A la Vera Del Camino
Aburrido y defraudado, con las barbas grises mojadas por las lágrimas que viajan através de la mejilla, miro el horizonte y decidió que ya había caminado demasiado. Busco sombra y se sentó sobre un tronco de árbol muerto hace tiempo, dispuesto a observar a los pasantes, que van de un lado a otro del mundo, siempre por la misma carretera, y siempre en la misma dirección, todos iban sin mirar al anciano, unos mas rápido, otros apenas si se movían, cada uno inmerso en su propia existencia.
Al parecer solo los niños y aquellos con una percepción diferente podían ver a las personas que, al igual que el viejo, se sentaban al costado de la vida y observaban al resto
La noche era luminosa pero fría, ningún sonido irrumpía bajo el plateado iluminar de la caprichosa y picara luna llena. Los misteriosos cuerpos celestes marcaban el ritmo constante de una silenciosa melodía cósmica y la húmeda, el llanto nocturno, coronaba mi larga y espesa cabellera negra, con pequeñas y sonrientes gotitas que a la luz del satélite natural se convertían en perlas impolutas.
Abroche el cuello de mi abrigo, un largo saco negro que me permitía confundirme con las sombras de la existencia,, y comencé a caminar, no muy deprisa, pero con suficiente entusiasmo como para que mi cuerpo delgado y tembloroso sienta el calido fluir del río que inunda mis venas.
Deambule por algún tiempo, no se cuanto, y tras esquivar algunas oscuras y tenebrosas calles, donde sombras dudosas volvían cuestionable mi la decisión de despejar la mente en plena madrugada, fui a parar a una avenida extraña, fue una situación surrealista, pues tras tantos años de vivir en aquella ciudad, nunca creí posible encontrar un rincón tan ajeno a mis recuerdos, tan nuevo a mis ojos.
Anduve durante algunas calles admirando la belleza y simplicidad de las casitas, todas ellas con verdes y floridos jardines, iluminadas por farolitos eléctricos. Pero la belleza se veía opacada, por lo sombrío de la soledad, los altos y orgullosos arreboles permanecían estáticos, como muertos, ante la ausencia de corrientes de aire que los hiciera bailar, no había mascotas ni señales de habitantes despiertos, si alguien estaba allí, se encontraba sumido en un profundo y silenciosos reposo que hacia inimaginable su presencia.
Luego de algunos minutos la estructura de aquel barrio comenzó a cambiar, y los bellos hogares familiares fueron reemplazados por monótonos y altos muros de duro y frío cemento, que convertía el agradable panorama en un gris y aburrido show industrial.
Abrumado y decepcionado, viendo que la luna comenzaba a caer hacia el horizonte y en el extremo opuesto el cielo se volvía mas claro, me dispuse a volver, pero algo me detuvo, algunos metros delante mío, un objeto oscuro y extraño llamo mi atención, al acercarme descubrí con asombro que se trataba de un hombre, anciano ya, con las barbas grises y las mejillas húmedas, ojos tristes y cansados, parecía que el tedio golpeaba su alma y la decepción quemaba su piel.
Me miro extrañado al escuchar de mi boca un cortés saludo, y respondió con la misma cortesía. Se encontraba sobre lo que parecía un seco y muerto tronco de árbol.
Me senté a su lado y permanecí en silencio por unos momentos, sentía curiosidad por saber que podía él, estar haciendo ahí, pero lo místico de la posible respuesta me asustaba.
Había sido una velada muy extraña, estaba ya acostumbrado a ser un incomprendido, a ser diferente a los demás, pero en los últimos días esto se había vuelto un planteo y estaba decidido a resolverlo, por que era tan diferente? Porque no era normal? Con esa intención en mente emprendí camino bajo la luna, a pesar del frío, y la hora, y todo se volvió más maravilloso al hallar aquel sublime y desconocido lugar de la ciudad, desprovisto de toda vida o actividad a excepción de aquel hombre sentado a un costado del camino.
Tome coraje y me dispuse a consultar al individuo sobre el motivo de su presencia en aquel lugar, pero él, anticipándose, comenzó a hablar, me contó muchas cosas, hablo tranquilo y sin prisa, narro historias, nombro ciudades y personas, dio consejos, y recordó palabras de antaño.
Durante mucho tiempo lo escuche hablar sin interrumpir, y aprendí, aprendí tantas cosas como se puede aprender escuchando a un anciano, incluso mas de las que creí posible aprender en toda una noche, o en toda una vida.
En forma regular, las personas suelen anunciar que se marchan llegado el momento, en cambio, al aparecer el sol por el horizonte, el hombre me indico que era yo quien debía marcharse, todos deben marcharse en algún momento, seguir, él permanecería allí.
Con las ideas revolucionadas emprendí camino de regreso, para mi sorpresa descubrí que muchas personas estaban ya en el camino conmigo, y que también había, al igual que el anciano, gente sentada a la vera de la avenida, pero ninguno de los transeúntes los miraba.
Sonriente y feliz me dirigí a mi hogar, aquella noche había descubierto en las palabras del anciano, el porque de mi ser, por que yo era diferente.
Él me contó que hacia tiempo estaba sentado allí, que aquello que yo percibía como una calle, era la vida misma, desde su asiento miraba a las personas pasar y aprendía de ellas, nadie podía verlo, nadie ve a los que están mirando a la vida desde afuera, solo pueden los niños de gran imaginación y los locos. Yo hace tiempo que no soy un niño.
Al parecer solo los niños y aquellos con una percepción diferente podían ver a las personas que, al igual que el viejo, se sentaban al costado de la vida y observaban al resto
La noche era luminosa pero fría, ningún sonido irrumpía bajo el plateado iluminar de la caprichosa y picara luna llena. Los misteriosos cuerpos celestes marcaban el ritmo constante de una silenciosa melodía cósmica y la húmeda, el llanto nocturno, coronaba mi larga y espesa cabellera negra, con pequeñas y sonrientes gotitas que a la luz del satélite natural se convertían en perlas impolutas.
Abroche el cuello de mi abrigo, un largo saco negro que me permitía confundirme con las sombras de la existencia,, y comencé a caminar, no muy deprisa, pero con suficiente entusiasmo como para que mi cuerpo delgado y tembloroso sienta el calido fluir del río que inunda mis venas.
Deambule por algún tiempo, no se cuanto, y tras esquivar algunas oscuras y tenebrosas calles, donde sombras dudosas volvían cuestionable mi la decisión de despejar la mente en plena madrugada, fui a parar a una avenida extraña, fue una situación surrealista, pues tras tantos años de vivir en aquella ciudad, nunca creí posible encontrar un rincón tan ajeno a mis recuerdos, tan nuevo a mis ojos.
Anduve durante algunas calles admirando la belleza y simplicidad de las casitas, todas ellas con verdes y floridos jardines, iluminadas por farolitos eléctricos. Pero la belleza se veía opacada, por lo sombrío de la soledad, los altos y orgullosos arreboles permanecían estáticos, como muertos, ante la ausencia de corrientes de aire que los hiciera bailar, no había mascotas ni señales de habitantes despiertos, si alguien estaba allí, se encontraba sumido en un profundo y silenciosos reposo que hacia inimaginable su presencia.
Luego de algunos minutos la estructura de aquel barrio comenzó a cambiar, y los bellos hogares familiares fueron reemplazados por monótonos y altos muros de duro y frío cemento, que convertía el agradable panorama en un gris y aburrido show industrial.
Abrumado y decepcionado, viendo que la luna comenzaba a caer hacia el horizonte y en el extremo opuesto el cielo se volvía mas claro, me dispuse a volver, pero algo me detuvo, algunos metros delante mío, un objeto oscuro y extraño llamo mi atención, al acercarme descubrí con asombro que se trataba de un hombre, anciano ya, con las barbas grises y las mejillas húmedas, ojos tristes y cansados, parecía que el tedio golpeaba su alma y la decepción quemaba su piel.
Me miro extrañado al escuchar de mi boca un cortés saludo, y respondió con la misma cortesía. Se encontraba sobre lo que parecía un seco y muerto tronco de árbol.
Me senté a su lado y permanecí en silencio por unos momentos, sentía curiosidad por saber que podía él, estar haciendo ahí, pero lo místico de la posible respuesta me asustaba.
Había sido una velada muy extraña, estaba ya acostumbrado a ser un incomprendido, a ser diferente a los demás, pero en los últimos días esto se había vuelto un planteo y estaba decidido a resolverlo, por que era tan diferente? Porque no era normal? Con esa intención en mente emprendí camino bajo la luna, a pesar del frío, y la hora, y todo se volvió más maravilloso al hallar aquel sublime y desconocido lugar de la ciudad, desprovisto de toda vida o actividad a excepción de aquel hombre sentado a un costado del camino.
Tome coraje y me dispuse a consultar al individuo sobre el motivo de su presencia en aquel lugar, pero él, anticipándose, comenzó a hablar, me contó muchas cosas, hablo tranquilo y sin prisa, narro historias, nombro ciudades y personas, dio consejos, y recordó palabras de antaño.
Durante mucho tiempo lo escuche hablar sin interrumpir, y aprendí, aprendí tantas cosas como se puede aprender escuchando a un anciano, incluso mas de las que creí posible aprender en toda una noche, o en toda una vida.
En forma regular, las personas suelen anunciar que se marchan llegado el momento, en cambio, al aparecer el sol por el horizonte, el hombre me indico que era yo quien debía marcharse, todos deben marcharse en algún momento, seguir, él permanecería allí.
Con las ideas revolucionadas emprendí camino de regreso, para mi sorpresa descubrí que muchas personas estaban ya en el camino conmigo, y que también había, al igual que el anciano, gente sentada a la vera de la avenida, pero ninguno de los transeúntes los miraba.
Sonriente y feliz me dirigí a mi hogar, aquella noche había descubierto en las palabras del anciano, el porque de mi ser, por que yo era diferente.
Él me contó que hacia tiempo estaba sentado allí, que aquello que yo percibía como una calle, era la vida misma, desde su asiento miraba a las personas pasar y aprendía de ellas, nadie podía verlo, nadie ve a los que están mirando a la vida desde afuera, solo pueden los niños de gran imaginación y los locos. Yo hace tiempo que no soy un niño.
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