Historia En El Metro
Es increíble cómo nos apasionamos con las historias que suceden en la superficie. Dicen que el aire arriba es más puro, que las aves pueden encontrar los nidos más rellenos y que la luz es una pasajera respetuosa de la mañana. La nieve es blanca como el jugo materno, alimenta a la tierra que espera ser transitada por automóviles de última generación y transeúntes con un andar apurado e indetenible.
Es aún más increíble que ese paso sin fronteras, la mayoría de las veces, desemboque en un mundo subterráneo, en el cual el viaje es paraíso de Alicia, en busca de un conejo que, en realidad, viene siendo el conductor del tren. El metro de la gran ciudad de la enorme nación, donde se vive una vida diferente a la del cielo superior, pero no llega tan profundo, no baña la lava sus paredes de museo.
A aquel paisaje se llega bajando en escaleras eléctricas, es demasiado tedioso el tránsito a pie. Aunque algunos jóvenes de piernas se lanzan a la carrera al fondo, quizás sus almas apuradas detestan las rutas artísticas.
Shchyolkovskaya-Kurskaya
Mi historia bajaba esas mismas escaleras a trote seguro, sujetándose del pasamanos por propia seguridad de su vida y de su futuro. Pero este hombre no tenía un alma apurada, ni mucho menos odiaba las artes exóticas; este hombre simplemente estaba enamorado.
En el bolsillo del paltó llevaba una cajita de tres centímetros de lado, dentro de la cual yacía, bien peinada y maquillada, la mayor de sus ilusiones. Se había mantenido callada demasiado tiempo, asegurándose que afuera era un lugar seguro. Y, al fin, después de haber brillado como nunca antes en su constelación, el hombre había decidido que era tiempo de mostrarla a la sociedad.
Sin embargo, debía recorrer la línea más larga del metro, que como una cinta de azul oscuro se extendía de este a oeste, trazando un electrocardiograma con un gran pico al final. Se sentó en el segundo vagón del frente en la estancia Shchyolkovskaya, poniendo sobre sus piernas el maletín de piel. Salvando su espíritu del sueño, sacó un libro mediano de su biblioteca, la portada del cual llamó la atención del anciano que se sentó a su lado: la perfecta silueta de una mujer de sombras, apenas protegida del desnudo por una sábana de la que, a pesar del negro de la fotografía, no era difícil entrever el color rojo en la tela. El título del libro era Y tú te pierdes en la nada, escrito por un joven talentoso que había arrasado con todas las ventas en el mercado literario en el último año.
Siguió su lectura: En la mañana, se rompió la burbuja inducida y regresé al mundo real. En efecto... Un perfume de pétalos que se deslizan por un cascada de agua cristalina interrumpió su lectura en la primera oración. Quizo mantener los ojos en el libro, pero las manos del aroma, gentilmente, levantaton su cabeza con un leve empujoncito de su barbilla. Deja que la leña encendida caiga del árbol./ Deja que, bañada en el más puro fuego,/ Caiga irremediablemente al suelo. Leería después casi al final de ese capítulo, mientras caía un ángel de su paraíso para preparar el ascenso de otro más joven.
La mujer se sentó justamente frente a él, cruzó una pierna sobre la otra y sacó un libro de su bolso azul. ¡Qué bella es la contemplación cuando no es obligada! La piel lisa de la cara como el papel de los poetas, los labios finos como dos versos, el color de estos rosado como un poema, un lunar sobre aquellos que era el punto final de este. La nariz pequeña que perdió la Gran Esfinge de Guiza. Los ojos oblicuos que Perseo amaestró en Medusa. La frente limpia como las dunas del desierto. El cabello, con ramitas de trigo, caído hacia un lado de la cabeza. Y un libro en sus manos. El mismo libro que leía el hombre que ya la amaba.
Kurskaya-Kiyevskaya
La belleza no es suficiente para un hombre que ha visto el alma de una mujer. Este caballero del siglo XIII, perdido en el tornado de la contemporaneidad, leía la novela por pequeñas frases, pues a cada rato levantaba la cabeza para cerciorarse de que su visión no se había perdido en otros ojos. Se dio cuenta que la hermosa dama no había nacido en su país ni en las repúblicas del sur próximo. Perdíanse sus raíces entre los árabes, lo supo cuando imaginó un hijab que encajaba perfectamente con su maquillaje. ¿Qué hacía semejante joya asiática en un tren que rozaba el techo de la guarida de Caronte? ¿De qué sultán amargado se había fugado la joven aventurera? Crecía el misterio y el amor.
En Ploshchad Revolyutsii vio su oportunidad de acercarse a la realidad. Se vaciaron los puestos al lado de la mujer y él, fingiendo un malestar devenido de su asiento anterior, ocupó un lugar junto a su Beatriz. Esta ni siquiera se percató de la hazaña heroica que había sido celebrada en su honor, no se encendió en aplausos ni lanzó ninguna flor roja en muestra de su agradecimiento. Simplemente se mantuvo impasible, sumergida en su lecura.
Abrió su libro en la página marcada y continuó el párrafo que había dejado. Sin embargo, no se concentraba, tal parecía que las líneas de su historia diferían completamente de las de la mujer a pesar de tratarse del mismo ejemplar. La novela de la dama era mucho más interesante que la suya propia. Se perdió por unos segundos en el aire y cayó en el limbo. Sin darse cuenta, leía bebiendo del libro en manos de la otra.
Cuando el tren hizo una pausa en Arbatskaya, la mujer por primera vez levantó la vista y sostuvo la mirada a la altura de la curiosidad del hombre. Se dio cuenta que este disfrutaba de las palabras incluso más fervientemente que ella. Por lo que preguntó con una vocecita educada:
- ¿Ha descubierto alguna metáfora que yo haya pasado de largo?
El interrogado, creyendo que se hallaba ante una revelación de Al-at, respondió con el aire más puro de sus pulmones:
- Una mujer con un libro es un santo grial desnudo.
Kiyevskaya-Pyatnitskoye Shosse
Aquellas palabras abrieron la conversación de la dama y el caballero. La historia de la novela quedó guardada en el bolso azul y en el maletín de piel, mientras ellos contaban la suya propia al otro. El ruido intenso del tren sobre los rieles no lo escuchaban, la música que hallaban cautivadora era la de sus voces que habían encontrado un lenguaje común.
Así se fueron conociendo, abriendo lo que en muchos años había permanecido bajo llave. Ella contó que había llegado a la gran ciudad de la enorme nación desde Arabia Saudita a estudiar idioma. Hablaba a la perfección inglés, italiano y chino. Un día había leído una hermosa obra titulada El maestro y Margarita y, quedando prendida al momento, decidió que quería estudiar el idioma del autor para volver a leer el libro en su lengua natal. Cumplió su sueño, y esa no fue la única joya que leyó. Y entonces decidió quedarse a vivir en ese país para amar hasta las raíces de su cultura.
Pero, ¿qué se puede hacer? El que ama debe compartir la suerte del amado.
El tren arribó a la última estancia. Era para mí el final del romance. No había tocado sus versos finos ni había entendido su poema, pero ella debía marcharse. Nuestros caminos eran totalmente distintos. Si había hecho ese viaje con un fin alado, ¿por qué me sentía tan desolado? Era como si me arrancaran las páginas de mi alma y las echaran al Fuego Que Todo Lo Consume.
Ella se despidió con un apretón de manos y se fue. El mundo bajo la superficie, en ese momento, me pareció comenzarse a llenar de humo. Pero nadie se percataba de ello. Quizás era yo él único que había caído demasiado hondo en la fosa de lava.
Agité mi cabeza para espantar los malos augurios y, antes de que se perdiera en la masa de personas que salían a la calle nevada, deposité entre sus dedos de porcelana la cajita con el universo adentro. Sonrió como solo lo saben hacer las damas después de la guerra que se ganado por ellas. Yo sonreí, apasionado, y marché a comenzar mi regreso.
Fumando un cigarrillo envenenado, una mujer esperó, en vano, una estrella que nunca llegó.
Es aún más increíble que ese paso sin fronteras, la mayoría de las veces, desemboque en un mundo subterráneo, en el cual el viaje es paraíso de Alicia, en busca de un conejo que, en realidad, viene siendo el conductor del tren. El metro de la gran ciudad de la enorme nación, donde se vive una vida diferente a la del cielo superior, pero no llega tan profundo, no baña la lava sus paredes de museo.
A aquel paisaje se llega bajando en escaleras eléctricas, es demasiado tedioso el tránsito a pie. Aunque algunos jóvenes de piernas se lanzan a la carrera al fondo, quizás sus almas apuradas detestan las rutas artísticas.
Shchyolkovskaya-Kurskaya
Mi historia bajaba esas mismas escaleras a trote seguro, sujetándose del pasamanos por propia seguridad de su vida y de su futuro. Pero este hombre no tenía un alma apurada, ni mucho menos odiaba las artes exóticas; este hombre simplemente estaba enamorado.
En el bolsillo del paltó llevaba una cajita de tres centímetros de lado, dentro de la cual yacía, bien peinada y maquillada, la mayor de sus ilusiones. Se había mantenido callada demasiado tiempo, asegurándose que afuera era un lugar seguro. Y, al fin, después de haber brillado como nunca antes en su constelación, el hombre había decidido que era tiempo de mostrarla a la sociedad.
Sin embargo, debía recorrer la línea más larga del metro, que como una cinta de azul oscuro se extendía de este a oeste, trazando un electrocardiograma con un gran pico al final. Se sentó en el segundo vagón del frente en la estancia Shchyolkovskaya, poniendo sobre sus piernas el maletín de piel. Salvando su espíritu del sueño, sacó un libro mediano de su biblioteca, la portada del cual llamó la atención del anciano que se sentó a su lado: la perfecta silueta de una mujer de sombras, apenas protegida del desnudo por una sábana de la que, a pesar del negro de la fotografía, no era difícil entrever el color rojo en la tela. El título del libro era Y tú te pierdes en la nada, escrito por un joven talentoso que había arrasado con todas las ventas en el mercado literario en el último año.
Siguió su lectura: En la mañana, se rompió la burbuja inducida y regresé al mundo real. En efecto... Un perfume de pétalos que se deslizan por un cascada de agua cristalina interrumpió su lectura en la primera oración. Quizo mantener los ojos en el libro, pero las manos del aroma, gentilmente, levantaton su cabeza con un leve empujoncito de su barbilla. Deja que la leña encendida caiga del árbol./ Deja que, bañada en el más puro fuego,/ Caiga irremediablemente al suelo. Leería después casi al final de ese capítulo, mientras caía un ángel de su paraíso para preparar el ascenso de otro más joven.
La mujer se sentó justamente frente a él, cruzó una pierna sobre la otra y sacó un libro de su bolso azul. ¡Qué bella es la contemplación cuando no es obligada! La piel lisa de la cara como el papel de los poetas, los labios finos como dos versos, el color de estos rosado como un poema, un lunar sobre aquellos que era el punto final de este. La nariz pequeña que perdió la Gran Esfinge de Guiza. Los ojos oblicuos que Perseo amaestró en Medusa. La frente limpia como las dunas del desierto. El cabello, con ramitas de trigo, caído hacia un lado de la cabeza. Y un libro en sus manos. El mismo libro que leía el hombre que ya la amaba.
Kurskaya-Kiyevskaya
La belleza no es suficiente para un hombre que ha visto el alma de una mujer. Este caballero del siglo XIII, perdido en el tornado de la contemporaneidad, leía la novela por pequeñas frases, pues a cada rato levantaba la cabeza para cerciorarse de que su visión no se había perdido en otros ojos. Se dio cuenta que la hermosa dama no había nacido en su país ni en las repúblicas del sur próximo. Perdíanse sus raíces entre los árabes, lo supo cuando imaginó un hijab que encajaba perfectamente con su maquillaje. ¿Qué hacía semejante joya asiática en un tren que rozaba el techo de la guarida de Caronte? ¿De qué sultán amargado se había fugado la joven aventurera? Crecía el misterio y el amor.
En Ploshchad Revolyutsii vio su oportunidad de acercarse a la realidad. Se vaciaron los puestos al lado de la mujer y él, fingiendo un malestar devenido de su asiento anterior, ocupó un lugar junto a su Beatriz. Esta ni siquiera se percató de la hazaña heroica que había sido celebrada en su honor, no se encendió en aplausos ni lanzó ninguna flor roja en muestra de su agradecimiento. Simplemente se mantuvo impasible, sumergida en su lecura.
Abrió su libro en la página marcada y continuó el párrafo que había dejado. Sin embargo, no se concentraba, tal parecía que las líneas de su historia diferían completamente de las de la mujer a pesar de tratarse del mismo ejemplar. La novela de la dama era mucho más interesante que la suya propia. Se perdió por unos segundos en el aire y cayó en el limbo. Sin darse cuenta, leía bebiendo del libro en manos de la otra.
Cuando el tren hizo una pausa en Arbatskaya, la mujer por primera vez levantó la vista y sostuvo la mirada a la altura de la curiosidad del hombre. Se dio cuenta que este disfrutaba de las palabras incluso más fervientemente que ella. Por lo que preguntó con una vocecita educada:
- ¿Ha descubierto alguna metáfora que yo haya pasado de largo?
El interrogado, creyendo que se hallaba ante una revelación de Al-at, respondió con el aire más puro de sus pulmones:
- Una mujer con un libro es un santo grial desnudo.
Kiyevskaya-Pyatnitskoye Shosse
Aquellas palabras abrieron la conversación de la dama y el caballero. La historia de la novela quedó guardada en el bolso azul y en el maletín de piel, mientras ellos contaban la suya propia al otro. El ruido intenso del tren sobre los rieles no lo escuchaban, la música que hallaban cautivadora era la de sus voces que habían encontrado un lenguaje común.
Así se fueron conociendo, abriendo lo que en muchos años había permanecido bajo llave. Ella contó que había llegado a la gran ciudad de la enorme nación desde Arabia Saudita a estudiar idioma. Hablaba a la perfección inglés, italiano y chino. Un día había leído una hermosa obra titulada El maestro y Margarita y, quedando prendida al momento, decidió que quería estudiar el idioma del autor para volver a leer el libro en su lengua natal. Cumplió su sueño, y esa no fue la única joya que leyó. Y entonces decidió quedarse a vivir en ese país para amar hasta las raíces de su cultura.
Pero, ¿qué se puede hacer? El que ama debe compartir la suerte del amado.
El tren arribó a la última estancia. Era para mí el final del romance. No había tocado sus versos finos ni había entendido su poema, pero ella debía marcharse. Nuestros caminos eran totalmente distintos. Si había hecho ese viaje con un fin alado, ¿por qué me sentía tan desolado? Era como si me arrancaran las páginas de mi alma y las echaran al Fuego Que Todo Lo Consume.
Ella se despidió con un apretón de manos y se fue. El mundo bajo la superficie, en ese momento, me pareció comenzarse a llenar de humo. Pero nadie se percataba de ello. Quizás era yo él único que había caído demasiado hondo en la fosa de lava.
Agité mi cabeza para espantar los malos augurios y, antes de que se perdiera en la masa de personas que salían a la calle nevada, deposité entre sus dedos de porcelana la cajita con el universo adentro. Sonrió como solo lo saben hacer las damas después de la guerra que se ganado por ellas. Yo sonreí, apasionado, y marché a comenzar mi regreso.
Fumando un cigarrillo envenenado, una mujer esperó, en vano, una estrella que nunca llegó.
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