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El último Viaje

¿Sabes cuán molestos son los viajes largos? La previa con el lloriqueo sentimental, el hastío de empacar, los días cargados de despedidas. Extrañarás al perro, a tu novia, tu bar favorito, tu pared favorita, el parque donde pasas los inviernos contemplando la lluvia como un exiliado de tu generación. Estoy harto de viajar y de permanecer, sin embargo, permanecer no me obliga a consumirme en hallar formas precisas, métodos exactos para llenar un frio cubo de metal, a comprimir mi básico material para sobrevivir lejos de casa. He decidido que éste será mi último viaje.

Elegir el recipiente adecuado: ese osario de tu vigor que apodan maleta, sí que es para volarse los sesos. Te las ofrecen duras para materia frágil, blandas para materia flexible. Con cremallera y candado por si desconfías hasta de la sombra de tu madre. Con correas y hebillas, a la vieja usanza, para los últimos románticos. Con lujosas cerraduras para que los más reservados e hipócritas camuflen finamente sus escrúpulos. Las encuentras con la sonrisa fosforescente de Hannah Montana, los garabatos pálidos de Burton, y la sencillez conservadora del fondo entero.

Sí que es tedioso empacar. Preferiría estar en el cielo cristiano, condenado de por muerte a corear los mil jesuses con las tías de Gonzalo Arango. Pero no hay vuelta atrás: alea jacta est. Es mi último viaje y me he decidido por una maleta grande: una a la cual le quepa todo, perfecta para decisiones radicales. Amplia y dura, con cremallera y candado porque de nadie me fío, rueditas para menguar la fatiga de un extenso viaje, manubrio extraíble, y algunas correas de bronce que hacen juego con mi espíritu anacrónico.

Considerando que no habrá un próximo, me he dado a la tarea de instruirme en el arte de empacar. He logrado colectar algunas recomendaciones para hacerlo eficazmente. Me han dicho que lo más liviano (como las camisas), debo doblarlo y situarlo sobre la base. Los zapatos envueltos en bolsas de plástico para alejar la mugre de sus suelas. Lo frágil en cajas rellenas con papel de periódico. Y que, además, debo completar los espacios vacíos con objetos duros como libros o tablas de madera.

En este viaje sólo llevaré libros, cigarros, velas, y sobras de vino. Para no complicarme demasiado guardaré las velas y los libros en cajas, los cigarros en el lugar donde (según los consejos) deberían ir las camisas, y el vino ocupando espacios libres.

Termino de empacar y un nuevo obstáculo retarda mi partida, la vida se empeña en retenerme: resulta que la maleta no soporta la presión interior, por culpa de las cajas. Tendré que rebanar las velas y distribuirlas a lo largo del contenido, y abrir los libros contra el metal, corriendo el riesgo de que la fricción destruya sus hojas, aclare sus letras y desmiembre sus sueños.

Este hecho me hace recordar que minutos antes me encontraba en una situación similar. Venía camino a casa, pasaba sobre un puente y miré hacia abajo. De una pequeña grieta, formada entre las rocas y la orilla de un pacífico arroyo, sobresalía un manubrio como el de mi maleta. Bajé y traté de halarlo pero estaba muy pesado. Pedí ayuda a un par de transeúntes que cruzaban el puente. Entre los tres tiramos apretando dientes. Efectivamente era una maleta, de las grandes, de las duras, de las viejas. La arrastramos hasta la calle, abriendo paso entre los curiosos que ya atestaban el lugar. La cerradura fue difícil de violar, lo logramos luego de múltiples intentos y recibimos la ovación del respetable. Noté que se siguió la recomendación de situar lo más liviano en la base, como el pene, los brazos, las piernas y los cojines del culo. Encima adjuntó el abdomen, el pecho, el cuello y la cabeza, finamente rebanado y envuelto en plástico. Pero olvidó rellenar los espacios vacíos, causa de que la carne se aplastara contra las paredes internas de la maleta, convirtiendo el orden inicial en un amasijo lamido en sangre. Razones tuvo para deshacerse de ella.

Entré a casa y, consternado por el ejemplo, procuré ser muy cuidadoso empacando. Elegir la maleta correcta y seguir todas las recomendaciones. Quiero hacerlo bien, muy bien, al fin y al cabo, será mi último viaje.

Jhon25 de diciembre de 2011

1 Comentarios

  • Libelle

    No se para que quieres mi oponion de sobra sabes que escribes bien saludos

    25/12/11 08:12

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