolor interno más fuerte que cualquier otra cosa. Me pregunté cuánto habría sufrido mi madre en silencio, sin contárselo a nadie, y los esfuerzos titánicos que se vería obligada a hacer cada día para seguir adelante con su vida.
-Durante mucho tiempo no dije nada a tu padre; me limité a observarle cuidadosamente sin que él se diese cuenta. Incluso alguna tarde le seguí. Después de muchas pesquisas supe que tenía una amante.
-¿Quién era ella? ¿Una amante fija?
-Si, una amante fija. Era una chica de unos treinta años, unos diez más joven que tu padre y que yo. Se conocieron por motivos de trabajo; tu padre llevaba la contabilidad de la empresa en donde ella era secretaria y se veían obligados a reunirse a menudo para temas contables y esas cosas.
-¿Y cuánto duró la aventura?
Mi madre se llevó las manos a su collar de perlas; el mismo gesto que también yo hacía cuando estaba nerviosa.
-No fue ninguna aventura, Guiomar. Y duró hasta que tu padre se murió.
-Pero…Mamá, ¿cómo pudiste consentirlo?
Ella se encogió de hombros, como temerosa de mi juicio; aunque cuando de nuevo habló lo hizo con voz firme.
-Porque si no lo consentía tu padre se iría con ella y nos dejaría a los tres, a tu hermano, a ti y a mi, en la estacada. Lo hice por vosotros, y también por mi, si soy sincera. Una noche ya no puede más y le confesé que sabía todo.
-¿Y él qué hizo?
-Tengo que decir, en su defensa, que desde el principio lo admitió, no me contó mentiras estúpidas para humillarme todavía más. Me dijo la verdad, que se habían enamorado sin pensarlo, que la quería y no podía dejar de verla. Además de eso, tenían una niña de dos años.
-¿Qué estás diciendo?-le dije gritando y tirando al suelo la silla al levantarme con furia de la mesa.




Beth24 de agosto de 2012

11 Comentarios

  • Cadencia

    Tres cosas: es bueno soltar aquellas cosas que nos apenan, dos: esa idea de que las cosas que no se dicen es errónea y tres: los seres humanos no somos perfectos Saludos.

    24/08/12 01:08

  • Creatividad

    Bueno, la receta de la tortilla, ummmmque rica! y lo de llevarse las manos al collar de perlas...que divino este libro de verda. Saludos bonita.

    24/08/12 05:08

  • Elmalevolico

    Decía un viejo maestro en la plaza de su pueblo natal:

    --Qué regocijo es venir a mi hijo, quien se convirtió en un hombre cabal y responsable, y desearle fortuna y prosperidad para él y su familia.

    Todos los hombres que presenciaban aquel discurso, se acercaron y lo felicitaron por su elocuencia y buenos deseos. Entonces otro hombre que escuchaba aquellas conversaciones dijo en voz alta:

    --Orgulloso de tan buen trabajo y colmado en bendiciones; debe ser aquel padre de quien se conoce a su hijo por buen hombre y honra a su ascendencia con esmero y dedicación. Sin embargo, más le honraría a ese padre voltear la vista al más pequeño de sus hijos, que ha caído en desgracia y se vio en la necesidad de acudir a su casa para ser rechazado por quien le diera la vida.

    El hombre cambió su gesto y acercándose a dicho hombre, le contestó:

    --Soy desdichado, porque a pesar del éxito de uno de mis hijos, el fracaso de otro es mi vergüenza como padre. No de su infortunio, sino de mis errores y descuidos. Ahora te digo, que si fui mal padre, te regocijes de mí, pues cuando uno mira de frente el error que cometió y está dispuesto con voluntad de enmendarlo, es motivo de júbilo en los cielos que dos hombres se reconozcan y perdonen.

    Ambos hombres se acercaron a un tercero y partieron de la plaza del pueblo para conversar...

    Espero que te guste. La escribí con todo mi cariño querida amiga!!!

    Besos!!!

    24/08/12 05:08

  • Beth

    Así hago yo siempre la tortilla de patata, querida amiga. Aprendí el secreto de mi abuela y me suele quedar bastante bien. Besos

    24/08/12 10:08

  • Beth

    El relato me ha encantado querido David y lo recibo con el mismo cariño con que tú me lo envías. Besos

    24/08/12 10:08

  • Beth

    Cadencia, cuando escribo nunca pretendo sentar cátedra. Simplemente hago que los personajes hablen y digan lo que ellos deseen, acertado o no

    24/08/12 10:08

  • Asun

    Beth, ¿qué mas puede pasarles a tus personajes? Y el caso es que es un reflejo bastante bueno de la vida real, solo que leído parece que no puedan ocurrir estas cosas.
    Sigo con mucho interés y disfrutando.
    Besos.

    24/08/12 11:08

  • Beth

    Ay Asun, en la vida real pasan cosas mucho más surrealistas todavía. Pero tienes razón, estás chicas si deciden montar un circo, los enanos pasan de los dos metros y se les chafa el asunto. Un beso

    24/08/12 11:08

  • Cadencia

    No niña no haces cátedra, y tu vida o tus textos es la antitesis de cómo se debe educar un hijo, cómo aceptar sus decisiones, cómo vivir la vida y cómo pensar el futuro etc, etc,etc. Es decir, esa necesidad de publicar, es botar lo negro que llevas dentro. Fue un error leerte y más comentarte.Hasta nunca.

    24/08/12 06:08

  • Buitrago

    La realidad supera la ficcion, que gran historia amiga Beth y la tortilla... Ains cosa mas rica, me da a mi previa lectura de no pocos textos tuyos, que tienes una manita para la cocina que ya quisiera mas de uno reperarlas agusto jeje
    Besos

    Antonio

    24/08/12 09:08

  • Beth

    Buena mano no se si tengo, querido Antonio, pero la verdad es que cocinar me encanta y me relaja mucho. Te mando un abrazo y el deseo de que tengas un estupendo fin de semana

    24/08/12 09:08

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